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El dilema del dictador

No es fácil ser un dictador. Siempre están rodeados personas que ansían estar en su lugar para tener el poder. La característica más obvia de este es el enorme poder que ejerce sobre sus subordinados. Sin embargo, hay algo que con su poder dictatorial no puede conseguir: las mentes de los sujetos. Los dictadores no pueden saber si la obediencia de sus súbditos se debe a adoración genuina o porque les es ordenada tal obediencia.

Sin embargo, el dictador no puede disfrutar de su poder absoluto, poder que solo existe en la medida en que puede abusar de él y sacar satisfacción del reconocimiento del esclavo. El problema fundamental del tirano es que no puede confiar en nadie, ni siquiera en los más próximos a él. Ese es el dilema del dictador: cuanto mayor poder ostenta más motivos tiene para temer al resto; cuanto más poder tiene sobre sus súbditos, su problema aumenta. Existe también otra cara de la moneda en este dilema. El dilema del dictador también puede ser llamado el dilema del súbdito: el interés del súbdito es que el dictador crea que es amado ya que solo así ellos estarán a salvo de él; si pueden urdir un método para que su dictador crea que realmente lo apoyan (o incluso que lo adoran) él no necesitará temerlos, y si, a su vez, el dictador no les teme, no necesitan temerle. Esta es la solución al dilema que ya le sugirió Simónides de Ceos a Jenofonte.

El paso del tiempo no ha impedido que los dictadores modernos se enfrenten al mismo problema, solo que ahora podemos enunciar el mismo y analizarlo con métodos económicos y políticos. La teoría de las expectativas racionales afirmaría que entre el dictador y sus súbditos existe un problema de señalización costosa debido a que no pueden confiar el uno del otro, no pueden llegar a acuerdos o, mejor dicho, no pueden asegurarse de que el acuerdo o pacto que puedan alcanzar llegue a cumplirse. Los dictadores modernos es probable que prometan no atacar a su pueblo, pero su cumplimiento no puede asegurarse. La inseguridad del dictador se deduce del siguiente razonamiento: resulta más costoso el envío de información entre el dictador y sus subordinados que entre el Gobierno y sus ciudadanos en una democracia.

El dilema del dictador es simplemente una versión extrema de un problema muy común que ocurre tanto en la política democrática como en las familias e incluso en los mercados. Por ejemplo, particularmente durante las elecciones, los políticos realizan múltiples promesas electorales, las cuales son intercambiadas por los votos de los ciudadanos. Sin embargo, como ya sabemos bien, estas promesas son fácilmente incumplidas en cuanto consiguen el cargo. De hecho, el incumplimiento se produce cuando los derechos u obligaciones económicas no son claras y concisas, son difíciles de establecer o difíciles de ejecutar.

Sabiendo esto ¿cómo nos podemos prevenir de los engaños de nuestros políticos? ¿Qué previene que nuestros gobernantes las rehúsen tras haberlas canjeado por votos?

Dicho engaño puede ser prevenido cuando:

  1. Existe la posibilidad de una futura interacción entre ambas partes.
  2. Las partes se reconocen como honestos gracias a la reputación mutua que han forjado.
  3. Las partes reciben una prima por el intercambio, tanto para compensar por sus gastos pasados por forjarse dicha reputación como para disuadir al contrario de traicionar al electorado.

La reputación es un poderoso incentivo ya que evita que rehúyan las promesas que se realizaron mutuamente con anterioridad. En la relación político-votante, también los políticos se previenen de una posible traición de los votantes mediante la utilización de fondos públicos para la obtención de votos de un determinado sector en concreto o del público en general (práctica muy común en los regímenes democráticos).

Con esta interpretación de la vida política podemos proporcionar una explicación simple sobre el rol principal de las ideologías. La ideología de partido es un conjunto de promesas contra las que se compara el desempeño de los representantes de dicho partido para averiguar cuando estos nos engañan a la hora de llevarlas a cabo. Así, la ideología desempeña un papel más relevante que nombrar simplemente a los candidatos, es el guardián de la confianza de los votantes.

