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El Estado, la peor desgracia de la humanidad

Afirmar que el Estado, el Gobierno, cada uno de los políticos, burócratas y funcionarios son la peor calamidad del hombre libre puede parecer exagerado y atrevido. ¿Es que no es peor el terrorismo internacional, los tsunamis, terremotos o el hambre en el mundo?

En la tradición libertaria siempre se ha asociado el Estado con una organización criminal que ha negado de una forma u otra la libertad al hombre. El liberal no hace excepciones y juzga a todos por igual. Los males necesarios son una contradicción. Si el crimen es perjudicial para la propia existencia del hombre, en ninguna circunstancia se puede permitir. Da igual que el criminal sea un vulgar ratero, la mafia o el Estado. Para el liberal, la privación por medio de la fuerza de la propiedad privada a otro hombre, es robo. No es menos criminal el carterista que nos usurpa nuestro dinero mediante el hurto, que el Estado con la extorsión de los impuestos. Para el liberal, es tiranía prohibir o regular los estilos de vida de las personas, da igual que se produzca en un régimen abiertamente totalitario o en democracia. Ningún sistema político es un fin, sino un medio y si éste niega cualquier grado de libertad no criminal al individuo, ha de ser combatido hasta que perezca.

Las grandes desgracias globales que nos asolan, las podemos separar en: factores humanos contra el hombre y factores naturales contra éste. Tales amenazas sólo son factores puntuales que, aún causando mucho dolor o pérdidas materiales (como los terremotos, grandes inundaciones, sequías, etc.), pueden ser resarcidos mediante el esfuerzo y cooperación de la comunidad y mercado. Tal cooperación además, no crea pérdidas netas en otros miembros. Ni mercado ni voluntarios sociales roban a unos como hace el Estado para dárselo a otros.

Sólo hay una excepción. Tal alteración se produce cuando el mal, no entendido en su vertiente moral sino ética, se legitima a él mismo perpetuándose en el tiempo. Entonces, la calamidad del hombre es constante. Sólo el imperio de la ley puede hacer que la justicia pierda su último fin llegando a contradecirse continuamente: el criminal se convierte en el que vela por nuestra seguridad física. El ladrón pasa a ser el que nos proporciona el bienestar material y el predicador y el tirano se convierten en los garantes de nuestra libertad.

El Estado nos promete seguridad, bienestar material y libertad, pero a la vez es el causante de innumerables muertes diarias en todo el mundo con sus guerras contra el terrorismo y sus tropas de pacificación. Nuestros supuestos defensores, la policía, se convierten en agresora fiscalizando a la gente honrada, multando al ciudadano por hechos no criminales, con inspecciones, registros y violando los estilos de vida de las personas. Es la hacienda pública, el supuesto encargado de distribuir la riqueza, el mayor ladrón nacional de cualquier país. Son los políticos y tecnócratas los principales asesinos de nuestras ambiciones y libertad con excusas técnicas y circunstanciales. Sus leyes de igualdad, salud, ecología, bienestar y socialistas no nos garantizan libertad individual alguna, sino que la destruyen.

El daño no sólo es inmenso, sino diario, continuo y creciente. Así como la cooperación voluntaria de la comunidad y mercado nos ayudan a luchar contra los desastres naturales y el crimen de los antisociales, nada nos puede hacer detener el gran monopolio de la violencia: el Estado, la peor calamidad del hombre que jamás ha existido. Sólo cuando la gente entienda la realidad que significa el Estado, las cosas podrán cambiar y entonces afirmaremos que los desastres puntuales, son las peores amenazas del hombre libre.