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En España, el que resiste gana

En España -y os lo digo, Alteza, porque sois joven y español-, el que resiste, gana. Y también os lo digo, Alteza, porque habréis de lidiar durante vuestra vida, que para bien de todos os deseo larga y colmada de aciertos, con los tres embates que siempre se arrancan y siempre se estrellan contra el alma de los elegidos: el hombre impaciente, el del tiempo inclemente y el de la circunstancia desaforada e hiriente.

Camilo José Cela, discurso de aceptación del Premio Príncipe de Asturias 1987.

El hoy Rey Felipe VI tomó buena nota del consejo del dramaturgo gallego, y ha sabido capear hasta la fecha con brillantez las trampas en el camino, buen presagio de un reinado que cumplirá más que sobradamente con sus obligaciones para con España. Sin embargo, en estos días no venimos a recordar las palabras de Cela ante el auditorio ovetense para hablar de Don Felipe, sino de un hombre que quizás se acerca a él en altura, aunque nada más que en centímetros. Un líder sin liderazgo, cuya actitud ha conseguido destruir el partido socialdemócrata español por excelencia en menos de veinte meses.

El Partido Socialista Obrero Español ha sido clave en la historia contemporánea de España. Con honrosas excepciones al servicio de la libertad y la justicia como las decenas de miembros del partido asesinados por ETA (y que hoy han olvidado al pactar con Bildu) y aquellos que empeñaron sus vidas y sus memorias para defender a los españoles en la guerra contra el mal, la realidad media que asiste a la formación no es demasiado enriquecedora. Desde la Semana Trágica de Barcelona hasta el asesinato de Calvo Sotelo, pasando por el golpe de Estado a la República y las cuatro décadas de deserción, los cien años de honradez parecen un chiste de mal gusto. Por supuesto en democracia no fue menos el latrocinio, con grandes éxitos como los la corrupción sistemática, los cuñados con puesto y chofer y los ERE; un partido dechado de virtudes. Fue Felipe González quien desindustrializó el país y aumentó año tras año la deuda pública, Zapatero vino a destruir lo poco de moral que quedaba en la sociedad patria, creando el caldo de cultivo perfecto para el surgimiento del 15-M, y ha tenido que ser Pedro Sánchez, aquel consejero de Caja Madrid que aprobaba emisiones de preferentes y ocultaba tesis doctorales bajo siete llaves, el que diera el tiro de gracia al partido más longevo de nuestro país. Podría parecer casi una suerte la agonía del PSOE para los liberales pero, ¿no pierde también España?

El PSOE está dentro del mal llamado consenso socialdemócrata, recordando a Hayek con aquello de los socialistas de todos los partidos. La tan manida y falsa afirmación de que la llegada del PP ha supuesto el desmantelamiento del estado del bienestar, o aquella otra que asegura que entre el bipartidismo español existen diferencias sustanciales respecto del gasto social, son base para una polarización que no responde a la realidad. La España de hoy es profundamente transversal, herencia de la clase media creada por el franquismo, de aquellos proletarios que se convirtieron en propietarios. El español que el CIS muestra como hombre medio, quiere sanidad y educación públicas, impuestos bajos y respeto a los autónomos; prefiere bonanza económica para no tener que hablar de economía, y no quiere preocuparse demasiado por el trasfondo filosófico de las ideas políticas, limitándose a votar cada cuatro años. A los votantes de PP y PSOE los separa en la ideología de fondo bastante poco, aunque el saldo de caja del primero no deje el país en quiebra como acostumbran a hacer los segundos. Variando el entorno familiar y cultural de un votante medio, tendríamos la papeleta en mano de uno u otro partido sin demasiadas complicaciones, porque la ignorancia racional es tan fuerte y el continuismo de voto tan longevo, que se vota por inercia más que por convencimiento. Por eso, el sistema político español tan cercano al turno canovista era posible: porque mantenía una estabilidad política dentro de la barbaridad del gasto público inasumible y de la deuda asfixiante. Dice Escohotado que el mundo avanza mientras los políticos duermen, y una alternancia bipartidista proporciona sueños más profundos que una continua batalla entre bolivarianos, separatistas y señores con coleta.

Sin embargo, todo esto no debe advertirse como una defensa del modelo de Estado actual. No es deseable un sistema como el que tenemos, no debemos conformarnos, y está en nuestro ser la obligación moral de buscar una solución que reduzca el peso del poder y devuelva la libertad hurtada al individuo. Es necesario entender, como ya hemos escrito en este medio, que la democracia debe ser un medio y no un fin en sí mismo, y también advertir que se debe votar mucho menos y ensanchar los caminos de la libertad, en lugar de pretender que la mitad más uno instauren una dictadura de cuatro años. Pero mientras tanto debemos hacer catequesis liberal y acción cultural, único modo de que el gran público engañado por el mainstream keynesiano sea capaz de crear una masa crítica responsable y crítica con el despotismo. Hasta entonces conviene más -o es menos mala- la alternancia PP-PSOE que la irrupción de Podemos en la vida política. El PSOE es antiliberal, pero es bastante menos peligroso que Podemos.

Muchos paniaguados sin más oficio que la política -una constante en todos los partidos, aunque en unos más que en otros- están dispuestos a todo para mantener su única fuente de ingresos; se desangran entre sí a la vista de todos, tratando de sobrevivir. La guerra interna del partido de la rosa, las luchas intestinas de unos y otros por seguir en la poltrona, y la irresponsabilidad y ceguera de unos pocos (sumada al silencio cobarde y connivente de muchos), ha abocado a la agonía de un partido socialdemócrata de cuyos escombros se construirá la hegemonía de Podemos en la izquierda. Un error inasumible que supone un retroceso para la libertad y un salto al vacío que no beneficiaría a nadie salvo a los totalitarios. Si el PSOE desaparece y los deseos de la línea errejonista se ven hechos realidad, Podemos tratará de abarcar un espectro cercano a los ciento ochenta grados, dulcificando el mensaje -y no las intenciones- para atraer a millones de votantes huérfanos. Unos irán a la izquierda-centro-derecha de Ciudadanos, pero otros tantos recalarán en el partido financiado por Venezuela y con programa semanal en la televisión iraní. La ruina sin remedio.

Por tanto, le hablo a usted, Pedro. Y como dijo Cela, resista y ganará. No por usted, que no se respeta a sí mismo; ni siquiera por su partido al que parece no comprender, ni tampoco por España, por la que no muestra ningún afecto. Piense por un minuto en que, para que este país no se aboque al precipicio, ustedes son necesarios. Hágalo porque para nosotros, los que hacemos lo posible por evitar que el Estado avance sin cesar hacia el totalitarismo salvaje, ustedes son menos malos que Podemos. Que ya es decir.