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El mito de la omnipotencia del Estado

Un debate recurrente en los círculos liberales es si resulta posible –o no– mantener el tamaño del Estado dentro de límites aceptables. La tendencia al crecimiento desmesurado de las funciones estatales se explica porque existe la fantasía popular de que el Estado es omnipotente. Por ende, ante cualquier insatisfacción en cualquier campo, sobreviene la demanda de que el Estado intervenga para cubrir ese requerimiento. Como siempre hay demandas insatisfechas, la tendencia al crecimiento del Estado deviene inexorable. Por eso hay quienes sostienen que no es posible el mantenimiento de una estructura estatal dentro de límites acotados y que la sola existencia del Estado lleva inevitablemente su crecimiento hacia el infinito.

Ese razonamiento que afirma que el crecimiento del Estado es inexorable es falaz porque omite considerar la premisa en la que la tendencia a la expansión estatal está basada: la creencia colectiva de que el Estado es omnipotente. Es cierto que en la sociedad de masas esa idea está muy arraigada. Bastante antes de que los Estados adquirieran las dimensiones elefantiásicas que tienen actualmente, Ortega y Gasset había pronosticado que esto sucedería en el capítulo XIII de La rebelión de las masas, y justamente por ese motivo: la creencia en la omnipotencia del Estado.

Si no existiera esa fantasía, y se entendiera que el Estado es una creación humana con ciertos fines específicos, la tendencia al expansionismo estatal ilimitado desaparecería. No es cierto que la propensión al crecimiento infinito del Estado sea inexorable. Este fenómeno es el resultado de la muy extendida creencia colectiva de que el Estado es omnipotente y, si ese error conceptual desapareciera, la expectativa de que el Estado satisfaga cualquier requerimiento no cubierto también se extinguiría.

La identificación de cuál es el origen del expansionismo ilimitado del Estado es un asunto de la mayor importancia para el liberalismo porque es el factor que permite diagnosticar uno de los principales problemas de estos tiempos y, consecuentemente, estudiar posibles vías de acción para resolverlo.

El Estado es una institución necesaria para el equilibrado desenvolvimiento del orden social. Por eso los seres humanos, cuando deciden formalizar su decisión de convivir pacíficamente, sancionan una constitución y crean cierto poder público en el que delegan el ejercicio de la autoridad cuya tarea es sostener la vigencia de los derechos y libertades individuales de los miembros de la comunidad. Es más eficiente crear una organización que cuente con la aceptación general que se ocupe de asegurar los derechos de todos los ciudadanos, que prescindir de esa institución y dejar la defensa de esos derechos a cargo de cada ciudadano, lo cual obligará a destinar muchos más recursos per capita a ese menester, seguramente con resultados más magros. En los ordenamientos liberales el alcance de la autoridad estatal está circunscripto al resguardo de los derechos de los individuos. El problema sobreviene cuando, dentro de ese sistema social, aparece una expectativa muy extendida de que el Estado cumpla otro tipo de funciones, además de garantizar derechos y libertades individuales. En la práctica, en la actualidad, en casi todos los países, en mayor o menor medida, el Estado, presionado por demandas sociales muy extendidas, asume bastantes más tareas que la garantización de derechos y libertades.

Sucede, sin embargo, que cuando el Estado se excede de sus funciones básicas, comienza a perder eficiencia. Esto es algo que quienes aspiran a que el Estado satisfaga demandas sectoriales, que exceden el resguardo de derechos y libertades, no tienen en cuenta porque presuponen que el Estado es omnipotente. He allí entonces el problema: la creencia de que el Estado es omnipotente es el germen del cual deviene, posteriormente, la expansión ilimitada de las organizaciones estatales.

Dado este diagnóstico, la tarea de los divulgadores del liberalismo en relación a este tema debe consistir en denunciar la falacia de que el Estado es omnipotente. No es una tarea fácil ni de resultados promisorios a corto plazo. Pero si una labor de este tipo tuviera éxito sería un cañonazo a la “línea de flotación” de la mentalidad estatista… Por eso sería de la mayor relevancia el desarrollo de tareas específicamente orientadas hacia la neutralización del mito de la omnipotencia del Estado. Si este curso de acción encontrara un eco favorable, la racionalidad empezaría a imponerse sobre la irracionalidad actualmente predominante, y el ordenamiento social se encaminaría hacia mayor libertad y prosperidad. Es una tarea difícil, por cierto, pero hay que realizarla. Quizá la propia dificultad se constituya en un desafío motivador. El camino es ese. Habría que comenzar a recorrerlo.