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Del pánico al sentido común (I)

Todo intento de buscar orden y sentido a lo que estamos viviendo en estos tiempos de “pandemia” corre el riesgo de perderse en la heterofonía de opiniones, interpretaciones de estadísticas, pseudociencia, politización de las medidas, descreimientos y sospechas de conspiración. Como si repentinamente nos hubiésemos dado una alta dosis de drama postmoderno, ansiamos las redentoras recetas de los expertos, a la vez que nos ausentamos de nosotros mismos. Perdemos la calma, y olvidamos (¿o negamos?) que, incluso en la tormenta, nadie más puede timonear nuestro propio barco.

Las exigencias del momento constituyen una oportunidad para agudizar nuestras facultades filosóficas mediante la perseverante revisión de lo que realmente valoramos. Contamos con dos estrellas-guía: la razón y el sentido común. Éste último no es sólo lo que la mayoría piensa o hace ciegamente. El sentido común es una combinación de las costumbres de la mayoría, probadas a lo largo de cierto tiempo (tradición), y el razonamiento, que permite readaptarlas constantemente. Los cambios radicales de comportamiento no pueden implementarse a la ligera, sino que requieren justificaciones cimentadas en argumentaciones muy sólidas, y muchísimo más, si dichos cambios implican cercenamientos de libertades individuales.

Errare humanum est. No es esto lo que preocupa, ni tampoco el miedo que nos puede provocar una nueva amenaza y lo desconocido. Todo ello es entendible. El foco de nuestra reflexión, en cambio, debe apuntar a la detección de: (1) casos en los que los acontecimientos son aprovechados para justificar agendas liberticidas preexistentes[1], y (2) casos en los que el pánico o la impotencia nos llevan hacia actitudes autoritarias. La cantidad de profundas incoherencias de las que hemos sido testigos es tan grande, que resulta imposible aglutinarlas en unas pocas líneas conceptuales. En esta primera parte, circunscribámonos a dos cuestiones centrales a la polémica.

Confinamientos y mascarillas

¿Hemos aprendido la lección de que no se ha podido establecer el éxito de los confinamientos más draconianos y generales en la contención del virus?[2] ¿Somos siquiera capaces de medir todo el daño que esos confinamientos han causado? Se ha argumentado que el justificativo para confinar es evitar la saturación del sistema sanitario. Pero otras veces en que el sistema sanitario se vio saturado, no se recurrió a confinamientos.[3] ¿Cuál es el nivel aceptable de saturación del sistema y por qué? Veo demasiada similitud entre las políticas de confinamiento obligatorio y las de control estatal de la economía.

A medida que los confinamientos más estrictos fueron perdiendo apoyo, el foco de la politización de la pandemia se fue reorientando bastante hacia el debate sobre el uso de la mascarilla. Como era de esperar, por lo general, los que suelen estar a favor de la intervención estatal defienden la imposición de su uso. A menudo, se ha sobresimplificado el tema, al punto de no quedar claro en muchos casos por qué se está abogando.

Luego de algunos titubeos, la recomendación actual de la OMS parece razonable. Ésta describe los distintos tipos de mascarillas y expide recomendaciones según las diversas situaciones. A modo general, afirma que “actualmente no hay suficientes pruebas a favor o en contra del uso de mascarillas (médicas o de otro tipo) por personas sanas de la comunidad en general.”[4] En contraposición a esto, muchísima gente asume que el uso de la mascarilla (del tipo que sea) es absolutamente crucial en las más diversas situaciones, incluso cuando uno se halla al aire libre, con la boca cerrada y a metros de distancia del resto.[5] Aquel que no lleva mascarilla sufre admoniciones, tanto por parte de la policía como de los ciudadanos (así como miradas desaprobatorias y hasta insultos). Simple autoritarismo sin rigor científico.

La mascarilla se ha constituido en un fetiche de la cancel culture, así como en verdadero símbolo de pertenencia, muy interesante de estudiar sociológicamente. Los que ahora claman por la mascarilla, ¿por qué antes no la usaban? ¿Por qué incluso entraban a unidades de terapia intensiva sin mascarilla, con ropa y calzado de calle a visitar familiares y amigos en vulnerable estado de salud? ¿Cuántas muertes a causa de enfermedades contagiosas se habrían evitado (antes de la covid-19)? ¿Éramos estúpidos antes de abril 2020? ¿Éramos terriblemente insensibles y no nos dábamos cuenta? ¿O bien es que esas vidas no valían tanto como las de hoy?

