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Deslindando la liquidez de la negociabilidad

En mi anterior artículo, me dediqué a constatar que el criterio de qué bienes o activos son líquidos fue desvirtuándose con el paso del tiempo hasta volverse equivalente al de cuáles son negociables. Este error de base ha contribuido a la masiva degradación de la liquidez de los agentes económicos que ha tenido lugar en los últimos 50 años, pues muchos de ellos han creído que bastaba con rellenar su activo circulante de activos a largo plazo que fuesen fácilmente vendibles.

Lo cierto es que la confusión, en la inmensa mayoría de los casos, tiene poco de malintencionada y es más bien fruto de la complejidad intrínseca del concepto de liquidez que, además, se ha visto agravada por su infradesarrollo teórico dentro de todas las escuelas económicas, incluida -por desgracia- la austriaca.

Pues bien, para empezar a desentrañar el asunto hay que perfilar el concepto de liquidez. Como sabemos, todo bien económico es más o menos útil que otro en función de los fines que subjetivamente permita lograr a un agente o conjunto de agentes (sociedad); además, conforme incrementamos las unidades de ese bien, dado que va sirviendo para satisfacer fines progresivamente menos importantes, su utilidad va decreciendo (es lo que se conoce como ley de la utilidad marginal decreciente).

Ahora bien, la utilidad de todos los bienes no decrecerá al mismo ritmo, ya que algunos de ellos servirán para satisfacer un conjunto de fines que serán más valiosos que los de otros bienes. Como suele decir José Ignacio del Castillo, la utilidad marginal del bien económico "libro de sánscrito" se derrumba mucho más rápidamente que la de otros bienes económicos que sirven para satisfacer muchos más fines a muchos más individuos (por ejemplo la vestimenta, la comida...). Simplemente, a poco que incrementemos la cantidad de libros de sánscrito, los fines marginales que se van habilitando son mucho menos importantes que los anteriores, por lo que pequeñas variaciones en su cantidad disponible darán lugar a sufrir grandes oscilaciones en su valor.

Esto es precisamente la liquidez: la estabilidad que exhibe la utilidad marginal de un bien ante cambios en su cantidad. Los bienes más líquidos tendrán una utilidad marginal más estable que los bienes menos líquidos, pues prácticamente cualquier cantidad de ellos permitirá satisfacer fines que siguen siendo muy relevantes. O, como dice Fekete, la utilidad de los bienes más líquidos parece ser, a efectos prácticos, constante.

Obviamente, una utilidad marginal que decrece muy lentamente se manifiesta en el mercado en forma de un bid/asked spread que tampoco se incrementa sustancialmente con las variaciones en la cantidad que se quiere comprar o se quiere vender. Los vendedores pueden vender casi cualquier cantidad a un precio ofrecido (bid price) casi constante porque siempre hay consumidores dispuestos a pagarlo y los compradores pueden comprar cualquier cantidad a un precio pedido (asked price) casi constante porque a poco que incrementen sus pujas, éstas superarán la utilidad que para multitud de individuos tienen los bienes líquidos, aumentando notablemente su oferta.

Fue esta estabilidad en el bid/asked spread la que observó Menger cuando sentenció que: "Cuanto menor sea el margen, es decir, la diferencia entre el precio pedido y el precio ofrecido de una mercancía, mayor tiende a ser su grado de comercialización. (...) [Denominamos a los] artículos [como] más o menos líquidos de acuerdo con la mayor o menor facilidad con que se los puede vender en un mercado en el momento conveniente".

Sin embargo, tal y como apuntaba en mi anterior artículo, muchos bienes o activos también muestran un diferencial de precios más o menos constante gracias a la continua actuación de los market makers en los mercados secundarios. Es más, prácticamente todo bien puede durante un tiempo mantener más o menos estables sus spreads si se destina a ello el suficiente capital.

