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Gasto sanitario y esperanza de vida

Los apologistas del estatismo suelen despreciar las enseñanzas de la teoría económica y, para ello, suelen adoptar una postura empirista que, supuestamente, refute las conclusiones apodícticas de la praxeología.

Así, sabemos que la teoría económica nos informa de que el sector privado es más eficiente que el público, esencialmente por una cuestión de cálculo económico, incentivos y recopilación de información. Sin embargo, muchos intentan demostrar que la teoría económica falla y para ello recopilan y componen incesantemente datos para tratar de buscar causalidades detrás de lo que son meras simultaneidades.

Un caso típico es el que relaciona el gasto sanitario con la esperanza de vida. Sabido es que en EEUU la esperanza de vida es similar, o incluso más baja, que en otros países occidentales, mientras que su gasto sanitario es muy superior. Dado que el sistema sanitario estadounidense es privado y el del resto de países público, una conclusión simplista nos llevaría a afirmar que el sector público es más eficiente a la hora de proveer la sanidad. Con un gasto mucho menor obtenemos unos resultados similares.

El último libro de Arnold Kling, Crisis of Abundance, resulta iluminador para entender cómo la izquierda pretende darnos gato por liebre. En realidad, lo que las estadísticas no nos dicen es que la calidad de la sanidad estadounidense es mucho mayor que la europea y, por tanto, el mayor gasto sólo refleja esa mayor calidad.

La cuestión que a la mayoría de la gente se le vendrá a la cabeza será: ¿Y por qué esa mayor calidad no se traduce en una mayor esperanza de vida? La explicación está muy relacionada con el abuso y mal uso de los agregados estadísticos.

La mayor parte del gasto sanitario diferencial entre EEUU y Europa proviene de lo que Kling ha denominado premium medicine, esto es, la expansión del uso de especialistas y de capital físico de alta tecnología (como la tomografía computerizada o la visualización por resonancia magnética). Así, por ejemplo, sobre una muestra de 1.000 habitantes, los estadounidenses realizan cada año 1.400 visitas a especialistas, tienen un gastroenterólogo por cada 30.000 habitantes (Canadá uno por cada cien mil), el porcentaje de angioplastias duplica el de Francia, el de bypass triplica el de UK y cada año se realizan 24 millones de visualizaciones por resonancia magnética y 50 millones de tomografías computerizadas.

Las características esenciales de esta premium medicine que prevalece en EEUU y no en Europa son dos: a) es muy cara, b) no altera generalmente el diagnóstico. Es fácil entender el punto a), sin embargo, el b) requiere una explicación adicional.

La premium medicine tratar de conocer por anticipado la aparición de enfermedades o de perfilar el diagnóstico. Esto significa que sólo en muy pocos casos será realmente determinante en prolongar la esperanza de vida del paciente.

Utilicemos el ejemplo de Kling. Si un paciente acude a la consulta con tos, el médico puede adoptar tres posiciones: 1º no tratar al paciente (dos aspirinas y reposo), 2º tratar al paciente de acuerdo con su experiencia histórica o 3º utilizar la premium medicine (pruebas biomédicas, rayos X y consulta por especialistas). La sanidad europea utiliza esencialmente los métodos 1 y 2, la estadounidense el tercero.

La cuestión es que sólo un porcentaje muy pequeño de pacientes sufrirá complicaciones por un mal diagnóstico, esto es, muy pocos verán agravada su tos originaria en bronquitis.

Imaginemos que el tratamiento especializado cuesta 1.000 dólares y que el porcentaje de personas cuya tos degenerará en bronquitis es de 2 por cada 1.000 pacientes. En este caso, necesitaremos gastar un millón de dólares para salvar un 0’2% más de vidas. Como vemos, el gasto agregado se incrementa mucho para salvar la vida de muy pocas personas, ya que todos los pacientes deben someterse a unas pruebas especializadas que sólo en muy pocos casos serán de utilidad.

La sanidad europea considera que no "sale rentable" incrementar el gasto de todos los europeos para salvar la vida de un porcentaje residual de personas. La racionalidad de los socialistas es simple: unas pocas vidas no valen miles de millones de euros.

La cuestión, obviamente, debería ser si cada persona quiere pagar ese dinero extraordinario para prevenir la improbable aparición de enfermedades graves. Sólo en ese caso, cuando cada cual destina su dinero a los fines que maximizan su bienestar, podemos hablar de eficiencia, aun cuando en términos agregados el incremento del gasto sanitario total no se traduzca en un incremento proporcional de la esperanza de vida.

Y es que esta última depende de muchos otros factores aparte de los pocos meses o años que una medicina más especializada consiga alargar. Pensemos tan sólo en los hábitos alimenticios, en el clima o en la mortandad juvenil por accidente de tráfico. Todo ello ejerce una influencia mucho más determinante sobre la esperanza de vida que el efecto marginal de un mayor gasto sanitario.

Por supuesto en el caso estadounidense el gasto sanitario no se debe por completo a una libre elección de los individuos. La extensión de los seguros sanitarios para todo tipo de tratamientos (derivado de los incentivos fiscales, los subsidios a determinados seguros y de la prohibición de subir salarios durante el New Deal que provocó una competencia empresarial por salarios en especie) que diluye el coste entre todos los asegurados y la extremada cautela de los médicos para evitar los litigios por negligencia, han llevado al abuso de la premium medicine.

Pero en todo caso no debemos olvidar el hecho fundamental: la sanidad privada no es más ineficiente que la pública, sino más bien todo lo contrario. El gasto sanitario es mayor porque ofrece mejores servicios que, aun cuando en términos agregados no se traduzcan en mejores resultados, sí salvan la vida de muchas personas.

La necesidad de una privatización del mastodóntico Estado de bienestar europeo sigue siendo tan necesaria como la teoría económica nos permite deducir. La sanidad pública es un vertedero de ineficiencia que sólo multiplica las redes clientelares en torno al Estado al enorme precio de retrasar el progreso sanitario y encarecer sus servicios. A largo plazo, no hay nada que reduzca tanto la esperanza de vida como la coacción sistemática del Estado y la represión de la libertad.