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Indignarse de año en año

Como si de una ceremonia laica se tratara, los indignados han vuelto a tomar las plazas para conmemorar su aniversario. El supuesto movimiento autodenominado apartidista, transversal y popular es, un año después, un acto casi folclórico que no consigue reunir a más gente de la que llena un domingo cualquiera un estadio de fútbol.

Sus ideas son poco novedosas y, más que revolucionarias, se antojan reaccionarias al rescatar del pasado propuestas que solo los partidos de la izquierda montaraz asumen en sus programas. De la renta básica pagada por los contribuyentes a la nacionalización de las cajas de ahorro que ya eran públicas pasando por la concepción totalitaria de la democracia asamblearia. Sus cánticos "contra los políticos" se han reinterpretado este año contra el partido de gobierno que ya no es de izquierdas. Muchos de los primeros indignados se encuentran desengañados y si todavía quedan gentes bientencionadas que les otorgan crédito solo puede atribuirse a una extrema candidez.

Ni los recortes superficiales en el árbol del bienestar han conseguido reforzar este movimiento y en las convocatorias que celebraban el aniversario del 15-M la asistencia se ha resentido. Salvo en Madrid y en Barcelona las acampadas en el resto de capitales de provincia apenas lograban reunir a 100 indignados dispuestos a dormir al raso. Una cifra insuficiente si se asume que es un movimiento popular de abajo-arriba que pretende, según ellos, refundar un sistema político deslegitimado que ya no representa a los 40 millones largos de españoles.

Descubierta la inmensa farsa de estos indignados que quieren apuntalar el Estado para que todo siga igual, solo queda la magnificación romántica de los medios de comunicación. Hace un año vivieron la revolución anticapitalista durmiendo en tiendas quechua instaladas en las plazas privatizando el espacio público y nada parece que vaya a despertarlos de su sueño.

Entre tanto, los políticos se frotan las manos y parchean el barco en el que vamos todos; se va hundiendo poco a poco pero ellos serán los últimos en ahogarse. Comparten con los indignados el sueño irreal de que el estado de bienestar es viable sin plantearse la alternativa de una sociedad de propietarios responsables. Difieren en su extremismo socialista; se parecen en que todos disparan con pólvora ajena, un dinero que se han ganado los contribuyentes con su trabajo y que el Estado les quita.