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El miedo al cambio

La conversión de los ordenamientos económicos actualmente vigentes en casi todos los países, basados en una asfixiante regimentación estatal, en un sistema genuino de mercado, es extremadamente difícil por una multiplicidad de motivos, todos los cuales, en última instancia, se resumen en el hecho de que la amplia mayoría de las personas no están dispuestas a dar el paso de salir de la economía dirigida para incursionar en un marco de libertad. La pregunta que resulta pertinente hacernos es por qué tanta gente se niega a aprovechar los beneficios que de un orden económico basado en la libertad se pueden obtener. Hay una propensión en los círculos liberales a suponer que la economía de mercado no se aplica por la perversidad de un conjunto de dirigentes políticos que se benefician del estatismo. Sin perjuicio de que tales conductas efectivamente existen, lo cierto es que ese es un efecto, pero no la causa final del problema.

La razón por la cual mucha gente es reticente a validar el tránsito de una economía regimentada a una economía libre es la incertidumbre que el cambio trae aparejada. Este es un sentimiento entendible, aunque a quienes tenemos superado el problema pueda parecernos una trivialidad. Es necesario admitir que a veces las orientaciones políticas están determinadas por factores que puedan exceder la mera exactitud técnica. El estatismo es un mal modelo económico, pero ofrece, siquiera ilusoriamente, la promesa de cierta seguridad que un orden basado en criterios de mercado no incluye. Por supuesto que se trata de un espejismo. Pero mientras el espejismo es visto como la imagen de un fenómeno real, no se lo considera espejismo, sino un reflejo de un hecho verdadero. Por lo tanto, es coherente que se crea en él.

Ese sentimiento de temor al abandono del estatismo para pasar a un orden basado en criterios de mercado, forma parte de las circunstancias con las cuales los liberales debemos lidiar. Se trata, por cierto, de un miedo irracional, pero no por eso menos real. El mercado, evidentemente, no ofrece seguridades. Si el bien a cuya producción el sustento de un individuo está ligado, pierde el favor de los consumidores, esa persona verá deprimidos sus ingresos, una circunstancia que es humanamente comprensible que produzca temor. Frente a esa hipótesis, surge el intervencionismo del estado como solución ilusoria -como espejismo- que pretende ofrecer seguridades. Tanto el abordaje teórico como la experiencia empírica demuestran que tales protecciones son meramente imaginarias porque los costos que imponen en otras regiones del tejido económico producen efectos largamente más contraproducentes que el beneficio extraído del intervencionismo estatal (y esto en el campo meramente práctico, sin tener en cuenta la nada desdeñable cuestión de la vulneración ética involucrada en toda política redistributiva). Pero la mente humana es propensa a aferrarse a la fantasía de que el estado le brindará esa seguridad que teme perder. Por eso existe tanta reticencia a prestarle adhesión a la vigencia de la economía de mercado.

El punto que merecería un análisis en el ámbito interno del liberalismo es de qué modo abordar este problema. No podemos decir que el mercado ofrece garantías de éxito a todos, porque eso no es cierto. El mercado es competitivo y es usual que haya proyectos que no resulten exitosos. La posibilidad del fracaso también forma parte de las realidades del mercado. Sí nos cabe afirmar que las seguridades que el intervencionismo pretende ofrecer son insostenibles y que la operatoria de los individuos en el marco del mercado ofrece amplias oportunidades de que cada uno encuentre su lugar y la posibilidad de ganarse la vida dignamente por medio de su trabajo, y de progresar a lo largo del tiempo, en tanto el sujeto en cuestión despliegue sus aptitudes, persevere en el esfuerzo y se preocupe por capacitarse en el campo donde se desempeñe. Se trata, notoriamente, de una propuesta menos espectacular que las que suelen hacer los políticos estatistas, quienes prometen prosperidad y bienestar para todos a corto plazo, algo que nunca cumplen, pero que resulta fascinante en el terreno de las promesas demagógicas.

La solución que el libre mercado ofrece a quienes puedan encontrarse en dificultades es que el sistema de precios proporciona información que el individuo puede aprovechar para insertarse beneficiosamente en el sistema económico y así comenzar a mejorar la situación en la que esté. Pero esta no es una argumentación fácil de comunicar como para que el temor que el paso del estatismo al liberalismo inspira, sea rápidamente eliminado. La conclusión que nos queda, por lo tanto, es que tenemos un problema difícil de resolver y para abordar el cual no hemos aun elaborado un tratamiento consistente.

El propósito de este breve artículo no es proponer una solución -que el autor admite no tener disponible- sino llamar la atención sobre el problema y ponerlo en superficie como una contribución para la apertura de una discusión formal sobre el asunto. El tema es de los más relevantes que dificultan la aceptación popular de la economía de mercado y, consecuentemente, la posibilidad de que los regímenes estatistas actualmente prevalecientes, sean convertidos hacia órdenes basados en la libertad. Deberíamos hacernos cargo de esta dificultad y pensar en el modo de elaborar caminos que nos acerquen a alguna solución.