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El falso indígena y su propaganda internacional

Bolivia es un país que en la política internacional, tradicionalmente, ha tenido muy poca relevancia e influencia y, por tanto, las instituciones y Gobiernos internacionales solían prestar muy poca atención a lo que acontecía internamente.

Evo Morales se convirtió en un referente que cambió ese paradigma y los intereses políticos internacionales, por afinidad ideológica y económica en algunos casos, viraron en favor del “primer presidente indígena” en la historia de país, sometido a tantos años de dictaduras y Gobiernos neoliberales que lo único que hicieron fue desplazar a los sectores menos favorecidos y enriquecer a una oligarquía que no hacía más que crecer a costa de una inmensa mayoría de clase indígena.

Este argumento se extendió rápidamente y diversos países, incluido España, saludaron con beneplácito el liderazgo que Evo había trabajado durante muchos años desde su sede sindical-cocalera[1], y que se concretó el año 2006 cuando asumió la presidencia del Estado. Argumento que sirvió, además, de pretexto para posicionar al caudillo en una trama ficticia y compleja construida desde una base social con profundas contradicciones. Contrario a lo que se conoce, el Gobierno de Morales se caracterizó por el prebendalismo y el chantaje, vicios inherentes del sindicalismo boliviano, nunca fue un Gobierno de y para los indígenas. Al contrario, fue la continuación de un modelo político desgastado, pero que pudo sobrevivir gracias a la bonanza económica de los años en los que el precio del barril del petróleo se disparó. Pese a haber sido catalogado como el primer presidente indígena, Evo priorizó la consolidación de su proyecto político que consistía en la perpetuación en el poder y en la hegemonía política.

Evo es, en palabras de Vargas Llosa, un “mestizo cultural” más, como la inmensa mayoría de los ciudadanos de América Latina, no domina ninguna de las lenguas indígenas reconocidas en la Constitución boliviana y su anhelo siempre fue, como es natural, aspirar a la clase media dominante, que en ningún caso se debe confundir con la burguesía o la oligarquía, conceptos que algunos trasnochados intentan cernir con el fin de sembrar división y polarización.

En ese sentido, en relación a los últimos acontecimientos que han dado lugar a la renuncia y posterior huida de Evo, diversos políticos, periodistas y académicos a nivel internacional se han posicionado en favor del expresidente de Bolivia y han manifestado su desacuerdo con el papel que ha desempeñado el Ejército y han observado la movilización ciudadanía como una prueba de la presencia de intereses extranjeros afines al imperialismo norteamericano. Hasta ahí llega su análisis.

Lo cierto es que Morales y su equipo han puesto en marcha un aparato propagandístico capaz de generar un mensaje que les favorezca. La izquierda internacional, que no es capaz de reinventarse en el marco del respeto a los valores democráticos y mirar con ojo crítico las constantes vulneraciones a los derechos humanos que suceden en aquellos países donde el socialismo del siglo XXI ha logrado instaurarse, se ha posicionado a favor de un expresidente que capturó todas las instituciones públicas, soslayó la división de poderes, persiguió a la oposición política, corrompió el Tribunal Constitucional, permitió el crecimiento indiscriminado del narcotráfico, es autor de casos de corrupción escandalosos e intentó perpetuarse indefinidamente en el poder.

Si bien me remito a los hechos acaecidos en Bolivia, todas o algunas de estas características pueden ser fácilmente trasladadas al Ecuador de Correa, a la Venezuela de Maduro o a la Nicaragua de Daniel Ortega, entre otros ejemplos que el lector conocerá.

La diplomacia oportunista o remunerada ha sido capaz de establecer con desvergüenza que en Bolivia hubo un golpe de Estado. Nada más lejos de la realidad. No solo hablamos de Pablo Iglesias, Juan Carlos Monedero, Rodríguez Zapatero, Nicolás Maduro o Cristina Fernández, aliados de larga data del autoritario, sino de medios de comunicación, periodistas y organismos internacionales cuyo papel, paradójicamente, es el de velar por el respeto de los derechos humanos y el fortalecimiento de la democracia. Precisamente, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, en su comunicado de 19 de noviembre, establece una visión sesgada de los acontecimientos al hablar de “represión social” y “persecución de periodistas y medios de comunicación”. Al contrario, la persecución, represión e intimidación a periodistas y disidentes en general se daban en el período de gobierno de Morales, durante el cual, la CIDH no emitió ningún pronunciamiento al respecto.

La diplomacia oportunista juega un papel relevante en la exposición de las causas y consecuencias de la salida de Morales del poder. Sin embargo, lo realmente determinante se establece en la relación de acontecimientos, impulsados por la ciudadanía de forma pacífica, que han dado lugar al actual periodo de transición.

A pesar de todo, los bolivianos han sabido encontrar el camino para acabar con 14 años de autoritarismo, percusión y despilfarro. La hoja de ruta hoy se centra en la convocatoria a elecciones libres, transparentes y plurales, donde los partidos políticos puedan concurrir con propuestas reales y se preserven los valores democráticos durante todo el proceso, hasta recuperar y consolidar las instituciones hoy perdidas. El periodo de transición no concluirá con la convocatoria a elecciones, sino que se extenderá por un tiempo difícil de predecir en esta instancia. Se trata de consolidar un modelo de país donde verdaderamente concurran todos los sectores sociales y el debate de ideas se resuelva en base a los valores de la tradición republicana que se han dejado de lado por tanto tiempo.

[1] Que se dedica al cultivo de la hoja coca.