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Ecología y capitalismo: hacia una solución equilibrada

La estridente intervención de la joven sueca Greta Thurnberg en la cumbre climática de las Naciones Unidas, hace pocas semanas, donde despotricó airadamente contra el deterioro ambiental, reavivó la siempre vigente controversia entre ecologistas y sostenedores del libre mercado. Los ambientalistas que atribuyen al capitalismo la total culpabilidad del daño ecológico actúan de mala fe e intentan pasar “de contrabando” ideologías socialistas. A muchos de estos activistas lo que menos les importa es la preservación de las condiciones de habitabilidad de la Tierra, y lo que sí buscan es imponer concepciones económicas basadas en criterios colectivistas. El punto sobre el cual es oportuno reflexionar, es la respuesta de los liberales frente a este tipo de provocaciones.

Es razonable que los liberales reaccionemos contra quienes atribuyen todo el problema ambiental al capitalismo y que, como solución, propongan una economía centralmente planificada. Pero hay quienes, en defensa de la economía de mercado, terminan por negar siquiera la posibilidad de que las explotaciones económicas indiscriminadas estén comprometiendo la sustentabilidad ecológica del planeta. Estas posiciones son la contracara de quienes proponen la exorbitancia de suprimir el capitalismo para resolver los problemas ambientales. Ocurre que, para oponerse a una exageración, no es recomendable caer en un desborde en sentido opuesto. Frente a las posiciones desproporcionadas, es conveniente adoptar posturas moderadas.

Es extremadamente difícil determinar en qué medida la influencia humana es el factor que determina el curso de los procesos ambientales y en qué proporción se trata, simplemente, de fenómenos naturales que sucederían independientemente de las operaciones humanas. Los ambientalistas son propensos a exagerar mucho la hipotética responsabilidad humana y, recíprocamente, algunos militantes pro mercado lo niegan de plano. Y lo cierto es que no tenemos evidencia suficiente como para sostener de manera inequívoca en qué punto está la verdad.

Dada esta circunstancia tan incierta, una posición extrema, de negación absoluta de que haya intervención humana en el deterioro ecológico, no es sostenible. De lo cual no se deduce, por cierto, que corresponda suprimir el capitalismo para resolver el problema. ¿Cuál sería, entonces, una posición razonablemente equilibrada?

El punto de partida es admitir que es verosímil la conjetura de que la influencia humana, motivada por el afán de explotación económica de los recursos naturales, podría estar teniendo efectos ambientales nocivos. No es necesario reconocer que efectivamente es así. Podría suceder que el deterioro ecológico se produjera aun cuando la intervención humana fuera inocua. Pero eso no lo sabemos con exactitud. Por ende, tampoco lo podemos negar.

Dado que no es posible desconocer la eventualidad de que sea la gestión humana la causante del daño ambiental, corresponde adoptar políticas que impliquen cierta prudencia en el uso de los recursos naturales. El caso paradigmático es el cambio climático, que, según muchas hipótesis -ninguna de ellas fehacientemente verificada, pero tampoco rotundamente refutada- sería el producto de la excesiva emisión de dióxido de carbono. Por supuesto que, como lo sostienen algunos pro capitalismo, el calentamiento del planeta podría ser la consecuencia de un fenómeno natural, como tantos vaivenes de temperatura que se han producido a lo largo de la historia de la Tierra. Pero es muy sugestiva la coincidencia entre el incremento de la emisión de dióxido de carbono y el aumento de la temperatura verificado en los últimos 150 años. Por ende, sería suicida desentendernos del problema, aun cuando no tengamos certezas acerca de si hay correlación entre ambos fenómenos, o se trata de una simple casualidad.

Es obvio que, si se trata de un fenómeno natural, nada podemos hacer para detenerlo. Si la Tierra se calcina, la vida se extinguirá inexorablemente. Pero, en vista de que hay indicios no descartables en el sentido de que podría ser la intervención humana en su afán de explotación económica la causante del calentamiento global, correspondería hacer algo que, sin suprimir el capitalismo, establezca reglas compatibles con el libre mercado para regir el desarrollo de la actividad económica.

La esencia del mercado es que las reglas sean equitativas, que no haya privilegios, que no haya barreras específicas de entrada y salida a las actividades económicas. Eso no es incompatible con establecer algún límite a la explotación de recursos naturales para desincentivar el abuso, de modo que, aunque existan restricciones, esos impedimentos sean generales, universales, igualitarios. Esto no implicaría la altisonante supresión del capitalismo, como reclaman los ambientalistas extremos, sino una limitación razonable, que solo establecería ciertos estándares que harían compatible la vigencia de un orden económico basado en un sistema de mercado, con la sustentabilidad ambiental a largo plazo.

El tema es muy complejo en su implementación operativa y excede por mucho el alcance de un breve comentario periodístico. Pero en medio de discursos extremistas de un lado y de otro, no es inoportuno tratar de encuadrar el abordaje del problema en un enfoque más equilibrado, que no lo niegue por completo, como lo hacen algunos partidarios del capitalismo desenfrenado, ni presente escenarios apocalípticos, como lo exhiben los fundamentalistas del ambientalismo. Aunque a algunos -a uno y otro lado de la controversia- les parezca que este abordaje menos estridente tiene “sabor a poco” y sea despectivamente catalogado como “tibio”, tal vez termine siendo, en la práctica, una solución más eficaz que los arranques de histeria que tanto dificultan encauzar con sensatez el tratamiento de un tema que, con buenas razones, despierta mucha preocupación.