Usted está aquí

El trinomio identitario: posverdad, propaganda y populismo

Nos recuerda Hannah Arendt de manera muy explícita en su magnum opus Los orígenes del totalitarismo que una de las causas primarias que favorecieron el ascenso de los totalitarismos en Europa fue el desvanecimiento de la distinción entre hecho y ficción, y la imposibilidad de diferenciar entre lo verdadero y lo falso sobre la gestión de la res pública. En menor -o al menos, diferente- medida esto es lo que lleva ocurriendo durante las últimas décadas a lo largo y ancho del globo, con la reconstrucción del espacio público y político por parte de ciertos movimientos que han favorecido la desinformación en pro de diluir cualquier atisbo de racionalidad en la masa de la ciudadanía, haciendo calar así mucho más fácilmente un mensaje sentimentalista e identitario que confunde necesariamente la percepción con la realidad tangible y objetiva, invalidando cualquier fuente de información más allá del líder supremo de turno al cual ninguno de sus acólitos pone en duda a la par que cumplen con la obligación de aplaudir servilmente. Esta deificación del líder político o, en su defecto, del movimiento o partido que este lidere, convierte en inerte cualquier crítica a efectuar y sitúa al emisor de la misma -medios de comunicación en su mayoría- en la diana, categorizándolo de enemigo político y traidor a los objetivos (vendidos siempre como comunes) promulgados por dicho mesías político.

Todo ello surge, como comentaba con anterioridad, de la reconstrucción y reordenación del espacio político y la res pública que se ha producido en las últimas décadas. Esta es una de las claves por la cuales debemos entender el populismo -y la posverdad que sustenta- como una lógica de acción política, y no tanto como una ideología. Como toda acción política efectiva y eficaz, el populismo moderno destaca por una comunicación pública rápida, ágil, dinámica y, ante todo, continua. Como si de un sistema de riego por goteo se tratase, a través de pequeñas modificaciones y variaciones sutiles de la realidad objetiva, los movimientos populistas son capaces de crear su propio hábitat político, edificándolo a base de estereotipos y enmarques simplistas reiterados hasta la saciedad, con el objetivo primordial de la construcción de un foso alrededor de dicho hábitat que separe el nosotros (presentándose como los bienhechores y único remedio contra todos y cada uno de los males existentes) del ellos (el enemigo al que no se debe dar tregua, y cuyas acciones no se deben únicamente fiscalizar, sino condenar sin paso previo por un proceso de juicio crítico).

En este punto es donde cobran vital importancia las tecnologías más modernas y los medios de difusión de información de masas, como es el caso de las redes sociales. Los ejercicios de difamación constantes por parte de ciertos movimientos políticos redundan en un desprecio absoluto a la deliberación racional y la evidencia empírica, dando vía libre al votante acrítico, fanatizado y sentimentalista que basa su concepto de realidad en torno a aquello que sus ojos alcanzan a ver, siendo capturada su área de visión por dichos mensajes sin ningún tipo de respaldo fáctico pero cargados de elementos que hacen erizar la piel y acelerar el funcionamiento del sistema circulatorio. Panem et circenses.

El predominio de la emoción sobre la reflexión y de la pasión sobre la realidad fáctica no es algo novedoso, siendo la democracia mediática su principal representación en el mundo de ayer. Y no estoy tratando de aludir a Zweig ni a la Europa de entreguerras, sino señalando que la democracia mediática forma parte de un pasado reciente, habiendo dado lugar a una primogénita con mucho mayor potencial, y a su vez, como no puede ser de otra manera, con mucho más peligro: la democracia digital, en cuyo seno se hayan indefectiblemente la posverdad política y la política de la posverdad. De Berlusconi a Trump. Del Brexit al triunfo de la Lega Norte. De Syriza a Podemos. De Bannon a Vox. Y todo ello, con un primer beneplácito de algunos partidos tradicionales, que difuminaron cualquier mecanismo existente de gatekeeping, pensando que un populismo fuerte que compitiera directamente con su rival político tradicional permitiría una mayor movilización del voto contrario a estos. Voto que, supuestamente, serían capaces de monopolizar como único agente político contrario, en teoría, a dichos movimientos populistas. Lo que nunca pensaron ni los hunos ni los hotros, en términos unamunianos, es que dicha situación se les tornaría en contra y acabaría por generar una tormenta política cuasi perfecta para los populistas de ambos extremos, que están encantados de haber conocido a su pariente del extremo opuesto, y del cual beben y dan de beber.

Pero esto no es nada nuevo. No estamos realizando un gran descubrimiento. Umberto Eco, en menor medida, y Giovanni Sartori de manera mucho más clara a través de su obra Homo videns, ya nos avisaron del peligro que estos movimientos políticos tendrían si lograban dominar la difusión de información, se aficionaban a la posverdad política, y ante todo, fueran capaces de que una sociedad distraída a la par que vilmente entretenida les prestara atención. Y tristemente, Sartori tenía razón.

