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Discurso de recepción del Premio Juan de Mariana 2016

I. AGRADECIMIENTO

Muchas gracias a Gabriel Calzada, Óscar Vara, Carlos Rodríguez Braun, Miguel Anxo Bastos Boubeta y Juan Ramón Rallo por sus amables y, en ocasiones, muy emotivas palabras; muchas gracias al Instituto Juan de Mariana por concederme este premio que para mí es el más importante que me podían dar y, sobre todo, muchas gracias a los trescientos amigos y amantes de la libertad presentes en este acto.

Casi cuarenta y cinco años, ¡apenas un suspiro!, desde que en 1972 leí con 15 años mi primer libro liberal, que cogí de la biblioteca de mi padre. ¡Me acuerdo como si fuera ayer! Era de la Editorial Rialp y se trataba de la edición española de Capitalismo y Libertad de Milton Friedman, que, aunque luego descubriría que lo mejor del libro era el título, pues esta obra está plagada de errores metodológicos y científicos, despertó en mí una llamada o vocación irresistible a dedicar todas mis fuerzas y energías, primero, a estudiar la teoría de la libertad, segundo, a transmitir y enseñar sus principios en la universidad y, tercero, a divulgar e impulsar la libertad en todos los ámbitos, sin medias tintas ni hacer concesión alguna.

Y la verdad es que, mirando para atrás, me doy cuenta de que siempre me he sentido muy realizado y feliz haciendo lo que he hecho por la libertad. Y que sin duda alguna debo considerarme una persona muy afortunada y debo estar muy agradecido por muchas razones:

(a) Primero, por mi padre Jesús Huerta Ballester, que falleció el año pasado, y que me encaminó por la senda de la libertad y me dejó la compañía de seguros de vida que fundó mi abuelo ya casi hace un siglo y que, aunque es una gran responsabilidad, me ha dado plena independencia económica para estudiar, enseñar e impulsar el ideario de la libertad como he querido.

(b) Segundo, por mi familia hoy aquí presente. Y, sobre todo, por mi esposa Sonsoles, que siempre me ha ayudado y apoyado sin descanso. Y por mis seis hijos, Jesús, Sonsoles, Silvia, Juan Diego, Constanza y Santiago-Benjamín, que, aunque desde pequeños se habituaron a verme en casa siempre pensando, estudiando y escribiendo, fue sin duda a costa de un tiempo que, en otras circunstancias, debía haber pasado con ellos. Espero poder recuperarlo con mis nietos Irene y Jesús (de uno y dos años) y con otros dos que ya están en camino…

(c) También soy muy afortunado por todas las personas que, a pesar de las dificultades, siempre me han ayudado. Unas ya no pueden estar aquí, como Joaquín Reig Albiol, el traductor de la Acción Humana de Mises y, en cierto sentido, mi padre intelectual; o Lucas Beltrán, el director de mi primera tesis doctoral; o Hayek, que me metió casi “con calzador” en la sociedad Mont Pèlerin cuando yo apenas tenía 25 años; o Murray Rothbard, que corrigió personalmente a mano alguno de mis trabajos, me aclaró muchas ideas y me contagió su entusiasmo y sentido del humor. Otras felizmente sí están aquí presentes, como Luis Reig, en cuya casa asistí a mis primeros seminarios “austriacos” y en donde escuché por primera vez el término “anarcocapitalismo”; o Pedro Schwartz, el director de mi segunda tesis doctoral y que me dio plena libertad para hacer lo que yo quise; o Francisco Cabrillo, que me aguantó durante largos años en su departamento de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense; o Carlos Rodríguez Braun, que nunca ha dejado de apoyarnos y asistir con una paciencia infinita a los tribunales de tesis doctoral a los que le invitamos en nuestro programa de Economía Austriaca de la Universidad Rey Juan Carlos (donde ya vamos para las 40 tesis doctorales leídas); y, sobre todo, soy afortunado por la escuela de jóvenes y brillantes economistas que he logrado aglutinar, algo dificilísimo en un país tan individualista como España. Especialmente por mi equipo de la universidad, en concreto, por los profesores Miguel Ángel Alonso Neira, Philipp Bagus, David Howden, Antonio Martínez, Óscar Vara, Javier Aranzadi y, cómo no, Juan Ramón Rallo. Y también por mis discípulos distribuidos por otras universidades y ya con prestigio y trayectoria personal propias, como Miguel Anxo Bastos Boubeta, David Sanz Bas y, el más importante de todos, nuestro rutilante rector de la universidad Francisco Marroquín, el profesor Gabriel Calzada. Y, sobre todo, muy afortunado por el entusiasmo, dedicación y esfuerzo de mis alumnos de la universidad (que ya son unos 5.000 desde que empecé a dar clases hace 32 años) a razón de unos 300 al año entre los alumnos presenciales a mis cursos de grado y del Master en Economía de la Escuela Austriaca, a los que hay que añadir a los miles y miles que cada año siguen mis cursos por internet (gracias al curso grabado, a instancias precisamente de Gabriel Calzada, por Fernando Díaz Villanueva, editado por José Manuel González González, y doblado por un locutor de la BBC en lengua inglesa gracias a los buenos oficios de Juan José Mercado).