Pero ¿qué motiva la lealtad por parte de los ciudadanos o grupos de interés hacia los políticos? El reparto de las rentas políticas. Estas se pueden definir como ganancias injustas superiores al valor de lo aportado. Al presupuestar un proyecto, la renta política se mediría como el gasto superfluo, aquel que no sirve sino para redistribuir entre los grupos de interés como método indirecto de compra de votos y lealtades. Proporcionan la prima necesaria para compensar al grupo por su lealtad.

Existe también otro método para solucionar el problema del incumplimiento: un poder judicial independiente que haga que la legislación sea más difícil de revertir en el futuro, que ayude como mecanismo de prevención.

En el contexto actual, la limitación del poder del gobernante mediante los llamados checks and balances y la garantía de una prensa libre que libere al público del pensamiento único del dictador le permite descubrir lo que sus ciudadanos quieren y piensan de él. Al posibilitar medios constitucionales formales, la opción de revocación del gobernante logra el desarrollo de relaciones de confianza que posibilitan la creación de compromisos creíbles. Esto disminuye los costes del envío de señales informativas, lo que hace su transmisión más simple y directa de lo que es posible bajo una dictadura.

Por tanto, existen incentivos que motivan a las dictaduras a participar en una mayor redistribución de rentas políticas que las democracias ya que muchas de las instituciones que pueden usarse para crear confianza directamente en una democracia son exactamente a las que los dictadores renuncian.

Estas estrategias son formas de acumular lealtad y una característica de dictaduras estables o de larga duración. La siguiente frase atribuida a Napoleón da cuenta de ello: "Los métodos terroristas son un signo de debilidad más que de fuerza".

Retomando el problema principal, ¿qué estrategias tiene disponible el tirano para resolver el dilema del dictador?

Hay una serie de estrategias que pueden sustituir al problema del incumplimiento anteriormente mencionado. Estas estrategias disponibles para el dictador se pueden agrupar en dos clases: lealtad y represión. A continuación, nos centraremos en la estrategia basada en la represión porque la lealtad ya ha sido analizada arriba y, como hemos visto, su utilización es frecuente en sistemas democráticos o pseudo-democráticos rumbo hacia la dictadura.

La represión, para que sea efectiva, debe ir acompañadas de control férreo de la población y sanciones por desobediencia al régimen. Esto se logra mediante la existencia de una policía política que las aplique severamente (encarcelamiento, internamiento en hospitales psiquiátricos, torturas y la solución final, el asesinato) por expresar y especialmente por organizar oposición. Este es el sello distintivo de la dictadura.

Cuanto más reprimidos y amenazados estén los ciudadanos, mayor temor debe tener el dictador. Aumentar el nivel de represión es una posible manera de resolver este problema. Eventualmente, el propio miedo del dictador comenzará a disminuir, por la sencilla razón de que sólo deberá temer a las personas que pueden organizar o tener en sus manos los medios para destituirlo. El aumento de la represión reduce esta posibilidad, pero causa otro problema. Debe otorgar suficiente poder a sus fuerzas de seguridad y su confiabilidad incierta puede, al final, constituir la principal amenaza para el régimen del gobernante. Una forma obvia de resolverlo es pagar primas a las fuerzas de seguridad. El otro elemento fundamental en el éxito de inducir eficazmente el terror es asegurarse de la competición entre diversas agencias o policías políticas.

Como conclusión, aunque el dilema del dictador parece una paradoja, las estrategias anteriores nos muestran que es posible incrementar la seguridad del dictador a la par que su poder, invalidando la supuesta correlación inversa. Otras estrategias permiten a los dictadores aumentar su nivel de seguridad a expensas de su poder, aunque necesitan la voluntad del tirano para llevarse a cabo. Por tanto, los ciudadanos, cuando existan límites para restringir el poder tiránico, deberían reducir su miedo al tirano y este, por ende, reduciría a su vez su miedo a la población con la consecuencia de incrementar su seguridad.

Detrás de la paradoja, sin embargo, se encuentra una verdad fundamental sobre la dictadura: la ausencia de un procedimiento legítimo y regularizado para la revocación del cargo del dictador lo hace relativamente inseguro en él. Entonces resulta obvio que el rasgo característico de la personalidad de los dictadores sea la paranoia.

Bibliografía

The Political Economy of Dictatorship de Ronald Wintrobe, Cambridge University Press (1998).