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El gran nivelador: los cuatro jinetes del igualitarismo

“Cuidado con lo que deseas”, escribe el historiador económico vienés Walter Scheidel: “Todos aquellos que valoramos una mayor igualdad económica haríamos bien en recordar que siempre ha venido acompañada de tristeza”. Ésta es la conclusión a la que llega en su último libro, El gran nivelador, una inmensa investigación sobre la evolución de la desigualdad desde la Edad de Piedra hasta nuestros días.  

Scheidel parte de la premisa de que la igualdad económica es un fin en sí mismo: la desigualdad es algo que cualquier sociedad debería combatir y reducir en la medida de lo posible. Sin embargo, su planteamiento difiere del de la gran mayoría de economistas e intelectuales que en los últimos tiempos se han animado a escribir sobre la desigualdad material. Éstos, empezando por fenómenos editoriales como Thomas Piketty, Joseph Stiglitz o Paul Krugman, se limitan a alertar de que la desigualdad lleva aumentando varias décadas y a asegurar que la única forma de solucionar todos nuestros problemas es sencilla: sólo hay que otorgar más poder a la élite política y maximizar la recaudación tributaria mediante altos impuestos para toda la población.

Scheidel da un paso atrás e intenta analizar el fenómeno de la desigualdad con mayor perspectiva y humildad intelectual. Empieza llevando a cabo un extenso repaso de la evolución de la desigualdad a lo largo de la Historia. Scheidel muestra que desde que el ser humano dejó de vivir en bandas de cazadores-recolectores, durante la inmensa mayoría de la Historia la desigualdad ha permanecido alta y estable. Los principales mecanismos que generan esta tendencia, según el autor, son dos: por un lado, instituciones políticas extractivas como los estados, las jefaturas o los imperios, que de manera continuada redistribuyen recursos de las grandes masas hacia una élite política; y por otro lado la innovación tecnológica y el desarrollo económico continuado, que genera casos de éxito empresarial (tanto de manera justa como mediante privilegios políticos) que pueden llegar a acumular enormes fortunas.

Sin embargo, en lo que más se detiene el autor es en estudiar aquellas épocas en las que se produjeron caídas relevantes del nivel de desigualdad. Su investigación le lleva a preguntarse cuáles fueron las causas de dichos episodios de igualación de rentas o riqueza. Walter Scheidel llega a la conclusión de que a lo largo de la Historia sólo ha habido cuatro grandes causas capaces de reducir de manera apreciable la desigualdad material: los denomina los cuatro jinetes del igualitarismo.

El primer jinete de la igualación es la guerra de movilización de masas. Este tipo de “guerras totales” fueron infrecuentes antes del siglo XIX, pero desde entonces los episodios bélicos se han mostrado mucho más capaces de movilizar a toda la sociedad y transformarla por completo. Señala Scheidel los motivos por los que la “guerra total” tiende a hundir el nivel de desigualdad: a la pérdida de vidas humanas se añade una tremenda destrucción de capital físico; instaura de facto la planificación central por parte del Estado, que reorganiza forzosamente y a gran escala los recursos y aniquila la estructura de producción existente; provoca la destrucción del valor del capital y de sus frutos; se eliminan las rentas altas mediante impuestos confiscatorios cercanos al 100%; las primas salariales por alta cualificación se desploman; y la inflación acaba con el cálculo económico y distorsiona por completo la estructura de producción. Los casos paradigmáticos de este tipo de guerras totales son las dos guerras mundiales, con casos extremos de igualación como el de Japón. El autor examina en detalle la evolución de la desigualdad en todos los países que intervinieron en las guerras mundiales y halla una brutal caída de la misma en todos ellos: por ello a la época entre 1914 y 1945 la denomina la Gran Compresión.

