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El liberalismo es de ignorantes

Friedrich A. Hayek dedicó sus últimas décadas de investigación a describir todo lo que estaba entre el instinto y la razón, que son las palabras con las que da título al primer capítulo de su última gran obra. Y se refiere con ello a toda la obra humana que no es, efectivamente, emanación de nuestra naturaleza más animal ni está concebido previamente por nuestra capacidad de razonar e imaginar, sino que es, simplemente, lo que hacemos, aprendemos y transmitimos en sociedad, y a lo largo del tiempo. Ese espacio es la inmensa mayoría del ámbito del quehacer humano.

En una interesante reunión entre amigos de la libertad, Walter Castro, profesor de Economía de la Universidad Católica Argentina, comenzaba por señalar la importancia de este ámbito, el de la interacción humana, donde instinto y razón tienen un papel, pero no es predominante. Y lo relacionó, no es el primero en hacerlo, con la clasificación en tres mundos que hace el filósofo Karl Popper. No hay una correspondencia entre ambas clasificaciones, ya que el primer mundo de Popper es el de los objetos, el segundo el de las experiencias e interacciones humanas, nuestros anhelos, y el conocimiento personal, práctico. El tercer mundo es el del conocimiento abstracto, formal, depurado por la búsqueda de la verdad y por el contraste entre idas y de éstas con lo que acaece.

Desde estas alturas se descolgaba Walter Castro para plantearse por qué el liberalismo, pese a tener una capacidad superior para explicarse los fenómenos sociales y, sobre todo, ser éticamente superior a cualquier otra forma de entender la vida en común, no conforma generalizadamente el modo de pensar de la gente. ¿Cuál es el papel de la introducción de los tres mundos de Popper y las tres fuentes de conocimiento de Hayek en este problema? Castro plantea la cuestión de modo irreprochable, aunque reconoce no contar con una respuesta satisfactoria. La filosofía, con todo, pasa más por plantear cuestiones que por responderlas, y lo que plantea el autor aquí es que los liberales se mueven bien en el mundo tres, en el mundo de la razón, pero la clave es trasladar esas ideas al mundo dos. ¿Qué quiere ello decir? Que valores como el respeto a la vida y la propiedad de los demás estén tan asumidos que formen parte de lo que entendemos por justicia, incluso sin la necesidad de plantearnos por qué. Que forme parte de nuestra visión del hombre y de la sociedad que todos somos distintos, llevamos una vida diferente, pero no por ello somos más unos que otros, y que el poder que tenemos sobre el resto viene del consenso y el convencimiento, y no de la violencia. Es decir, y por resumirlo todo, que las ideas se conviertan en valores, en comportamiento, en las bases del comportamiento.

Ese es el objetivo. ¿Cuál es la vía para lograrlo? Castro repasa, con toneladas de escepticismo, algunas soluciones que se han dado. Por ejemplo, esa idea de que un líder político inicia una reforma que maravilla a todos y lleva al país por el camino del liberalismo no le convence. La educación, un tema favorito, tampoco le parece muy a propósito, y pone el ejemplo de su país. La Argentina que admiró al mundo por su prosperidad es la de los nativos e inmigrantes que se deslomaban a trabajar e iban forjando su propio futuro. El liberalismo, decía en este contexto con ánimo de provocar, es cosa de ignorantes. Lo decía en el sentido de que es la adquisición de esos valores del respeto de los demás y el aprecio por una vida forjada por uno mismo los que convierten a una persona en liberal. La educación, en Argentina, llegó después. Y Juan Domingo Perón, después de la educación.

Lo cierto es que el problema planteado por Walter Castro no tiene solución política. Carlos Rodríguez Braun le inquiría: “Si, como decía Adam Ferguson, tropezamos con las instituciones, ¿qué margen queda para que impongamos ese proceso, si estamos de acuerdo en las limitaciones que tienen los esquemas políticos?”. El propio Castro señalaba que era un “desvarío” esa pretensión de algunos liberales de exponer un modelo social con argumentos de mayor efectividad.

Es el propio proceso social, por medio de la imitación, la ejemplaridad, los usos que demuestran ser más útiles, la propia extensión de la población, como sugería Hayek, la que debe contribuir a que esos valores se extiendan, pero el resultado del proceso social es complejo e incierto.

Sí hay valores que podemos contribuir a extender, sugiere el autor. No hemos sabido transmitir que la vida que merece la pena vivir es la de la realización propia, ni que no debe haber privilegios. Lo mismo cabría decir del hecho, evidente a ojos de cualquiera, de que hay una explotación del común de la gente, con el Estado como instrumento y beneficiario.