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El impuesto contra la pobreza

Hace unos años la asociación neocomunista ATTAC comenzó a defender un impuesto sobre la especulación para dedicarlo a la ayuda al tercer mundo. En los últimos días, nos hemos enterado de que la Unión Europea se plantea implantar un impuesto sobre los billetes de avión para destinarlo a la lucha contra la pobreza en los países en vías de desarrollo.

Ante esta propuesta, algunas compañías aéreas ya han mostrado su preocupación. Easyjet ha comentado que le es insostenible la imposición de un gravamen sobre los vuelos nacionales que no hacen escala en ningún país en vías de desarrollo. Por su parte, la compañía irlandesa Ryanair ha considerado que perjudica principalmente a los consumidores.

Aunque cabe aceptar (pero nunca justificar) los impuestos en la medida en que se destinan al gasto estatal en infraestructuras o policía, lo que no resulta admisible es defender las transferencias de dinero de los más pobres de los países ricos a los más ricos de los países pobres.

Al mismo tiempo, hay que recordar que el impuesto que planean los eurócratas no sólo perjudica al consumidor, a quien le hacen pagar más por unos servicios que hasta la introducción del gravamen costaban menos sino que también tendrá repercusiones en los ingresos que obtienen las compañías aéreas. Es más que probable que la guerra de precios sólo beneficie a las grandes compañías que tendrán que “luchar” menos contra compañías que ofrecen vuelos extremadamente baratos. El resultado puede ser que las empresas pequeñas desaparezcan o que se vean obligadas a reducir el número de trabajadores en nómina.

Junto con estos efectos, cabe considerar el efecto sustitución. Habrá más de un consumidor que opte por medios de transporte más baratos ante el incremento de precios de los vuelos.

La siguiente pregunta que cabe hacerse es por qué nos quieren ofrecen un impuesto que de carácter coactivo como el mayor ejemplo de solidaridad. ¿Acaso puede ser solidario una acción en la que media la violencia? No, por supuesto. Luego, en ningún caso, cabe llamar “solidaria” a una propuesta que se impone por la fuerza. Si hay algo virtuoso, es la generosidad que demuestran las personas cuando deciden, por los motivos que sean, ayudar a un tercero. Por eso, resulta un tanto extraño que las ONGs no califiquen esta propuesta de “intrusismo profesional”.

Detrás de tanta polvareda “solidaria”, aparece el espíritu vampírico del burócrata profesional. Donde la gente ve sacrificio, esfuerzo y, en suma, espíritu emprendedor, el político sólo ve un maná de dinero que hay que agotar sea como sea. En esta ocasión, la víctima es el sector del transporte aéreo. La próxima, no lo sabe ni el Señor. Al paso que vamos, como recordaban los Beatles en “The Taxman”, el Estado acabará gravando el suelo que pisamos para que nos cueste aún más caminar.