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El peligro de la ‘Pedrosanchezmanía’

El mismo Pedro Sánchez al que todo el mundo daba por políticamente desahuciado logró aprovechar las circunstancias y, contra todo pronóstico, llegar a presidente del Gobierno. No sólo eso. Una semana después de desalojar a Mariano Rajoy de La Moncloa había disparado su popularidad hasta cuotas inimaginables. Con toda la prudencia que exige cualquier equiparación entre opinión pública y opinión publicada, sin duda alguna ha estallado la Pedrosanchezmanía.

A diferencia de lo ocurrido con la Obamamanía y fenómenos similares con el francés Emmanuel Macron o el canadiense Justin Trudeau, el entusiasmo que refleja la mayor parte de los medios de comunicación españoles por Sánchez no se debe a su carisma personal. Aquel al que se llegó a comparar con un vendedor de la sección de caballeros de unos grandes almacenes ha sabido encandilar a través de terceros. Lo ha hecho con los miembros de su Gobierno. Las expectativas sobre a quienes iba a elegir como ministros eran tan malas que logró sorprender para bien a propios y extraños.

Da igual que el Gobierno no sea tan excelente como lo están vendiendo. No importa que junto a personas con una sólida carrera profesional y de talante aparentemente moderado haya otras cuyo perfil sectario y partidista no augura nada bueno. En definitiva, resulta irrelevante que en el nuevo gabinete se junten elementos positivos con otros evidentemente negativos. El nuevo Ejecutivo, que mezcla personalidades de gran popularidad por su actividad fuera de la política con otras que no han hecho en su vida otra cosa que ir saltando de un cargo público a otro, tiene muy buena fama entre los periodistas.

Y esta buena imagen es, precisamente, uno de los mayores peligros del Ejecutivo de Pedro Sánchez. Una de las peores cosas que le puede ocurrir a un país es tener un gobernante ante cuyos encantos sucumben la mayor parte de los profesionales de los medios y, con ellos, gran parte de la población. Un jefe del Gobierno cuya popularidad es inexistente o baja, o incluso relativamente moderada, está sometido al constante escrutinio de radios, televisiones y periódicos (tanto de papel como online). Cada medida aprobada, cada declaración y cada proyecto es mirado con lupa. La vigilancia es constante.

Sin embargo, ante los gobernantes que han logrado generar un gran entusiasmo popular, y sobre todo entre los periodistas, la actitud es muy diferente. Se generaliza en los medios, y también en gran parte de la sociedad, un sentimiento acrítico por el que se deja pasar de largo aquello que en otros sería imperdonable.

El mejor ejemplo de ello fue Barack Obama en EEUU. Mientras que a Donald Trump se le reprochan con justicia sus malas formas e insultos hacia los periodistas, los gravísimos ataques contra la libertad de prensa cometidos por su predecesor no recibieron censura mediática o social alguna. A Trump también se le critica, con razón, por sus medidas contra el libre comercio. Pero los mismos que no dejan de acusarle por esto prefieren ignorar, si es que lo saben, que durante los dos mandatos de Obama Washington aprobó casi 700 normas proteccionistas, más que ningún otro gobierno del mundo en el mismo periodo.

Lo mejor que le puede pasar a España en estos momentos es que, a diferencia de lo que ocurrió con la Obamamanía, la Pedrosanchezmanía sea flor de un día que se marchite pronto. Si el posicionamiento ideológico de gran parte de los medios, sobre todo los grandes grupos televisivos, ya favorece al actual Gobierno, sería terrible que la inmensa mayoría de los periodistas perdieran definitivamente el sentido crítico frente al jefe del Ejecutivo. Tendría mano libre para hacer lo que quisiera, por perjudicial que resultara para la libertad y prosperidad de los ciudadanos, sin recibir crítica alguna por ello. Y el precio que se terminaría pagando sería demasiado alto.