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¿El fin de la evolución biológica?

Desde hace un tiempo, y tras resistir mucho a la insistencia de uno de los miembros fundadores de este Instituto, estoy dedicándome con cierta intensidad a la lectura de tratados relacionados con la teoría de la evolución. He de anticipar que estoy sorprendido por la inesperada cantidad de puntos de conexión que observo entre dicha teoría y la económica cuando ésta se basa en la praxeología. Seguramente dedique algunos comentarios futuros a dichos tópicos.

Por el momento me limitaré a una reflexión que surge cuando se extrapola el funcionamiento del algoritmo de la evolución a una situación de libre mercado que permite la creación exponencial de riqueza, como la que estamos viviendo (con bastante atenuación sobre lo que podría ser) en la actualidad.

Para ello, hay que fijarse en lo que algunos biólogos llaman el “crunch maltusiano” y que tan importante papel juega en la evolución de las especies. La idea es la siguiente: en principio, todas las variaciones que surjan de cada individuo de cada especie (y que sean física y biológicamente viables, claro) tenderán a sobrevivir. Sin embargo, habida cuenta de que los recursos a disposición de dichos individuos son limitados, en algún momento su proliferación hará que no haya recursos disponibles para la supervivencia de todos ellos.

En ese momento, se produce el fenómeno antes aludido: no todos los individuos pueden sobrevivir, y solo lo hacen aquellos que están mejor adaptados al medio. De esta forma, se produce una selección natural. Si a ello se une que los descendientes de los supervivientes heredan ciertas características de estos, queda explicada la visión algorítmica de la evolución:

  1. Generación aleatoria (hasta cierto punto) de individuos descendientes de las especies existentes.
  2. Llegada al inevitable “crunch maltusiano”.
  3. Supervivencia de los individuos mejor adaptados, esto es, más eficientes en el medio concreto.
  4. Vuelta a empezar, pero tomando como punto de partida un conjunto de individuos mejor adaptados.

Es claro a partir del algoritmo anterior que, sin “crunch maltusiano” no habría selección de especies/individuos. Y no se olvide que la causa de dicho crunch es la inexistencia de recursos suficientes para la supervivencia de todos los individuos.

Con el tiempo, la aplicación del algoritmo evolutivo ha llevado a la aparición de una especie, el ser humano, que tiene una capacidad hasta ahora desconocida en la naturaleza: la de multiplicar los recursos a su disposición gracias al control de los procesos físicos, químicos y biológicos mediante distintas tecnologías.

Para esta, nuestra especie, ¿tiene sentido el “crunch maltusiano”? No lo parece, al menos en los términos estrictos de supervivencia. La capacidad generadora de recursos de la especie humana ha superado con creces las necesidades de miles de millones de individuos, y es posible que esta capacidad multiplicadora carezca de límites. Por tanto, la posibilidad de que un “crunch maltusiano” afecte a la especie humana es descartable[1], al menos en aquellos grupos que se organizan con cierto grado de libertad.

Es más, en presencia de libertad, ni siquiera un eventual agotamiento de recursos en el planeta Tierra tendría por qué ser un problema para la supervivencia de los hombres, puesto que los mecanismos del libre mercado llevarían el precio de los recursos hasta niveles en los que sería rentable la exploración espacial, posiblemente creando nuevos ciclos de abaratamiento de recursos.

Entonces, si la especie humana no está sometida al “crunch maltusiano”, ¿puede producirse evolución biológica en la especie humana? Las variaciones en los individuos de sucesivas generaciones van a poder sobrevivir, todas ellas lo harán (incluso, aunque no sean biológicamente viables si la tecnología lo posibilita). Ello implica que no habrá selección natural ni necesidad de adaptarse al medio en sentido evolucionista.

Es más, se puede predicar lo mismo para las restantes especies sobre el planeta. En la medida en que una de las especies es capaz de generar recursos superiores a los necesarios para su supervivencia, también estará en sus manos decidir cuáles de las otras especies se verán sometidas al “crunch maltusiano”, simplemente mediante la canalización de recursos para su mantenimiento. Solo aquellas especies “descartadas” por el ser humano se someterían a los rigores de dicho “crunch”. Yendo más allá, se puede decir que tenderán a sobrevivir solo aquellas especies que prueben su utilidad para el ser humano, de la forma que sea, quizá precisamente mediante adaptaciones evolutivas.

Así pues, el libre mercado podría suponer el fin de la evolución biológica del ser humano… siempre que se mantuviera durante los larguísimos periodos, millones de años, que dicho proceso requiere. Si entretanto el régimen de libertad, aunque sea mínima, desaparece o algún otro tipo de catástrofe ocurre, tendremos que enfrentarnos a un nuevo “crunch” y sus consecuencias para la evolución.

Por otro lado, en plazos más cortos, la evolución podría producirse a consecuencia de avances tecnológicos como la ingeniería genética. Pero sobre eso no puedo hablar hasta no tener más lecturas.


[1] Por supuesto, siempre puede haber catástrofes impredecibles con los mismos efectos que un “crunch maltusiano”, pero no es este tipo de crunch excepcional el que explica la evolución.

Agradecimientos a Antonio Gimeno sin quien este comentario no habría sido posible, tanto por sus recomendaciones de lecturas sobre el tema como por su paciencia para leerse y discutirlo antes de atreverme a publicarlo.