El segundo jinete contra la desigualdad es la revolución transformadora: son aquellas revoluciones violentas que provocan un cambio completo del régimen político y económico, arrasando con el anterior. El paradigma de este tipo de revoluciones son las comunistas del siglo XX. El autor estudia en detalle los casos de la Unión Soviética, la China de Mao, Vietnam o Camboya, y encuentra en todos los casos un severo proceso de igualación. La implantación y preservación del comunismo, señala el autor, fue siempre un sangriento y destructivo proceso por el que más de 100 millones fueron asesinadas y que además tuvo un impacto sobre la estructura económica y social similar al de una “guerra total”: expropiaciones masivas; absoluta toma de control por parte de la élite revolucionaria de la producción mediante un sistema de planificación centralizada y de trabajos forzosos; destrucción masiva de capital y del sistema de producción; y desaparición de las primas salariales por trabajo cualificado o de beneficios empresariales. Los casos revolucionarios de este calibre previos al siglo XX, según halla el autor, son muy escasos: el nivel de violencia y transformación necesario para provocar una igualación apreciable es tan alta que sólo la Revolución francesa se puede acercar, y lo hace a un nivel muy inferior, a las vividas durante los últimos 100 años.

Si los dos primeros jinetes son más propios de los dos últimos siglos, los dos siguientes fueron mucho más frecuentes en el mundo premoderno. El tercer jinete del igualitarismo es el colapso de los estados y de sistemas de convivencia. El autor estudia colapsos como los del Imperio Romano de Occidente, la China bajo la dinastía Tang, la civilización maya o la Grecia micénica. Si la estabilidad institucional a lo largo de periodos prolongados de tiempo tiende a producir una desigualdad relativamente alta y estable (por el desarrollo tecnológico y económico y la paulatina extracción de recursos de la élite política), el derrumbamiento de las instituciones tiende a revertir, a menudo violentamente, este proceso. El autor señala que tras el colapso de sistemas como los antes mencionados se tendía a producir la práctica desaparición de las élites políticas y económicas, en un contexto de empobrecimiento generalizado de la población.

Por último, el cuarto jinete del apocalipsis igualitario son las pandemias catastróficas. Scheidel estudia pormenorizadamente grandes pandemias como la Plaga de Justiniano (siglos VI-VIII), la Peste Negra (siglos XIV-XV) o las devastadoras infecciones traídas por los conquistadores al Nuevo Mundo (siglos XVI-XVII). Esta clase de pandemias fueron realmente devastadoras: por ejemplo, durante la Peste Negra murió más de una cuarta parte de la población europea, llegando en algunas regiones a un tercio e incluso, en casos como los de Inglaterra o Gales, hasta casi la mitad de la población. La consecuencia económica de la desaparición de porcentajes tan amplios de la población fue que la mano de obra se volvió mucho más escasa, en comparación con la situación anterior, que factores como la tierra y el capital. Para los países en los que la población disfrutaba de una mínima movilidad económica, según detalla el autor, fue un aumento en términos relativos de las rentas del trabajo frente a las rentas de la tierra y el capital. Pese a que la producción agregada se desplomó por la falta de mano de obra, el impacto fue más severo para las élites económicas y políticas.

Walter Scheidel estudia otras posibles causas de igualación, como las hambrunas, las crisis financieras, las reformas agrarias pacíficas, la democracia, la sindicalización o el efecto del desarrollo económico prolongado. La conclusión a la que llega es que sus efectos, o bien son imperceptibles o no son sistemáticos. El historiador económico austriaco, por supuesto, no cierra la puerta a que el futuro pueda traer otros fenómenos igualadores diferentes, nunca experimentados en la Historia. Pero se muestra muy escéptico de que, en todo caso, no compartan los dos grandes rasgos que sí exhiben los cuatro jinetes de la igualación: empobrecimiento generalizado y altas dosis de violencia.

Y es que el “Gran Nivelador” al que se refiere el título de la obra no es otra cosa que la violencia. La conclusión puede parecer realmente deprimente para igualitaristas como el autor, que consideran la igualdad de rentas o riqueza un fin social prioritario. Sin embargo, quienes consideramos que lo relevante no es la diferencia estadística de rentas ni el nivel comparativo de riqueza de quienes más tienen, sino el bienestar y el progreso generalizado de la población en todas sus capas sociales, vislumbramos un futuro mucho menos tenebroso. Al fin y al cabo, las recetas para el bienestar y el progreso generalizado son las diametralmente opuestas a las del “Gran Nivelador”: la no violencia, la paz y la libertad.