Sin duda alguna, la democracia mediática y digital ha contribuido a reforzar ese castillo de naipes en el aire que es el concepto “pueblo” en el plano político moderno. Es un concepto que no hace referencia al volk pero tampoco a la citoyenneté posrevolucionaria. En este mismo sentido, Umberto Eco nos recuerda que la apelación al pueblo no es más que la mera construcción de una ficción. Y dicha edificación discursiva es mucho más sencilla hoy que antaño. Ya no resulta necesario reunir a miles de personas al más puro estilo mussoliniano en la Marcha sobre Roma. Basta con captar la atención de los medios con un mensaje llamativo a la par que polémico en las redes sociales para aparecer en todos y cada uno de los informativos del día. Generar crispación a golpe de tuit. Generar votantes a base de likes.

Un caso cristalinamente claro de ello y que cobra aún más importancia por ser de los primeros fue el ascenso del Movimiento 5 Estrellas a partir de una inteligente, provocativa y, sin duda, manipuladora utilización de las redes sociales. Grillo empleó sobremanera Facebook y Twitter para llegar a sus potenciales votantes, creando redes de conexión que actuaran como meras cámaras de eco y de autoconvencimiento, matando cualquier atisbo de reflexión y de pensamiento crítico. Italia no es el único caso de ello, pero si el más llamativo, tanto por su originalidad como por su continuidad y refuerzo en el tiempo, con partidos como la Lega Norte sumándose al tren de la política posverdad y la propaganda digital. No podemos negar que en los últimos 20 años en Italia se haya producido una amplia variación en la percepción de la conformación del espacio público y político, con severos cambios en la lógica de acción de los partidos, algo que en el último quinquenio se ha ido trasladando a prácticamente todos los países de Europa occidental y, por supuesto, a Estados Unidos.

Un autor que ha analizado de manera sobresaliente el nuevo paradigma de los sistemas representativos y la estrategia y funciones de los agentes políticos en la nueva democracia mediática ha sido Bernard Manin, acuñando el concepto de "democracia de audiencia”, relatado por Fernando Vallespín y Marián Bascuñán en su libro Populismos. La teoría de Manin describe brevemente como actualmente son los medios de comunicación los que presentan el escenario de desarrollo de la acción política, pero son los propios agentes políticos los que contribuyen a construir dicho escenario a través de medios de difusión alternativos y una renovada dialéctica política. Por lo tanto, la estructura interna de los partidos políticos se ha ido adaptando a este nuevo escenario, dejando a un lado cualquier atisbo de tecnocracia de tiempos pasados y dando mucha mayor relevancia a la comunicación política instantánea, la mercadotecnia y el activismo de comunicación. En términos mundanos, se ha dejado de lado la seriedad y el respeto por la evidencia en favor de la exaltación del espectáculo político más grotesco y vacuo.

El escrutinio de los medios de comunicación y la correspondiente fiscalización al poder político es hoy más necesaria que nunca, en un momento en el que se ha perdido todo respeto por la verdad y en el que prima el discurso fácil y atractivo de los líderes populistas sobre la realidad. Los partidos políticos han de sentir que viven bajo la presión del panóptico de Bentham, asegurando así un mayor respeto por la transparencia y la evidencia empírica en la construcción del discurso político.

Debemos saber que los populistas son ampliamente conscientes de todo ello, y precisamente a causa de esto se rodean de expertos en movilización política de los sentimientos, centrando su acción discursiva en implantar mensajes que contribuyan a manipular y moldear las emociones del electorado a su antojo. Esta conexión entre emociones y sentimientos comunes de parte del electorado contribuye a la generación de cadenas de equivalencia, en términos de Laclau, reforzando una lógica binaria de bueno-malo/amigo-enemigo y una serie de sentimientos negativos que contribuyen a cohesionar a los votantes de cada movimiento populista contra un enemigo común ficticio y exaltado en el discurso político.

Si deseamos recuperar un espacio de debate democrático, respetuoso con la realidad fáctica, trasparente y abierto, debemos luchar día y noche contra el engaño populista, pero jamás vendernos a ser partícipes de su juego. Es urgente regenerar nuestra democracia si queremos evitar que se agriete aún más la sociedad civil.

Referencias

Arendt, H. (1951), “The Origins of Totalitarianism”.

Eco, U. (2008), “Turning Back The Clock: Hot Wars and Media Populism”- Vintage Publishing.

Sartori, G. (2012), “Homo videns: La sociedad teledirigida”- Taurus.

Manin, B. (2010), “The Principles of Representative Government”- Cambridge University Press.

Vallespín, F. ; Bascuñán, M. (2017), “Populismos”- Alianza Ensayo.

Laclau, E. ; Mouffe, C. (2015), “Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia.”- Siglo XXI de España Editores.