(d) Muy afortunado, en fin, por la noble tradición científica de la que soy heredero, hasta el punto de que considero que todo lo que he logrado, si es que he logrado algo, todo lo que he escrito y aportado, más que mérito mío, es mérito de la noble Escuela Austriaca de Economía. Haber entrado en contacto con ella es una de las mejores cosas que me han pasado en la vida, y se debe a una serie de casualidades, como la de descubrir y adquirir en septiembre de 1973 un ejemplar de la Acción Humana de Mises que leí de un tirón, o el haber sido invitado a participar desde el principio en los seminarios austriacos en casa de Luis Reig.

¿Y qué más podemos decir de la Escuela Austriaca?

II. LA ESCUELA AUSTRIACA

Decía Mises que “lo que distingue a la Escuela Austriaca y habrá de proporcionarle fama inmortal es haber elaborado toda una teoría de la acción humana y no de la no acción o equilibrio económico”.

Esta concepción dinámica del orden espontáneo del mercado impulsado por la capacidad empresarial y creativa del ser humano, que no puede ser diseñado ni controlado centralizadamente por nadie, es la principal característica esencial y diferenciadora de la Escuela Austriaca, y la que llama más la atención frente al mainstream neoclásico, hoy centrado en el análisis matemático de escenarios alternativos protagonizados por seres robotizados o agentes representativos que se limitan a reaccionar en entornos imaginarios informáticamente manipulados por políticos e ingenieros sociales.

Cualquier persona de criterio independiente que busque con honestidad la verdad científica, enseguida se da cuenta de los múltiples interrogantes y fallos científicos de las escuelas alternativas que hasta ahora han constituido la corriente principal de nuestra disciplina. Y, aunque los múltiples intereses creados y el inmenso capital humano mal invertido por la mayoría de economistas hacen difícil y lento el cambio, ya existen indicios esperanzadores que muestran que algo está cambiando, como el número creciente de economistas neoclásicos que reconocen la crisis del paradigma dominante, y que solo la teoría austriaca del ciclo económico ha sido capaz de prever, explicar y dar cuenta, por ejemplo, de la última Gran Recesión.

Además, el análisis de la Escuela Austriaca, que como tantas veces he dicho debería denominarse Escuela Española, pues hunde sus raíces en las contribuciones de nuestros escolásticos del Siglo de Oro español, proporciona un marco multidisciplinar teórico, histórico-evolutivo y ético-jurídico que es utilísimo a la hora de entender e interpretar los desafíos del mundo que nos rodea y cómo debemos actuar para superarlos.

¿Cuáles son estos desafíos?

III. LOS DESAFÍOS DEL SIGLO XXI: EL ENDIOSAMIENTO DE LA RAZÓN, LA INGENIERÍA SOCIAL Y EL MITO DE LA DEMOCRACIA. LA NECESIDAD DE DESMANTELAR EL ESTADO.

Las décadas posteriores a la caída del Muro de Berlín en 1989, que supuso todo un hito para los amantes de la libertad, han supuesto también una eclosión en todos los sectores y a todos los niveles, como no se había conocido antes en la historia de las economías de mercado, de la ingeniería social y de la regulación y la intervención y control administrativo por parte del Estado, utilizando además tecnologías cada vez más sofisticadas. (Por ejemplo, en España solo el BOE publica unas 60.000 páginas de regulación al año. Y ayer leía que solo la ley Todd Frank norteamericana de control financiero ha dado lugar a 22.000 páginas de regulación).

