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Cuatro nombres para la Casa Blanca

El 8 de noviembre de este año se celebrarán en los Estados Unidos las quincuagésimo octavas elecciones presidenciales, que abrirán el acceso a la Casa Blanca al 45º presidente de aquel país. La presidencia ha evolucionado durante la historia de los Estados Unidos, y su importancia para las libertades de aquel país también lo ha hecho. El papel que le otorga la Constitución es el de jefe de la Administración y el de jefe del Ejército si hay un conflicto con una potencia extranjera. El peso de la política, hasta comienzos del siglo XX, no lo llevaba el presidente sino el Congreso. Ni siquiera la Guerra Civil ha logrado detener las elecciones, pero sí hizo que Abraham Lincoln recurriese a gobernar por decreto (órdenes ejecutivas). El primer presidente republicano adquirió un poder exorbitante, pero luego las instituciones recuperaron el equilibrio constitucional.

El poder de los presidentes era más moral que ejecutiva, como se ve en los casos de George Washington o Andrew Jackson, por poner dos ejemplos. Empezaron a adquirir más importancia política más tarde. Quizás con Teddy Roosevelt, quien firmó más órdenes ejecutivas que todos sus antecesores. O con Grover Cleveland, que ejerció su facultad de veto mucho más que cualquier otro presidente que le hubiera antecedido. Luego el Congreso ha ido cediendo facultades que le son propias a la Administración y a su jefe. En los años 20 se le cedió la facultad de elaborar presupuestos. En las dos décadas siguientes, Franklin D. Roosevelt amplió el poder de la Administración con una sopa de letras de agencias que asumieron funciones que no le corresponden. Por otro lado, la II Guerra Mundial es la última en la que el Congreso ha ejecutado su prerrogativa de declarar la guerra. Desde Corea, los presidentes han cubierto sus acciones como parte de los compromisos asumidos con otras instituciones, como las Naciones Unidas. George W. Bush inició, o impulsó, la costumbre de legislar con órdenes ejecutivas, cuando esa es una facultad que también le pertenece en exclusiva al Congreso. Obama ha llevado esa costumbre un poco más allá.

Este es el contexto en el que se renovará una vez más la institución. Y por ello es muy importante quién salga elegido. En este momento hay cuatro candidatos, y cada uno representa una tradición dentro de la histora de los Estados Unidos. De ellos, Hillary Clinton es la que más opciones tenía, hasta recientemente, para suceder a Barack Obama. Clinton representa la maduración de la Nueva Izquierda estadounidense.

La Nueva Izquierda es el obediente realineamiento del movimiento comunista en los Estados Unidos tras el famoso discurso de Nikita Kruchev denunciando los crímenes de Josif Stalin. Los creadores del movimiento, hijos de los comunistas de los años 30', se distanciaron del anterior dictador de la URSS diciendo que eran “nuevos”, y cambiaron de estrategia. De la defensa de la alternativa socialista al capitalismo, a la denuncia del anti comunismo. Ya no se podía alabar al movimiento comunista, pero sí se podía denigrar a los países capitalistas. Debía ser una crítica política, económica, pero también cultural. Sin contemplaciones, sin ambages. El éxito económico era “materialismo”, la incorporación de la mujer al trabajo se revestía de explotación, la familia es opresora, la política militar asumible es la que se acercase a la nada, la mayor democracia del mundo no es democrática, el Estado de Bienestar no es suficiente si no transforma la propia sociedad… Por otro lado, la vieja apelación al proletariado No respondía a una realidad social suficiente para servir de palanca política, de modo que optaron por identificar a grupos sociales con víctimas del sistema capitalista.

Entusiasta votante de Barry Goldwater, Hillary Clinton dio un giro de 180 grados en la Universidad, cuando leyó en 1971 en una publicación estudiantil sobre Saul Alinsky, quien se convirtió en una de las referencias intelectuales de la Nueva Izquierda. Aquello fue justo cuando este movimiento tomó el liderazgo intelectual del Partido Demócrata, de la mano de George McGovern.

Frente a ella, del lado demócrata, está Bernie Sanders. Aunque es mayor que Hillary Clinton, es quien se ha llevado de calle el voto joven, lo cual es muy significativo dado que él no tiene inconveniente alguno en antodenominarse “socialista”. Una acusación de ser socialista, aunque fuera falaz, podía acabar con la carrera de cualquier político. Hoy no es así. De joven estuvo unos años en un kibutz fundado por Aharon Cohen, quien fue condenado por espiar para la URSS. En esa comuna se referían a Stalin como “el sol de las naciones”. Se afilió al movimiento sionista estalinista Hashmoner Hatzair, al que también perteneció Noam Chomsky.

A los 30 años, en 1971, entró en política con un partido que tenía como principal propuesta en política exterior el fin de las actuaciones de los Estados Unidos, y en el interior la nacionalización de amplios sectores de la economía, incluida la banca. Ha apoyado los regímenes de Nicaragua y Cuba, que ha visitado en persona, y se ha movido en el entorno del Partido Comunista de los Estados Unidos. De la mano de Jesse Jackson entra en el Partido Demócrata, sin abandonar sus ideas. En 2006 entró en el Senado, con gran apoyo de Barack Obama. Si bien Sanders reconoce que es socialista, ese término es en realidad un eufemismo de sus verdaderas creencias.

En el Partido Republicano, el caso más curioso es el de Donald Trump. Es un millonario que presume de su riqueza, pero es también un hombre hecho a sí mismo. Quién es una persona está marcado por su nacimiento, y el de Trump se produjo en el seno de una familia de clase media. Su accidentada pero exitosa carrera hacia lo más alto de la sociedad estadounidense refuerza su auto relato de que es una persona normal que conoce bien a las élites, que son el blanco de sus críticas. Ese populismo antielitista es una acendrada tradición política en los Estados Unidos, y todo candidato tiene que teñir su discurso de un cierto populismo si quiere hacer algo en unas elecciones. Pero claro, no todos tienen la misma credibilidad. Trump la tiene, y en ello asienta su éxito. Todos los ataques contra él son semillas plantadas en tierra yerma, porque refuerzan la idea de que la élite reacciona con rabia contra la única persona que es capaz de señalarla con el dedo. Todas sus salidas de tono, sus impertinencias y sus faltas son arietes contra todo lo establecido y, para sus potenciales votantes, nuevos argumentos para apoyarle. Por eso cada vez que ha sido motivo de escándalo, su popularidad daba un salto en las encuestas. Además, Trump es nacionalista, proteccionista y xenófobo. Un ejemplo del movimiento know nothing en pleno siglo XXI.

Son necesarias menos palabras para explicar qué representa Ted Cruz. Sus orígenes paternos están en España y Cuba, pero la religión siempre va por vía de la madre, por lo que es baptista. Adquirió sus ideas sobre la economía en el Free Enterprise Institute de Houston, donde leyó a Fréderic Bastiat y Milton Friedman, a Ludwig von Mises y Friedrich A. Hayek, entre otros. Hizo una exitosa carrera en Derecho, en Harvard, y ha sido muy cercano a William Rehnquist. De modo que conoce bien las ideas que inspiraron la creación de las instituciones estadounidenses, y quiere contribuir como presidente a mantenerlas. Y, por otro lado, tiene el fuste intelectual de algunos de los mejores economistas del siglo XX.

Cuatro nombres, y cuatro tradiciones distintas: La New Left, el viejo comunismo, el nacionalismo proteccionista y xenófobo y el liberalismo, en el sentido que le damos en Europa al término. Sea quien sea el que gane, hará su granito de historia.