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El razonamiento de izquierdas

En su libro “Fools, Frauds and Firebrands”, el filósofo Roger Scruton repasa y analiza críticamente el pensamiento de los principales y más conocidos filósofos autodenominados de izquierdas [1]. Entre otros muchos, pasan por las páginas de este libro Sartre, Habermas, Gramsci, Galbraith o Foucault, por citar algunos de los nombres que más suenan.

Como cabe esperar, el análisis de Scruton es demoledor, y destroza completamente las supuestas “teorías” de estos señores. Sin embargo, lo realmente sorprendente no es que sean demolidas por un pensador mínimamente racional: lo sorprendente es el nulo bagaje científico e incluso lógico sobre el que estás construidas. En realidad, Scruton no necesita grandes dosis de razonamiento para destruirlas, basta con resumirlas y exponerlas para darse cuenta inmediata de sus deficiencias.

Y, sin embargo, son estas doctrinas, no me atrevo ya a llamarlas teorías, las que dominan la universidad en los ámbitos humanistas y, me atrevería a decir, en el imaginario de la gente. Scruton se pregunta cómo es esto posible, una vez expuestas como el fraude que son. Y creedme, Scruton acumula ejemplos de párrafos textuales de los autores analizados que muestran el grado de absurdo que se refleja en sus razonamientos. Hay una cita de Sartre en relación con la “totalización” de la sociedad es que es paradigmática al respecto. Parece imposible que tras leerla alguien pueda tomar en serio a este señor. Si Rothbard hubiera escrito algo similar, se lo echarían en cara a los libertarios constantemente.

La respuesta que propone Scruton tiene que ver con la necesidad innata del ser humano de creer, de tener una religión. Para Scruton, estos pensadores de izquierdas no proponen teorías, sino que exigen fe. Y sería esta necesidad implícita de creer en cosas la que habría hecho triunfar estas doctrinas en la Universidad, de dónde habrían pasado al resto de la sociedad. En suma, Scruton ve al comunismo (y adláteres) como una nueva religión.

Una cosa que destaca en las parrafadas de estos autores, y que Scruton resalta, es que razonan por asociación y no por causa-efecto, que es como nos han enseñado a razonar desde pequeñitos. Por mi parte, mi escasa experiencia con este tipo de autores (y que difícilmente aumentará tras haber leído a Scruton) me lleva a la misma conclusión. Por ejemplo, el clásico “Las venas abiertas de América latina”, de Eduardo Galeano, es un prodigio de este “razonamiento” por asociación.

Es un libro magníficamente escrito, que se lee como un soplo, y que parece decir verdades como puños. Pero el lector avisado es capaz de detectar, entre el maremágnum de ideas, los errores conceptuales que también se acumulan con profusión, y no se deja engañar. También es cierto que desmontar todas las insinuaciones e intuiciones que Galeano vuelca en cada párrafo resultaría un esfuerzo ímprobo para el que se tomara tal ensayo como científico. Galeano, como los otros pensadores de izquierdas que explora Scruton, no necesitan utilizar la lógica, simplemente asociar ideas. Pero, claro, desmontar la intuición tan fácil de crear, exige un esfuerzo desproporcionado de razonamiento.

Ello me lleva a los trabajos del psicólogo y premio Nobel de Economía, Daniel Kahneman, en concreto en su obra magna Thinking Fast and Slow. Kahneman sostiene que nuestro cerebro se estructura conceptualmente en dos niveles, a los que rehúsa dar nombre, quedándose en unos lacónicos nivel 1 y nivel 2. Pues bien, el nivel 1 es el que nos permite hacer frente a la mayor parte de las tareas cotidianas y repetitivas, y nos proporciona respuestas rápidas para todos los eventos a los que nos vamos enfrentando. Este nivel 1 construye rápidamente una historia verosímil a partir de la experiencia y las observaciones disponibles, que nos permite tomar decisiones.

Si este nivel 1 no nos proporciona una respuesta satisfactoria, entonces tenemos el recurso de llamar al nivel 2, en el que se desarrolla el razonamiento lógico, y será capaz en algún momento de dar una solución más justificada a nuestro problema. Lo que ocurre es que el ser humano está muy cómodo en el nivel 1, e invocar al nivel 2 es algo costoso, que requiere esfuerzo. Además, el 90% de las situaciones diarias se resuelven en el nivel 1, por lo que no es inmediato en muchas ocasiones determinar cuándo conviene pasar al nivel 2.

Como ha quedado dicho, este nivel 1 funciona principalmente por asociación, y nos proporciona intuiciones que muchas veces son correctas. Es más, el nivel 1 no es inalterable, y se puede entrenar, siendo esta la razón por la que la gente con mucha experiencia en determinadas actividades, tiene intuiciones correctas sobre las mismas, sin quizá saber explicar de forma inmediata por qué lo son (para lo que se requiere invocar al costoso nivel 2).

La existencia de estos dos niveles, así como la pereza intelectual de la mayoría de la gente, son para mí la explicación más clara del triunfo del pensamiento de la izquierda. Como he dicho, sus discursos se construyen sobre la asociación de ideas, y no sobre su causalidad (“los ricos tienen, los pobres no tienen”, genera la imagen “los ricos tienen porque los pobres no tienen”), y eso le gusta al nivel 1 de nuestro cerebro. Es una historia plausible que puede construir sin mucho esfuerzo para permitirnos la toma de decisiones.

Contra esa intuición, el resto de los pensadores necesitan hacer un esfuerzo en el nivel 2 para explicar que dicha causalidad no es tal, que es completamente absurda y carece de base. Pero, más importante aún, necesitan apelar al gran público para que activen ese nivel 2, y no se dejen embaucar por su normalmente fiable, pero a veces traicionero, nivel 1.

Así las cosas, la lucha contra los pensadores de izquierdas solo se podrá equilibrar cuando los razonadores lógicos sean capaces de transmitir dicha lógica de forma asociativa, para que sea entendida en el nivel 1 de Kahneman. Algo que, me temo, parece contradictorio en los términos. Pero, bueno, al menos entendemos porque ellos convencen con sus absurdas ideas, seguro que ni ellos lo saben.

 

[1] Conste que utilizo este adjetivo siguiendo el concepto de Scruton, y que no opongo izquierda a liberalismo.