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El ‘green old deal’

La demócrata Alexandria Ocasio-Cortez, congresista estrella en los Estados Unidos, ha propuesto un nuevo pacto verde, un green new deal, un paquete de medidas legislativas que pretende, en última instancia, abordar la amenaza del cambio climático a través de la política. Para ello, y como no podría ser de otra manera, apuesta por las energías renovables frente a las del carbón o de cualquier otra forma de energía, de una manera que transformaría social y políticamente los Estados Unidos, pero también afectaría a la regulación del sistema financiero internacional, los sistemas impositivos, la responsabilidad de las compañías transnacionales o el papel del Estado en los incentivos y el empleo a través del gasto público. En definitiva, nada nuevo bajo el sol, realmente un green old deal. En el fondo, nada distinto de lo que no hayamos tenido, por ejemplo, en España, bajo los auspicios y la dirección de José Luis Rodríguez Zapatero, Mariano Rajoy, o incluso José María Aznar; nada distinto, pero quizá sí más potente.

En el diario El Economista, el profesor Jean Pisani-Ferry, del Instituto Universitario Europeo y del think tank Bruegel, ha analizado someramente[1] esta nueva iniciativa del nuevo (viejo) socialismo y destaca que, a diferencia de la antiguas planificaciones económicas, basadas en la posición de un precio del CO2, dejando el resto a la iniciativa privada, el green new deal abarcaría otras dimensiones sociales y esto sería tan revolucionario como la llegada de la industrialización, convirtiendo el proceso en una misión colectiva que implique a todos.

Pisani-Ferry menciona que el green new deal iría más allá del método preferido por los economistas (entiendo que por los economistas intervencionistas), que es la imposición de unos precios elevados al CO2 producido, de forma que favorezcan, en teoría, la caída de la producción del gas y la obsolescencia de ciertas tecnologías, y que ya se ha demostrado con la experiencia que es falso. En el caso de la reducción del CO2, solo es válido para aquellos países que por presión internacional están más obligados a ello, generalmente los occidentales, que tienen una economía lo suficientemente potente como para permitírselo, dejando que el resto pueda seguir generando CO2 a unos niveles más amplios y poco respetuosos con el medio.

En el caso de las tecnologías, no todos tienen acceso a nuevas que favorezcan la descarbonización de la economía, o si lo tienen, no es extraño que sean demasiado caras o que sus eficiencias no estén todavía contrastadas[2]. Por otra parte, las ayudas institucionales y públicas a estas tecnologías solo han conseguido que sean eficientes financieramente, pero mediocres o incluso inútiles técnicamente. Hay que dejar que se desarrollen las tecnologías. En el caso de España, la energía que se obtiene del carbón, el gas o el fuel sigue siendo especialmente importante, ya que no ha encontrado un sustituto adecuado, pese al evidente desarrollo de las renovables, en especial la eólica. En cuanto a los costes del CO2 y cualquier otro coste que se ha generado en este proceso, han terminado repercutiendo en los precios finales que se cobran a los usuarios, por mucho que Gobiernos o empresas se hayan empeñado en negarlo o en maquillarlo con la excusa medioambiental[3].

El green new deal pretende, no solo favorecer un precio del CO2 elevado y una política de incentivos públicos de diferente naturaleza, sino que toda la sociedad se implique. A falta de detalles más precisos, debemos entender que el intervencionismo será mucho mayor de lo que ya es en prácticamente toda la actividad económica, aunque solo sea por el sesgo medioambiental que se suele dar a todo, y que el pensamiento que sostiene el nuevo plan será hegemónico en los medios de comunicación, públicos y privados, y sobre todo, en el sistema educativo, desde primaria a la universidad, con lo que la política de becas, ayudas, subvenciones, etc. se orientará exclusivamente hacia ello.

Ya que también tiene una deriva internacional, el green new deal tendrá una alta probabilidad de chocar con las políticas de otros países, lo que generará nuevos conflictos o avivará los que ya existen. Hay que recordar que China y Estados Unidos tienen una especie de guerra fría económica que nos sorprende con frecuencia con titulares de lo más llamativos, dado que ambos son de los países que más CO2 están produciendo[4]. La relación de Estados Unidos y la UE es de un antagonismo amistoso, en especial en lo medioambiental, donde damos lecciones éticas, pero luego, a la hora de la verdad, no tenemos una posición tan limpia como pedimos a otros.

Alexandria Ocasio-Cortez, joven e impulsiva, una representante perfecta del nuevo populismo, ha descubierto el viejo socialismo, lo ha adaptado a los nuevos tiempos y se lo ha vendido a los nuevos jóvenes y no tan jóvenes, que quizá no han leído o entendido lo que supone este viejo intervencionismo. Dicen que la historia se repite cuando los ciudadanos no aprenden. No es cierto, los ciudadanos aprenden y cambian, no todos, pero sí una mayoría. Lo que pasa es que los nuevos, los que están creciendo, pero no han experimentado lo de sus padres, tienden a no creerse a sus antepasados, con lo que las nuevas generaciones acostumbran a repetir los mismos o similares errores con las mismas o similares consecuencias[5]. Y en este punto, la congresista Alexandria es una maestra muy joven en lo de caer en los mismos errores que sus antepasados.

[1] “El Verdadero coste de la transición energética”. Jean Pisani-Ferry. El Economista, 16/03/2019.

[2] No es extraño que los países en vías de desarrollo tengan redes de distribución inadecuadas para estas nuevas tecnologías. Generalmente, las de los países desarrollados son mucho más densas y complejas, mejor gestionadas y más adaptables a las novedades.

[3] Para aquellos que niegan este hecho, bastaría con recordar la polémica que se generó a finales del pasado año sobre el impacto del precio de los derechos de emisión de CO2 en el precio que pagábamos los consumidores.

[4] Estados Unidos es una economía bastante eficiente, pero dado su volumen, la producción total de CO2 es enorme. China es poco eficiente y eso le lleva a ser una de las que más producen.

[5] Habiendo visto, y afortunadamente no padecido directamente, el horror del terrorismo de la ETA, me cuesta entender a jovenzuelos que en las redes sociales se ríen, justifican o incluso niegan lo que hizo la banda terrorista. Supongo que algo similar debieron de pensar mis padres cuando me explicaban los horrores de la Guerra Civil y la posguerra en Madrid. Yo no entendía lo que habían vivido, aunque racionalmente lo pudiera comprender, pero la experiencia sobre ello me era ajena. Supongo que Alexandria es una privilegiada, aunque ella no lo haya visto así, por no haber nacido en un país donde la pobreza es la consecuencia lógica de la política. Será por ello por lo que se lanza con alegría a cambiar la sociedad a su imagen y semejanza.