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De revoluciones e independencias y el caso catalán

Las revoluciones políticas no tienen esencialmente que ver con la aplicación de ideas o valores, sino con el asalto al poder político acompañado de un cambio radical en su estructura. La mitología que, sobre todo, a partir de los siglos XVIII y XIX se ha generado en torno a estos procesos ha hecho que parezca que las ideologías son sus motores. Por el contrario, aunque puedan tener un papel determinante y algunas veces muy evidente durante el desarrollo y su posible éxito, es el liderazgo de una élite con suficiente confianza en sus capacidades lo que los inicia y mantiene hasta que ocupa el poder o es derrotado. Estos grupos, por tanto, se enfrentan con el poder existente para cambiar el statu quo, pudiendo formar parte de las estructuras a las que quieren derrocar o, por el contrario, pueden estar enfrentados a ellas desde un principio.

Las revoluciones políticas son esencialmente violentas. Si bien no siempre ese nivel de violencia llega a un conflicto generalizado como una guerra o revuelta, sí que se usa la coacción a través de grupos violentos, generalmente armados, allá donde consideren que es necesario. En algunas ocasiones, cuando tienen posibilidad, también a través de las herramientas del Estado que manejan. Las revoluciones son sustancialmente injustas, pues no afectan a todos según su necesidad, sino según las circunstancias y el contexto temporal, y ello puede llevar a cometer crímenes de distinta índole, incluso con los simpatizantes[1].

Las élites necesitan generalmente a las masas y, en este punto, es cuando es importante la ideología o la religión, pues es el elemento que aglutina a los individuos y los convierte en una herramienta más. Esa ideología no tiene que ser mostrada como un completo ideario racional, sino que dada la rapidez de los acontecimientos, debe ser mostrada a través de lemas, proclamas y discursos que no tienen por qué tener la verdad de lo que ocurre ni la totalidad de los acontecimientos y, desde luego, debe estar alejada de las especulaciones menos propicias. En algunos casos, se ha podido adoctrinar a las personas durante un tiempo prudencial y, en tal caso, el apoyo de las masas o de determinados colectivos es más fácil, mientras que en otros se debe hacer una labor pedagógica a la vez que revolucionaria.

La situación que vive actualmente España está más cerca de una revolución que de una transición a otro sistema político. En la actualidad, hay dos grupos revolucionarios; por una parte están los nacionalistas, en especial los catalanes y, un poco más apartados de los acontecimientos quizá a la espera de ver cuál es el resultado final, los vascos[2]. Todos ellos pretenden la independencia de los territorios que gobiernan, pese a que al menos la mitad de la población que allí vive, o incluso más en el caso vasco, no se haya decantado por este camino político. En ambos casos, el nacionalismo aspira a que otras regiones se unan en un futuro a sus aspiraciones independentistas sin que, de nuevo, en ellas el sentimiento de unión sea mayoritario; estos territorios que se anexionarían a posteriori incluyen regiones de lo que hoy es Francia, por lo que el problema pasaría de ser estrictamente español a ser europeo.

El fenómeno nacionalista en España lleva en democracia desde que ésta se aprobó en 1978 y estuvo presente en las negociaciones hasta el punto de que podríamos decir que es padre del actual sistema de Comunidades Autónomas y del derroche presupuestario ligado a ellas. El nacionalismo, durante décadas, ha permitido la gobernabilidad de España y sus regiones a cambio de competencias públicas esenciales para sus objetivos y, aunque no podemos hablar de un plan que abarque todo este tiempo, sí que podemos decir que los partidos nacionalistas y sus líderes han mantenido claros sus objetivos, incluso durante los duros tiempos en los que el terrorismo de la ETA mataba y aterrorizaba.

El otro grupo revolucionario es la extrema izquierda, Podemos, que se ha propuesto desde su nacimiento en enero de 2014 un cambio constitucional de hondo calado que pasaría literalmente por la desaparición de la Constitución del 78. Su política de desacreditarla continuamente, recordando sus orígenes franquistas, incluso la propia Transición, pese a que fue en buena medida pactada por sus predecesores, el PCE, les ha llevado a una alianza con los independentistas catalanes que tienen aspiraciones confluyentes. Su alianza con regímenes como el venezolano chavista y el iraní muestra en buena medida su ideario político[3], aunque la corrupción de PP y PSOE y la crisis económica han favorecido una imagen de renovación que aún explotan.