A principios de la pandemia, allá por marzo 2020, cuando reinaba la mayor incertidumbre y se barajaban proyecciones de alta mortalidad, podía justificarse salir a hacer las compras con mascarilla, gafas transparentes y guantes de látex. Pero la realidad es que casi nadie salía con protección alguna, a excepción de una minoría, apenas con tapabocas. Ahora, más de seis meses después, sabiendo que la letalidad es enormemente inferior, habiendo más conocimiento que ha mejorado la calidad de los tratamientos médicos, y habiendo dispuesto de tiempo para mejorar la atención sanitaria (seis meses de “aplanar la curva”), todo el mundo usa la mascarilla y el que no la usa es estigmatizado. Ah, eso sí, salvo los niños pequeños…porque no se lleva.

Se ve mucha gente hablando en proximidad a través de la mascarilla, porque ésta le da una falsa sensación de seguridad. Digan lo que digan los defensores de la mascarilla, muchísima más gente se ha animado a salir de casa y a acercarse mucho más a otras personas, no gracias a la mascarilla en sí, sino debido al hecho de que las autoridades sanitarias terminaron enfatizando tanto la importancia de la mascarilla. Es preferible no usarla y respirar por la nariz que hablar de cerca con ella puesta. Algunas personas incluso van bufando a través de su tapabocas debido al ejercicio físico o algún esfuerzo que hacen.[6]

Varios profesionales mostraron la cantidad de microbios que se suelen producir en la mascarilla.[7] En cada actividad diaria deberíamos sopesar la falta de higiene que la mascarilla puede significar, frente a la protección de un posible contacto contagioso con el SARS-CoV-2 que ésta pueda lograr. La mascarilla tiene sentido en lugares cerrados (al menos por ahora), sobre todo los que albergan personas de salud débil (hospitales, geriátricos, etc.). Y en lugares abiertos, sólo tiene sentido para actuar como barrera de emisiones directas; pensémoslas en orden de más a menos grave: estornudar, toser, resoplar, cantar, hablar en voz alta, silbar o chiflar, hablar en voz baja, hablar en voz baja con la boca apuntando hacia abajo, respirar por la boca, respirar por la nariz. Y en ningún caso la mascarilla nos protege del todo.

Defender la libertad individual respecto del uso o no de la mascarilla en la vía pública no implica de ninguna manera que a uno no le importe que mueran los demás. No está para nada probada la cadena de causas y efectos. Las autoridades sanitarias insisten en que “aún sabemos muy poco de la covid-19”, y por otro lado, algunos sugieren legislar con un autoritarismo como si lo supiesen todo. Hay que dejar operar a la libre voluntad de los individuos. ¿Qué nivel de exposición al riesgo es tolerable? ¿Qué nivel de riesgo es tolerable? ¿Cómo incide la severidad de las posibles consecuencias? ¿De verdad nos hemos hecho estas preguntas? ¿Acaso son preguntas que tienen respuesta definitiva? Muchos de los comportamientos reglamentados en esta pandemia conllevan menos peligro que tantísimos otros comportamientos cotidianos que, de vez en cuando, terminan causando involuntariamente la muerte propia o de terceros.

La réplica “pero todo ayuda” no es sólida, porque entonces terminaríamos viviendo con la bombona de oxígeno como Michael Jackson. El argumento de que “no sabemos, pero como la consecuencia podría llegar a ser grave, entonces vale la pena prevenirse” no es válido como regla general. Porque ese argumento se puede aplicar prácticamente a cualquier comportamiento y a cualquier consecuencia. Hay gente que tiene miedo de viajar en avión, porque un posible accidente tendría características fatales (caso de bajas chances pero consecuencias muy graves), pero esa gente es normalmente considerada fóbica.

Si tienes miedo de contagiarte en la calle, ve con mascarilla y el protector facial plástico, pero no les impongas a los demás cómo tienen que ir. Muchas de las personas que critican el ir sin mascarilla por la calle son las mismas que puertas adentro tienen contacto sin ningún tipo de protección con una cantidad de familiares y amigos, quienes a su vez tienen contacto con otros, también sin protección. El grado de hipocresía y de incapacidad de ver la viga en el ojo propio es alarmante.

