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Hispanidad, ¿algo que celebrar?

Cristóbal Colón murió sin saber que había descubierto un nuevo continente, pero sus viajes dejaron una impronta que todavía hoy perdura. En lugar de encontrar una nueva ruta hacia las Indias, descubrió un Nuevo Mundo que no tardaría en incorporarse a la civilización que hasta entonces se conocía. Para bien o para mal, bajo el amparo y la protección de los Reyes Católicos y más tarde por el monopolio de la Real Casa de Contratación de Indias, la Hispanidad atravesó el Atlántico.

Aquél era un mundo muy diferente al actual. Los estados, pese a lo que pueda parecer desde la perspectiva actual, no tenían el poder de hacer y deshacer a su antojo como en la época moderna. De hecho, el Estado como tal no existía y el poder se disputaba entre diferentes instituciones. La poliarquía medieval era un difícil equilibrio de poder que a su vez entraba en conflicto con la autoridad religiosa. Diferentes autoridades que en su disputa de la potestad se limitaban unos a otros. Algo muy diferente a la situación que se da dentro del Estado (apellidarlo "moderno" es una redundancia ya que los estados son hijos de la modernidad), donde no cabe separación de poderes; tan solo una ficción de equilibrio entre funciones, ya que la soberanía es una y solo se explica a través de la hipótesis del "contrato social". Como anécdota basta recordar que recientemente el Ayuntamiento de Ibiza decidió por unanimidad que Colón era ibicenco independientemente de dónde fuera realmente.

Solo en este contexto puede entenderse que Isabel la Católica se viera limitada no solo por las leyes viejas y tradiciones de su reino, sino también por la moral de su religión. De la bula Sublimis Dei promulgada por el papa Pablo II a la controversia de Valladolid hasta las Leyes de Indias en las que se debatía la naturaleza de los indígenas y se acotaba el poderío de los descubridores. Un momento histórico apasionante que llama la atención de quienes vivimos en la época de la corrección política donde los príncipes de hoy (por utilizar la terminología de aquella remota época) no parecen tener otro impedimento que las mayorías parlamentarias y la coyuntura política.

En el camino estatalizador que hemos recorrido hasta hoy, mucho se lo debemos a los Reyes Católicos y otro tanto a los protestantes, que terminaron por unificar Iglesia y Estado dejando las dos espadas (la del poder espiritual y la del temporal) en una sola mano, que hoy es la de los políticos.

Una de las herencias que nos ha dejado la Hispanidad no es otra que la lengua española, compartida por gente que hoy vive en diferentes países y latitudes en todo el planeta. Pese a que el idioma pertenece a quienes lo hablan y contribuyen espontáneamente a su evolución, los legisladores han convertido su uso y aprendizaje en una polémica. Las constituciones modernas establecen días nacionales de celebración e imponen una lengua en las sociedades sobre las que tienen jurisdicción. Se trata de un error conceptual, filosófico. Las administraciones pueden decretar uno o varios idiomas para que los funcionarios puedan entenderse, pero es la sociedad quien decide espontáneamente qué lengua habla y transmite a su progenie.

Entonces, solo cabe preguntarse si hay algo que celebrar en el día que se conmemora la llegada de tres carabelas a la isla de Guanahaní. Las fronteras políticas han cambiado y cambiarán, pero la hispanidad ha moldeado el habla de millones de individuos que interpretan el mundo y dan forma a sus ideas. No se trata de países o míticos imperios que tal vez fueron pero ya no serán; la Hispanidad es algo más que una fecha señalada en rojo por los burócratas en los calendarios oficiales, la Hispanidad es parte de lo que somos y de lo que hacemos.