Sin embargo, esta manifestación posmoderna de las técnicas de control estatal y del endiosamiento de la razón, en la terminología de Hayek, aunque quiera justificarse con los más variados motivos, que van desde el calentamiento global hasta la lucha contra la desigualdad y el terrorismo, está condenada al fracaso, como se ha ilustrado con la Gran Recesión y ya quedó científicamente demostrado con la generalización a toda la intervención del Estado del Teorema de la imposibilidad del socialismo desarrollado por Mises y Hayek: es imposible que el Estado se haga con la información que necesita para dar un contenido coordinador a sus mandatos, entre otras razones porque la propia coacción institucional que le caracteriza bloquea la creación empresarial de dicha información. Y esta “borrachera” de poder político e ingeniería social no solo es científicamente imposible, sino que además es profundamente inmoral, como ya explicó Benedicto XVI al condenar en su encíclica Spe salvi (n. 29) “la esperanza de instaurar un mundo perfecto gracias a una política estatal fundada científicamente”. Y, precisamente por ser una esperanza contra la libertad humana, Benedicto XVI concluye que “un mundo sin libertad no sería en absoluto un mundo bueno”.

No nos queda por tanto más remedio que ir desmantelando el Estado, devolviendo el protagonismo a la sociedad civil o al orden espontáneo del mercado, que es lo mismo, y, evitando vacíos, privatizar todas las actividades de regulación y control que ha asumido el poder político. Esta, y no otra, es la agenda del anarcocapitalismo, entendido como estadio superior de la civilización humana y como resultado de la evolución natural del liberalismo clásico, que hoy ha quedado francamente obsoleto.

En suma, es evidente que en el siglo XXI los verdaderos antisistema somos nosotros, los luchadores por la libertad, porque nuestra agenda implica, primero, toda una revolución conceptual y teórica (ya en gran parte elaborada por la Escuela Austriaca); segundo, una revolución ética, que implica la plena toma de conciencia sobre el carácter inmoral, perverso y corruptor del Estado; y, finalmente, la revolución política, que supone descubrir que la democracia, como decía Hayek, es un ídolo impracticable que lleva dentro de sí mismo la semilla de su propia destrucción, en forma de engaño sistemático, manipulación, demagogia y populismo.

IV. CONCLUSIÓN

Y como conclusión, quiero terminar con unas palabras de optimismo, esperanza y entusiasmo (que, por cierto, entusiasmo etimológicamente procede del griego “entusiasmós”, que significa, nada más y nadas menos, “poseído o inspirado por la divinidad”).

Como sabéis, Mises denomina “destruccionismo” al intervencionismo del Estado y al socialismo, a la vista de los perversos efectos que ambos generan. Afortunadamente, y a pesar de los estragos que causa, el Estado hasta ahora nunca ha logrado acabar del todo con el impulso que la libre iniciativa del ser humano genera haciendo posible el desarrollo de la civilización. Si el mal (representado por el “destruccionismo” en la terminología de Mises) triunfara, hace ya mucho que el género humano habría desaparecido (y, de hecho, puede considerarse que eso es precisamente lo que desea el maligno cuando alienta -utilizando todo tipo de engaños y señuelos- las políticas "destruccionistas" del Estado: pretende acabar con la obra de Dios).

Que a pesar de todo, y del poder inmenso de seducción que tiene el Estado sobre el género humano, siga desenvolviéndose el proceso de cooperación social, e incluso prosperando notablemente cuando se abre la puerta a la libertad en determinadas etapas históricas y zonas geográficas, es la prueba irrefutable de que a la larga el bien, representado por la propiedad privada, la libertad empresarial, la iniciativa individual y, sobre todo, los principios morales, siempre, con la ayuda de Dios, prevalece y es capaz de vencer al mal encarnado por la arrogancia fatal del ideal socialista y por el “destruccionismo” que caracteriza al Estado.

Y es precisamente es por esto por lo que debemos ser entusiastas y optimistas: porque en nuestra continua lucha por la libertad no estamos solos, sino que Dios siempre nos acompaña con su misteriosa energía e inspiración.

Muchas gracias.