Qué me sugiere el sentido común

Entonces, ante el mar de incertidumbre y opiniones encontradas de todo tipo de expertos y legos, recurramos al sentido común que, bien o mal, hemos podido desarrollar hasta ahora. A mí me sugiere las siguientes recomendaciones temporarias:

  • Durante un tiempo en que haya significativo exceso de mortalidad, utilizar la mascarilla en lugares cerrados en los que no se pueda mantener una distancia de aproximadamente un metro respecto de otras personas.
  • Evitar las actividades que combinan: masividad + aliento + lugar cerrado (por ejemplo coros).
  • Mantengámonos medianamente informados de las novedades sanitarias.

Y las siguientes recomendaciones para siempre (que el sentido común ya me dictaba previo a la covid-19, pero que en muchos países no eran practicadas):

  • Utilizar la mascarilla en áreas donde están internados pacientes con las defensas vulnerables.
  • Quedarse en casa cuando se tienen síntomas respiratorios (sea por covid-19 o no) u otras condiciones contagiosas (tales como conjuntivitis) . Si se ha de salir enfermo, hacerlo con la mascarilla y mantener distancia.
  • No compartir los mismos vasos, picos de botella, sorbetes, bombillas, cigarros, etc.
  • Airear espacios comunes tales como aulas, aunque haga frío.
  • Evitar saludarse con besos, sobre todo en reuniones numerosas.
  • Acostumbrarse a no tocarse (o a reducir significativamente el contacto con) la nariz, ojos o boca luego de estar en contacto con posibles focos de infección sin antes lavarse las manos.
  • Dentro de casa, usar un calzado distinto al que se usa fuera.
  • Evitar viajar hacinados en cualquier medio de transporte, salvo fuerza mayor.
  • No más ventanillas herméticamente cerradas en autobuses y trenes.
  • Mantener la boca cerrada en el metro o lugares de hacinamiento.
  • Dedicarle más recursos al estudio del hacinamiento urbano.

No parece haber ninguna certeza que nos deba hacer cambiar radicalmente nuestras vidas. Es más probable que la forma más eficaz de combatir la covid-19 sea adaptar lo que hemos venido haciendo, en lugar de hacer borrón y cuenta nueva en tantos aspectos. Es cierto que elementos como los pañuelos de papel, el alcohol en gel, el pañal desechable o la toallita femenina, nos señalan una tendencia hacia una mayor profilaxis y “desechabilidad” (y también más polución ambiental), pero el progreso ha de ser gradual, sin saltos bruscos. El comportamiento razonable parece ser aquél que no deja de basarse en la inducción, a la vez reconociendo las limitaciones de ésta con la mayor calma espiritual posible. Los cisnes negros pueden darse, pero cuando se dan, tampoco tenemos forma de reconocerlos como tales. Las medidas restrictivas prometen inciertos beneficios sanitarios, pero atentan contra la libertad, tan fácil de arrebatar y tan difícil de restituir.

[1] https://www.youtube.com/watch?v=npjf0uFZBjU&ab_channel=SkyNewsAustralia

[2] https://www.youtube.com/watch?v=hrTFXwLXUC8 (33:26)

[3] https://www.youtube.com/watch?v=Z3plSbCbkSA&ab_channel=UnHerd (28:33)

[4] https://www.who.int/es/emergencies/diseases/novel-coronavirus-2019/advice-for-public/q-a-coronaviruses

https://apps.who.int/iris/bitstream/handle/10665/332657/WHO-2019-nCov-IP...

[5] España (y también Argentina) están entre los países con mayor adhesión al uso de mascarillas.

https://elpais.com/sociedad/2020-07-20/es-espana-el-japon-europeo-de-la-...

[6] https://www.youtube.com/watch?v=1_AxGswGnno&ab_channel=WorldHealthOrgani...

[7] https://www.facebook.com/carmen.lendinezs/videos/635536323981657

[8] Habrá que establecer formas más sencillas de constatar el estado de salud de trabajadores que deban ausentarse a su trabajo.