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El empresario y la libertad. En memoria de Juan Carlos Cachanosky.

En mayo de 1999, la Revista Libertas del Instituto Universitario ESEADE publicaba un artículo cuyo título rezaba “Value Based Management”. No era exactamente un título muy “sexy” y menos para un profesor cuya especialización en Historia del pensamiento Económico era conocida. El autor era el argentino Juan Carlos Cachanosky, que se nos fue el último día del año 2015 y que deja un insalvable hueco en la trinchera de los defensores de la libertad.

El artículo, que seguía la línea teórica de autores como Rapaport, entre otros, no solamente mostraba con la sencillez y claridad habitual en Juan Carlos Cachanosky lo esencial de la gestión de la empresa basada en la creación de valor, sino que lo hacía a la luz de la historia del pensamiento económico. Doble enseñanza.

Y es esa reflexión doble acerca de la brecha que separa la microeconomía y la gestión real de las empresas, por un lado, y el estudio del momento en que ese problema emergió en la evolución de la economía, por otro, el entorno en el que afirma que en el siglo XX,

… autores como George Stigler y Milton Friedman, economistas defensores de un mercado libre, cayeron en el error de lo que es un mercado competitivo. Ambos autores confunden un mercado competitivo con cantidad de productores en vez de asociarlo a un marco legal que permita la libre entrada y salida a las distintas actividades productivas.

Es este marco legal que elimine barreras de entrada y salida en vez de levantarlas (que es lo que habitualmente hacen los legisladores) es el que permite maximizar la eficiencia empresarial para introducir innovaciones de nuevos productos y/o métodos de producción. De esta manera, estos dos paladines del libre mercado perdieron de vista la esencia misma del libre mercado: la competencia”.

En este párrafo se encierran más enseñanzas de las que parece, que son apuntaladas en el resto del artículo. No solamente se pone sobre la mesa que la competencia no depende exclusivamente del número de participantes en el mercado, que es la manera simplona en la que se enseña en las universidades, comparando la competencia con el monopolio, el duopolio y el monopsonio, sino que es algo mucho más complejo. Resulta que involucra la tarea del legislador, que suele levantar barreras. La razón no es el beneficio social, de la sociedad, pero tampoco es el beneficio político del legislador solamente. No es el responsable exclusivo el gobernante, hay un personaje principal que siempre se olvida: el empresario, o como lo llama Juan Carlos Cachanosky, pseudo empresario; y que por desgracia, son la gran mayoría de los actuales empresarios. Cuando Adam Smith afirmaba que cuando dos o más empresarios se juntan suele ser para conspirar contra el consumidor describía un arquetipo. La salida más fácil para el empresario es unir al grupito conspirador al ministro, director general o al político que se deje.

Juan Carlos Cachanosky me hizo ver, en discusiones privadas acerca del tema, que el empresario no defiende habitualmente la libertad, sino la propiedad privada, porque es la manera de proteger lo suyo del otro depredador. Cuando los empresarios claman por bajadas de impuestos suele ser más por su propio interés (recordemos la famosa frase de Smith “no es por la benevolencia del cervecero…”) que por otra cosa. Y no lo censuro. Pero no se nos puede olvidar a quienes defendemos la libertad porque su triunfo favorece el desarrollo moral y el bienestar físico de todos, en especial de los menos favorecidos, que esa es su intención y que, lo normal, es que si ese empresario puede recibir subvenciones cubiertas con el dinero de personas que no van beneficiarse de su progreso, lo hará. Y que, si las recibe una vez de manera extraordinaria, tratará por todos los medios, incluida la manipulación, el pago de favores, etc., de mantenerla. Así lo muestra la historia empresarial de países como Estados Unidos, y desde luego, de Argentina y España.

Y sin embargo, es bueno para todos que se levanten las barreras para que se maximice la eficiencia empresarial gracias a la competencia. Y que el empresario aumente sus beneficios, pero sin mermar la libertad ni aumentar el peso del Estado. La libertad educa al individuo a dar lo mejor de sí mismo para lograr sus objetivos, porque sabe que la responsabilidad individual implica que no le van a salvar si gestiona mal. Es decir, exactamente lo opuesto a la rutina actual, en la que se premia al que incumple.

La desconexión que señala Juan Carlos entre la realidad de la gestión y la ficción de la enseñanza de la administración de empresas me lleva a mirar el grado de realismo de lo qué estamos haciendo quienes defendemos la libertad individual. ¿Estamos proponiendo una respuesta realista a los problemas de las sociedades actuales? Tal vez, como comentaba su hijo Nicolás Cachanosky en un comentario en Facebook se trata de practicar la “seducción disruptiva”, que sacuda las mentes de las personas. Como propósito para el 2016, no está mal.