El problema, claro, es que entonces la inclusión de bienes líquidos en los saldos de tesorería de los agentes no les garantizaría que pudieran adaptarse inmediatamente a los cambios externos -que es, precisamente, para lo que sirve la tesorería-, sino que esa capacidad dependería del precio que pudieran negociar con dificultad por ellos en el mercado. Este problema se agrava si tenemos en cuenta, además, que la demanda y oferta de ciertos activos por parte de los markets makers depende en buena medida de las disponibilidades de crédito, lo que provoca que numerosos activos sean aparentemente muy líquidos (en realidad muy negociables) cuando el crédito está creciendo y muy poco líquidos cuando éste se contrae (justo el momento en que más necesarios se vuelven los activos líquidos).

La diferencia entre liquidez y negociabilidad, si bien en apariencia difusa, sí puede precisarse y acotarse. Fijémonos en que si la liquidez se refiere a una utilidad marginal que desciende muy lentamente porque satisface fines muy importantes, los bienes líquidos sólo podrán ser aquellos que sirvan para satisfacer por sí mismos las necesidades de los individuos, esto es, bienes de consumo cuya utilidad marginal sea muy estable.

Por el contrario, los bienes o activos negociables son aquellos cuya demanda última se basa en que permiten lograr -o en que dan derecho a- bienes de consumo futuros (bienes de orden superior) que, por tanto, no satisfacen directamente las necesidades de ningún individuo. Los agentes económicos los adquieren o para obtener esos bienes de consumo futuros o con la expectativa de enajenarlos a otros individuos que los demandan, con la finalidad, a su vez, de apropiarse de los bienes de consumo futuro.

En otras palabras, la demanda original de los bienes líquidos debe proceder del gasto en consumo, mientras que la demanda de los bienes negociables siempre provendrá del ahorro. Son los market makers quienes, gracias a su enorme capital, tienen la capacidad suficiente para absorber, de manera temporal, grandes cantidades de cualquier bien con las que construir unos inventarios que poco a poco van enajenando a otros agentes. Que el bien sea líquido o no dependerá, pues, de si esos otros agentes son consumidores que demandan esos bienes para el uso final o si, en cambio, son capitalistas que quieren inmovilizar su capital en ellos para posponer su consumo.

Al fin y al cabo, la demanda del market maker se secará tan pronto como prevea que no hallará salida para sus inventarios y esa previsión dependerá de sus expectativas respecto a las demandas de los capitalistas, que pueden ser muy fluctuantes según su posición de liquidez o sus perspectivas sobre la rentabilidad del activo. O dicho de otra manera, en una economía sin ahorro, sin crédito o sin market makers, no habría bienes negociables, pero sí habría bienes líquidos.

Es la amplitud del gasto en consumo lo que determina la intensidad y la variedad de bienes líquidos (lo que Adam Smith y Fekete llaman capital circulante social), mientras que es el ahorro destinado a construir y conservar los inventarios de los market makers el que determina la intensidad y la variedad de bienes negociables.

Los agentes (y especialmente los bancos), por tanto, no deberían conformar sus saldos de tesorería con bienes o activos cuya vendibilidad dependa de la propensión a invertir de los individuos -de aquella parte de su renta que quieran conservar a lo largo del tiempo- sino de su propensión a consumir. Por eso las viviendas, cuya demanda a día de hoy depende casi en su totalidad de que otros nos presten sus ahorros en forma de crédito, no son un activo líquido y la porción de los bienes de consumo más urgentemente demandada sí lo es.

En general, y para concluir, ningún bien o activo que deba adquirirse a crédito (o cuyo repago dependa de la disponibilidad de crédito) o que proporcione rentabilidad a lo largo de un período prolongado de tiempo podrá aspirar a ser líquido (sólo negociable) y no debería colocarse en la tesorería de los agentes económicos. En caso contrario, cuando los agentes incrementen su atesoramiento y recorten su gasto en inversión, el valor de estos bienes o activos negociables se desplomará y el propósito que los agentes buscaban con ellos -conservar su valor en cualquier circunstancia y para cualquier cantidad enajenada o adquirida- se verá frustrado. No pocos bancos se han descapitalizado durante esta crisis porque se vieron forzados a liquidar con grandes descuentos aquellos bienes y activos a largo plazo que pensaban que siempre podrían endosar a otros bancos por su importe nominal.