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El escándalo de los oligopolios legales: un ejemplo práctico

Es bien conocido por los economistas de todas las escuelas que los monopolios/oligopolios son nocivos para el bienestar social, esto es, para la gente. La cuestión en que se distancian austriacos y mainstream es que aquellos solo consideran como nocivos los oligopolios que obedecen a barreras legales, mientras que estos se fijan en la estructura del mercado en un momento dado. En otras palabras, para los austriacos basta que haya libertad para competir en el mercado, y entonces no hay monopolios dañinos, mientras que los mainstream exigen que haya derecho a competir, esto es, que los rivales puedan entrar al mercado aunque sea con respiración asistida por el regulador.

Con independencia de estas reflexiones económicas, lo cierto es que los oligopolios legales SÍ perjudican a la gente, y de qué forma. Pero lo triste es que la mayor parte de los perjudicados no son conscientes de ello. En este comentario voy a contar un ejemplo real que todos los madrileños hemos sufrido. Antes de ello procede, no obstante, revisar la teoría que nos explica porque las barreras legales perjudican a la gente.

En el proceso competitivo, los emprendedores que tienen éxito obtienen una rentabilidad muy alta por sus inversiones, más alta de la normal en el mercado. Estos beneficios actúan como llamada de atención para otros emprendedores, que ven así una oportunidad de negocio imitando al empresario pionero. Como es lógico, estos emprendedores imitadores (aunque la imitación nunca es exacta) entran a competir al mercado y hacen que la rentabilidad del pionero se reduzca. Y ello sigue ocurriendo mientras la rentabilidad obtenida en esa actividad sea superior a la normal.

De esta forma, el propio proceso competitivo del mercado hace que, en algún momento, los consumidores encuentren un precio que refleje adecuadamente los recursos invertidos en el bien y no haya ganancias excesivas para nadie.

Pero, ¿qué ocurre si el proceso de imitación se bloquea? Es evidente que tal imitación solo se puede bloquear prohibiendo la entrada al mercado por métodos violentos, pues, en otro caso y por muy difícil que sea la entrada, tarde o temprano a alguien se le ocurrirá cómo hacerlo si la recompensa son sustanciosos beneficios. Es más, si a nadie se le ocurriera, lo único que significaría es que el emprendedor pionero sigue haciéndolo mejor que todos los demás, por lo que parece lógico que mantenga sus beneficios extraordinarios.

Volviendo sobre la explicación, si se prohíbe la entrada, lo que ocurrirá es que el emprendedor pionero podrá mantener de forma indefinida sus beneficios extraordinarios, pues nadie será capaz de quitárselos por imitación. Así, en el fondo, se le concede un privilegio a determinados sujetos afortunados, cual es la obtención de una rentabilidad vedada a los demás individuos.

Obsérvese que el número de agentes privilegiados es irrelevante. Lo relevante es si existen o no barreras legales a la entrada: un sector con 1000 agentes en que la entrada está prohibida resulta dañino para la sociedad (por lo explicado), mientras que un sector en monopolio no legal (esto es, porque el agente en cuestión ha demostrado hasta el momento ser el más eficiente en el suministro de un bien), no representa tal daño, porque el proceso de imitación-superación está abierto a los emprendedores con ideas y ganas, y los beneficios supranormales no son sostenibles en el tiempo.

Vista las razones teóricas del daño que nos causan las barreras legales a la entrada, vamos con el ejemplo práctico, que no es otro que el del taxi en Madrid.

Se trata de un sector que hasta hace bien poco ha disfrutado del privilegio de ser el único al que se permitía el transporte privado de personas entre puntos de la capital. Dicho privilegio se ha roto con la recienta adaptación de la Directiva europea de la liberalización de servicios. Pues bien, como cualquier persona que haya cogido un taxi a la T4 del aeropuerto de Barajas sabe, este es un servicio que venía a costar 30-35 Euros desde el centro de Madrid, casi como el precio de un vuelo low-cost, por cierto. Además, por alguna regulación (esto es, acuerdo colusorio entre los taxistas bendecido por ordenanza municipal), un taxista no puede llevar más de cuatro personas en su coche. En consecuencia, una familia numerosa que quiera usar el taxi para trasladarse a la T4 de Madrid, habría de hacer frente a dos carreras del precio antedicho.

Pues bien, tras el final del monopolio legal, nos encontramos con empresas que prestan el mismo servicio por 15-20 Euros y para siete pasajeros. El fin del monopolio supone un ahorro para una familia numerosa que se haya de trasladar a la T4 de madrugada de unos ¡50 Euros!, más del 70% del precio original.

Esto es lo que significa la existencia de barreras legales libre de polvo y paja: unos cuantos individuos forrándose a costa del resto de la sociedad. Unos cuantos individuos cobrando durante años un extra-precio de 15 Euros a cada conciudadano que haya precisado sus servicios para ir al aeropuerto de Madrid. Año tras año, robando a los demás individuos de forma insospechada, incluso para los propios beneficiarios.

Individuos robados que, además y para más escarnio, somos los encargados de pagar con nuestros impuestos a la policía que debe/debía perseguir a aquellos otros empresarios que quisieran suministrar el servicio de taxi sin contar con la oportuna licencia. No solo tenemos que pagar el servicio a un precio excesivo, si no también financiar los medios para que tal precio excesivo se pueda mantener.

Si el lector no está lo suficientemente escandalizado tras este ejemplo, busque a su alrededor, que no tardará en encontrar otros similares, que le han de causar igual o mayor escándalo si tal cabe. Parafraseando a Indiana Jones, una cruz (verde) marca el lugar.