En todo caso, ¿en qué punto quedan las ideas de la libertad en todo este proceso revolucionario? Vamos a dejar claro que ninguna de las partes representa en un nivel puro las ideas liberales. La Constitución del 78, precisamente por cómo se gestó y quién la hizo, no es liberal, aunque sí reconoce algunos derechos esenciales como el de propiedad[4]. En definitiva, tiene un tufo colectivista en no pocos artículos. De la misma manera, el nacionalismo, por su propia naturaleza, está lejos del libre mercado, los intercambios voluntarios y la firma y cumplimiento de contratos. Sin embargo, este movimiento es un sistema colectivista mucho más excluyente que el que se puede derivar de la Constitución del 78. Durante años y a través de las competencias de educación y cultura, en especial a través de la imposición de lengua catalana en detrimento de la española[5] y una cierta y evidente manipulación de la historia y las tradiciones, ha conseguido crear una masa crítica de personas con base ideológica independentista, que tiene bien instalados el victimismo, la frustración, la ira y la violencia contra los que no piensan como ellos y contra los que consideran que son sus enemigos, que les están “robando” o impidiendo que lleguen a conseguir sus reivindicaciones y derechos. Son estos sentimientos, además de la promesa de una Arcadia feliz, irreal pues el contexto en el que nacería estaría muy lejos de ser el ideal y estaría sujeto a una serie de restricciones legales de carácter europeo, lo que les mueve[6].

En este panorama, me cuesta ver dónde encajan las ideas de la libertad, el ideario liberal. El nacionalismo, además de colectivista, es excluyente y tiene muy claro que la sociedad civil y la economía deben trabajar para el colectivo y la individualidad se permite si no interfiere. Qué decir que los líderes establecerán esos objetivos, dirán qué es patriótico y qué no lo es, cayendo poco a poco en una mayor incertidumbre y una mayor falta de libertad.

A título personal y eligiendo entre los dos sistemas descritos, diré, a costa de poder parecer sesgado y subjetivo para algunos, que me siento español y que no me gustaría que Cataluña se separara de España, y que creo que en común es mucho más fácil conseguir que el liberalismo tenga más repercusión. Sin ir más lejos, las competencias de educación y cultura en ciertas manos han permitido que lleguemos a este punto. Creo que es hora, no de que vuelvan al gobierno central, sino de que sean los centros los que marquen qué tipo de educación quieren para sus alumnos con los padres. También creo que esto debería dar pie a cambios fiscales que no alimenten estas bestias, que simplemente rompen la convivencia y destrozan relaciones humanas tan íntimas como las familiares y las amistades, sin olvidar el éxodo de empresas y personas en busca de mayor certidumbre. En definitiva, podría ser el momento para que el Estado perdiera peso.

Mientras escribo estas líneas, una enorme manifestación de personas apoyando la Constitución y el orden legal español recorre Barcelona con gran éxito de presencia, acallando a las que durante años han recorrido la Ciudad Condal de la mano de los independentistas. Desconozco si esto hará recular a la Generalitat o, por el contrario, seguirá con sus planes y nos acercaremos más a algún tipo de conflicto civil. Espero que esté siendo el principio del fin de algo y que los temores que pueda despertar este artículo queden superados el día de su publicación.

 

[1] Como ocurrió a los marinos de Krondstadt durante la revolución rusa, que habiendo apoyado a los soviets en los primeros momentos, fueron aplastados unos años después cuando exigieron mejoras.

[2] También estarían los nacionalistas gallegos y otros menos importantes, pero de momento, no han tenido relevancia nacional.

[3] Por dispares que puedan parecer ambos regímenes, coinciden en una tiranía que muestran sin temor.

[4] Aunque si quiere y le conviene, el Estado español pueda quebrarlo como ha hecho en varias ocasiones, con expropiaciones o con una fiscalidad exagerada.

[5] Pese a que esta imposición ha sido en no pocas ocasiones llevada a los tribunales, las autoridades nacionalistas simplemente se han limitado a no hacer caso de las sentencias y los gobiernos españoles. Más preocupados de la gobernabilidad, han sabido hacer oídos sordos a las reivindicaciones de los ciudadanos afectados.

[6] En este punto, hay un paralelismo evidente entre el nacionalismo y el populismo de extrema izquierda y por eso se entiende tan bien su alianza momentánea. Otro punto sería que, de conseguir sus objetivos, esta alianza se convirtiera en antagonismo cuando surgieran los conflictos de interés.

 

Comentarios

REYES

Aprovecho la ocasión para declararme contrario al secesionismo catalán, siendo liberal, todavía más. El nacionalismo, en general, es una ideología retrógrada, anti- liberal, colectivista en grado sumo, y además el catalán es expansivo, pues pretende anexionarse zonas de Valencia, las Islas Baleares, incluso partes de Aragón, vamos esto huele más a fascismo puro y duro que a otra cosa. Francamente no veo que un liberal defienda esta forma de pensar arcaica y mas cercana al fascismo que a otra cosa.

