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De urbanitas y lobos

En la deriva de polarización y sentimientos identitarios en la que estamos inmersos cada vez está más presente la confrontación entre los habitantes de ciudades y los del mundo rural.

Todo es mucho más visible gracias a la cercanía de las elecciones y la aparición de Vox como partido ideal para representar los intereses de distintos colectivos rurales. Estos ven seriamente amenazados su forma de vida por la clara relación entre ecologistas y animalistas con todos los partidos de izquierda a nivel nacional.

Así que es buen momento para realizar un pequeño análisis de la situación deteniéndonos en algunos de los eventos principales que han acontecido desde enero.

El Gobierno de Cantabria, después de unos cuantos años de debate entre ganaderos, biólogos, cazadores y ecologistas, ha aprobado un plan de gestión del lobo en esta región. Como suele ser habitual nadie sale contento una vez que se aprueba este tipo de planes. Vamos a ver por qué.

Los lobos han competido con el hombre en casi toda España desde que el ser humano habita en ella. Atacan al ganado y se comen a los grandes ungulados, que también son nuestras presas. Era la competencia entre dos especies sociales inteligentes a los que no les quedaba más remedio que convivir.

Desde principios del siglo XX el Estado se unió a la lucha ancestral, descompensado la balanza a nuestro favor a partir de 1953, cuando se fundaron las famosas juntas de extinción de animales dañinos. Muchas especies, entre ellas el lobo, fueron erradicadas de muchas partes de la península, y casi supone su extinción completa en nuestro país.

En esas estábamos cuando la migración del campo a las ciudades, los medios de comunicación y el aumento de la riqueza permitió que surgiera un movimiento conservacionista, con Félix Rodríguez de la Fuente como referencia, que frenó esta campaña estatal por la extinción de muchas especies.

Cincuenta años después el lobo ha dado buena muestra de su adaptación y ha prosperado mucho en la parte noroeste del país, las competencias para su conservación se han derivado a las comunidades autónomas, y solo se le protege totalmente de la caza al sur del río Duero.

Y aquí llegamos al conflicto actual entre animalistas, ecologistas y conservacionistas con ganaderos y cazadores.

Supongo que a Félix Rodríguez de la Fuente le haría gracia que sean los ganaderos los que más citen una de sus frases: “que el lobo viva donde pueda y donde deba, para que en las noches españolas no dejen nunca de escucharse los hermosos aullidos del lobo”. En una época donde el lobo parecía condenado a la extinción parece lógico pedir que se reservaran algunos espacios para este animal, y así que pudiera sobrevivir sin entrar en conflicto con el ser humano.

Pero lo cierto es que los lobos no son animales aptos para quedarse encerrados en reservas y parques naturales. Y dado que su único depredador somos los hombres, si se impide su caza lo lógico es que vuelvan a extenderse por toda la península ibérica, siempre que el hábitat y la mortalidad por atropellos se lo permita.

De hecho, solo hay que patear algo de campo en nuestro país para comprobar la cantidad de picos, peñas o solanas que hay por todas partes nombradas en su honor. El lobo era parte del entorno de nuestros antepasados hasta que el Estado puso su maquinaria a trabajar para erradicarlo.

Aunque dicho esto es perfectamente comprensible que a los ganaderos no les haga mucha gracia su presencia. A nadie le gusta que le quiten su propiedad, y mucho menos si esta es un animal que muere o es herido de una manera bastante brutal, y que deja secuelas en el resto del rebaño.

Para el que no esté familiarizado con el problema: el ganado se puede explotar de dos modos: de forma intensiva o extensiva. Con la primera no existe ningún problema con el lobo, los animales están encerrados y salvo alguna intrusión (que sería fácil de resolver) no se producen ataques. El problema surge con el ganado que tiene que estar libre pastando en terrenos abiertos. Todos nos imaginamos a las ovejas con su pastor y sus perros recorriendo el monte, pero lo cierto es que muchos animales están solos buena parte del día y son objetivos muy fáciles para los lobos. En los lugares donde ya no había lobos ni siquiera se conserva la costumbre de tener perros mastines para su protección. Perros, por cierto, que también provocan externalidades negativas a otras personas.

Aquí nos encontramos con el escenario, tan común hoy en día, de que un sector tiene que adaptarse a algo que le complica la vida y que, siendo realistas, muchos no tendrán recursos para hacerlo. Con la particularidad de que fue el Estado el que le facilitó la vida en una época donde sí tenía recursos y libertad para afrontar el problema, y ahora les obliga a volver al pasado sin levantar, por ello, la mano en la multitud de regulaciones que este sector tiene que sufrir.

