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El día de la semiesclavitud fiscal

Gracias a un informe de la Think Tank Civismo, y a una gran difusión en redes sociales que ha llevado a que tenga repercusión en la mayoría de medios de comunicación, muchos españoles han podido saber que se pasan seis meses al año trabajando para el Estado.

Y aquellos que hayan tenido curiosidad y se  hayan leído el informe, habrán podido comprobar que una parte importante de esos impuestos son algo que hasta ahora no sabrían que estaban pagando de forma tan elevada: las cotizaciones a la seguridad social.

Cuando una persona se jubila, o simplemente se informa sobre la jubilación a la que tendrá derecho, nunca habla de los años que llevan cotizados sus pagadores por él. Se habla de los años cotizados por el trabajador, no por la empresa, porque es algo que todos subconscientemente tenemos asimilado. Las pensiones se pagan con el dinero que se les quita a los trabajadores en activo, las empresas son un mero intermediario.

Pero al contrario de lo que ocurre con el IRPF, la empresa no solo hace de intermediario al retener el dinero sino que directamente se le oculta al trabajador la cantidad abonada al Estado por este concepto, sacándolo del salario bruto que se acuerda entre las partes.

Esto, como ya comenté en su día, es algo totalmente premeditado para ocultar al trabajador medio que el porcentaje total que el Estado le retiene de la nómina no es el 20% sino el 40%. Aunque con niveles de paro surrealistas hay tímidos intentos por destapar algo el asunto para poder pasar ese coste a otros impuestos que sí pagarán directamente los trabajadores. La realidad se termina imponiendo por un camino o por otro.

Si a esto le sumas que cada vez es más difícil ocultarte a la población el carácter piramidal del sistema de pensiones, y que la población española cada vez tiene menos parecido con  una pirámide, puede dar como resultado que la gente empiece a preguntarte para qué paga el 40% de su nómina (y luego pasa por caja otra vez con la luz, el gas, gasolina, IBI, IVA…) cuando apenas recibe algo a cambio.

Y encima, en el colmo de mala suerte para los Montoros de turno, tenemos el ejemplo griego, donde vemos que el sacrosanto Estado vive en la cuerda floja, y en cuanto se pasa de rosca no solo está en riesgo las pensiones futuras, sino hasta las actuales. Es más, está en riesgo hasta el propio dinero que no nos quita el Estado, ya que todo ahorro no invertido en el sector privado (acciones, propiedades, etc), está a merced de la solvencia del propio Estado, y cuando ésta se tambalea se impide el acceso al propio ahorro, pudiendo ser sustituido este por otra moneda con mucho menos valor, todo con tal de que el Estado pueda seguir gastando hasta lo que no nos ha podido quitar.

Por supuesto hay mucha gente que está dispuesta a ignorar la realidad, e incluso muchos que declaran orgullosamente que estarían encantados de pagar un porcentaje mayor de su sueldo con tal de tener un Estado que le brinde unos servicios de mayor calidad. Ya lo dijo el Cid: ¡Dios, qué buen vasallo, si tuviese buen señor!

Hay que aceptar que mucha gente ha nacido para ser vasallo y solo desean que alguien les administre el dinero que ganan y les digan qué tienen que hacer con él, siempre que ese quién se lo diga sea elegido por su mayoría. Hoy por hoy se tienen que conformar con el 50%, y sueñan con el día que ese porcentaje se incremente, o incluso llegue al 100%. De ahí que hoy en día tengamos los gobiernos que tenemos, y que la percepción general, excepto por la grandes excepciones que suponen estudios como el de Civismo, es que vivimos en un mundo demasiado capitalista.

Por eso más que el día de la liberación fiscal, el 1 de julio es el día de la semiesclavitud fiscal. A 2015 somos obligados a trabajar la mitad de nuestra vida para el Estado, felicidades a todos los ciudadanos cuyas ideas, o falta de ellas, lo han hecho posible.