Desde el antiguo Reino de Valencia

Reyes, aún es más grave:
- A las personas de la Franja de Aragón, etc., ni tan siquiera se plantean concederles ese “derecho a decidir” que reclaman para sí mismos.
- Ahora, cuando han pretendido secesionarse, ¿han contado con ellos? Porque el resultado de ese “butifarrendum” interno cambiaría totalmente.
- Para entender como funciona ese nacionalismo "expansivo" catalán, un libro importante, breve, documentado, y muy actual, es: Vicente Ramos (1978), "Pancatalanismo entre valencianos". En su primer capítulo, ya desentraña certeramente cuál es su origen, naturaleza, y tendencias. Sería una buena guía para quien quisiera saber a qué nos enfrentamos.

berdonio

Podría ser un buen momento para que el Estado perdiera peso si hubiera sensatez y cordura en alguna parte, pero parece ser que no es el caso. Desgraciadamente, la jauría política coincide en que el Estado no es el problema y buscarán un apaño a costa, como siempre, de la libertad individual. Otra cosa será que lo consigan y la tensión no vaya en aumento hasta que termine de estallar por algún lado, pero, tranquilos: todo muy light y con mucho equipo de psicólogos atendiendo a las familias. La revolución a empujones hasta que al fin nos aburramos y nos dejemos en paz. Siempre hay que ver el lado positivo.

Lucrecio

Debería Vd. tener más fé en la Democracia. No se desanime; si lo hace, Putin ganará.

berdonio

¿Confiar en la democracia? Ni de broma. Creo que a Putin mi estado de ánimo le trae sin cuidado. Le veo muy desorientado.

Desde el antiguo Reino de Valencia

Alberto: Muy buen artículo (y muy valiente).
Sobre la revolución francesa (cuya interpretación tanto influyó e influye en la intelectualidad de nuestro país), es maravillosa la conferencia de Miquel Anxo Bastos en la Universidad de Barcelona, invitado por Students for Liberty: https://www.youtube.com/watch?v=lBEOwFm_gI4

Sobre la economía política del nacionalismo catalán, este artículo de D. Soriano: https://www.libremercado.com/2017-10-10/el-juego-trampa-del-separatismo-...

Y un fragmento del ensayo de Lord Acton: “Nacionalidad”
[…] dos puntos de vista de la nacionalidad, que corresponden a los sistemas francés e inglés, están conectados solamente por el nombre, y son en realidad los extremos opuestos del pensamiento político.
[…] Siempre que un único y definido objeto se convierte en el fin supremo del Estado –sea la ventaja de una clase, la seguridad o el poder del país, la mayor felicidad del mayor número, o la defensa de cualquier idea especulativa- el Estado deviene inevitablemente absoluto en esa situación. Solamente la libertad demanda para su realización la limitación de la autoridad pública, pues la libertad es el único objetivo que beneficia a todos igualmente y no despierta una verdadera oposición. […]
(En el sistema francés:) la nacionalidad está fundada en la perpetua supremacía de la voluntad colectiva, cuya necesaria condición es la unidad de la nación ante la cual cualquier otro interés debe ceder… La nación es aquí una unidad ideal fundada en la raza, en desafío a las acciones modificadoras de causas externas, de la tradición, y de los derechos existentes. La nación está por encima de los derechos y deseos de los habitantes, absorbiendo sus intereses divergentes en una unidad ficticia; sacrifica sus inclinaciones… y aplasta todos los derechos naturales y todas las libertades establecidas con el fin de reivindicarse a sí misma.
(En el sistema inglés:) Sin conexión alguna con esta teoría, excepto en la enemistad común del Estado absoluto, está la teoría que representa la nacionalidad como un elemento esencial, pero no supremo, en la determinación de las formas del Estado. Se distingue de aquella otra, porque ésta tiende a la diversidad y no a la uniformidad, a la armonía y no a la unidad, porque se dirige no a un cambio político arbitrario sino a un cuidadoso respeto por las condiciones ya existentes en la vida política, y porque se somete a las leyes y los resultados de la historia, no a las aspiraciones de un ideal para el futuro. […] La presencia de diferentes naciones bajo la misma soberanía es similar en sus efectos a la independencia de la Iglesia dentro del Estado. Es un recurso contra el servilismo, que florece bajo la sombra de un a única autoridad, al equilibrar intereses, multiplicar las asociaciones, y dar al sujeto la moderación y el apoyo de una opinión plural. Asimismo promueve la independencia mediante la formación de grupos definidos de opinión pública y mediante la provisión de una gran fuente y centro de sentimientos políticos y de nociones del deber no derivadas de la voluntad soberana. La libertad promueve la diversidad y la diversidad preserva la libertad al aportar medios de organización. […] Esta diversidad en el mismo Estado es una firme barrera contra la expansión del gobierno más allá de la esfera política que es común a todas… La coexistencia de diferentes naciones bajo el mismo Estado es una prueba de su libertad así como la mejor garantía de la misma. Es además uno de los principales instrumentos de civilización y, en cuanto a tal, está dentro del orden natural y providencial e indica un estado más avanzado que la unidad nacional: es el ideal del liberalismo moderno.
Se puede encontrar este ensayo junto con otros, en acertada selección y edición de Paloma de la Nuez, aquí: http://biblioteca.libertyfund.org/bibliotecadelalibertad/ensayos-sobre-l...

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