Desde el punto de vista de los ecologistas, si los ganaderos vuelven a adoptar unas medidas de prevención adecuadas (perros mastines, pastores eléctricos y confinamiento nocturno) el problema se mitigaría y no sería necesario controlar la población de lobos. Por otro lado, los ganaderos exigen reducir considerablemente la población de lobos que pueden atacar a su ganado, lo que no deja de ser la totalidad de la población en la mayoría de los sitios.

La administración (el Estado) afronta este conflicto de intereses como suele hacerlo. Intentando contentar a todo el mundo o, mejor dicho, intentando no enfadar a nadie lo suficiente para que les perjudique políticamente. En el caso del Gobierno cántabro la postura es seguir considerando al lobo como especie cinegética, lo que permite su control poblacional por medio de cazadores que pagan por realizar dicha función, mientras se mejoran las compensaciones por ataques al ganado.

El problema es que los controles poblacionales de lobos son bastante discutibles desde el punto de vista científico. Localizar a lobos específicos (viejos o enfermos) o a manadas completas no es viable, así que se establecen cupos por zonas y cuando un cazador autorizado ve uno le dispara. Al ser el lobo un animal social, que caza en manadas con roles asignados, matar a un solo ejemplar de una manada puede debilitar a la misma y hacerla más proclive a atacar al ganado.

De este modo no sólo no se resuelve el problema, sino que se agrava. Los ecologistas, con razón, radicalizan su postura contra con los controles y los ganaderos, que prefieren un lobo muerto que ciento cazando, hacen lo propio con la suya. La administración se lava las manos, y el problema sigue.

Aunque lo que está desequilibrando la situación es un nuevo fenómeno: el animalismo. Aquí ya no se trata de un conflicto entre las personas que creen que el lobo tiene un papel importante en los ecosistemas y los grupos económicos perjudicados por ese animal. Aquí hablamos de un grupo cada vez mayor de personas que reacciona moralmente con asco ante la exhibición de un animal muerto a manos de un hombre. Es más grave si el responsable ha sido un cazador que un agente forestal, pero si existe una foto (y es fácil que se filtre) la reacción social está asegurada.

De hecho, ha sido una organización animalista, y no ecologista, la que ha conseguido algo que hasta hace poco era impensable: la prohibición de toda la caza en Castilla y León.

Los cazadores se van a ver obligados a intensificar su lobby sobre las administraciones locales y a financiar estudios científicos que les permita cazar cada especie año tras año. Y la previsión es la cosa vaya a peor.

Esa misma cultura animalista está detrás de ley de protección animal de la Rioja. Ley claramente anticonstitucional (vivir en una cámara de eco provoca estas cosas), pero que ha servido para ver que el PSOE a nivel nacional tiende a ver con buenos ojos paternales este tipo de medidas, al negarse a recurrir y limitase a pedir su revisión. Cosa que al parecer ha puesto de los nervios a los socialistas que dependen del voto rural para seguir en el poder.

Con este panorama no es de extrañar que los principales colectivos del mundo rural hayan decidido unirse en una organización llamada Alianza rural. No va a ser una asociación fácil, ya que lo lógico en el escenario actual es que este movimiento tienda a la derecha política, así que va a ser interesante ver qué ocurre con la gran influencia de la izquierda que aún persiste en el mundo rural, y que ha sido muy hábil explotando su gran capacidad para liderar cualquier organización transversal en ese ámbito.

Por otro lado, surgen otras iniciativas para resolver el principal problema del campo: su progresiva desaparición a causa de la despoblación. En este caso parece que se está empezando a ver claro que la igualdad fiscal es uno de los principales obstáculos con los que se enfrentan fuera de las ciudades; si una empresa o persona física va a pagar los mismos impuestos viviendo en Madrid capital que en un pueblo de Soria, lo lógico es que se establezca en Madrid.

Con la actual fiscalidad los pueblos están condenados a subsistir aprovechando unos recursos naturales para los cuales cada vez tienen menos derechos. Y eso no se va a cambiar con subvenciones, fibra óptica y hospitales.

Aunque también habría que entender que seguramente no sea viable mantener el actual número de municipios y que haya que apostar (vía competencia por atraer población) por los mejor ubicados para las necesidades actuales de la sociedad.

Y todo ello sin perder de vista el previsible futuro. Puede que un mundo con carne cultivada, leche sintética, cultivos hidropónicos y huevos sin gallinas esté más lejos de lo que se dice, pero parece claro que es hacía donde nos dirigimos. Sería bueno dejar de construir cámaras de eco y afrontar la realidad con sentido común. Aunque no parece el escenario más probable después de mayo.

Comentarios

Mateo G.

¡Ah, qué tiempos aquellos cuando en el IJM se escribían artículos defendiendo los derechos de la gente en lugar de artículos que aceptan tácitamente todas las locuras de los políticos!
Por donde pasa el caballo de David Friedman, no vuelve a crecer la yerba.

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