Usted está aquí

Inmigración (IV): Temores nativistas

"En Francia hay demasiados extranjeros" N. Sarkozy (él mismo hijo de padres inmigrantes)

"Los EE UU tienen ya demasiados filósofos franceses" John Adams (de ascendencia inglesa)

"Los EE UU ya han sentido los prejuicios de incorporar una gran cantidad de extranjeros..." Alexander Hamilton (él mismo un inmigrante llegado a los EE UU desde el Caribe e hijo de francesa y escocés)

"Los países del sur de Europa están desprendiéndose de los más sórdidos y desgraciados elementos de su población" Woodrow Wilson (de ascendencia escocesa-irlandesa)

"Holanda está llena" Pim Fortuyn

"No tiene sentido buscar albañiles en Rabat si los de aquí están en paro" Celestino Corbacho (extremeño cuyos padres emigraron a Barcelona)

"¿Seguirán siendo los EE UU un país con una lengua nacional única y un centro de la cultura anglo-protestante?" Samuel P. Huntington

"Debemos aceptar que es un pilar de la política exterior de México el exportar ilegalmente cada año un millón de sus compatriotas a los EE UU para evitar las necesarias reformas en casa e influir en la política doméstica americana" Victor Davis Hanson (autor de Mexifornia y de ascendencia sueca)

Los nativistas son aquellos que tienen aversión a que su nación cambie según la han conocido desde pequeños. Sienten como verdadera amenaza la llegada de extranjeros ajenos a su idioma, a sus costumbres y a su cultura. Cualquier cantidad de los mismos es siempre demasiada según su percepción personal. Suelen ser también favorables al proteccionismo comercial para proteger sus productos nacionales pese a que tengan que pagar más por ellos. Son reacios a los cambios en general y al dinamismo del mercado en particular. Su oposición a la inmigración es más intuitiva que racional.

El recelo hacia el ajeno de la tribu es un sentimiento muy arraigado en todos los grupos humanos. Este temor ha ido gradualmente atemperándose a medida que avanzan las sociedades modernas pero aún estamos muy lejos de superarlos. Aunque me centraré en las inquietudes colectivas de los países más desarrollados de occidente, no son ni mucho menos los únicos en sufrirlas pues éstas son universales. Así, podemos observar la reticencia con que los mexicanos ven a los guatemaltecos o personas de Centroamérica que cruzan sus fronteras, los dominicanos con respecto a los haitianos, los japoneses hacia los originarios de la península de Corea, los habitantes de los países del Magreb con respecto a la población negra o los africanos mismos hacia los indo-paquistaníes que se asientan en sus territorios.

Así, se explica que las políticas migratorias de cada país estén influidas por los sentimientos dominantes de los nativistas que son mayoría. Todas ellas restringen la entrada de inmigrantes en mayor o menor medida. Luchan contra problemas imaginarios, esparciendo al mismo tiempo escasez de capital humano e impidiendo la prosperidad de millones de individuos al no permitir su libre movilidad laboral.

Veamos cuáles son los temores más extendidos de los preocupados y desinformados nativistas:

1. Una previsible inundación de inmigrantes: la preocupación común es que si se flexibilizase la entrada a los inmigrantes sería como abrir las compuertas de una presa y entrase una avalancha de ellos en suelo patrio que lo "inundara" todo e hiciera imposible su integración en sociedad.

Los demógrafos saben que, a pesar de que la inmigración se produce fundamentalmente por las acusadas diferencias salariales entre dos zonas geográficas, los flujos alcanzan siempre una punta de inflexión mucho antes de que los sueldos se igualen; es lo que se conoce como "la cima de la inmigración", momento en el cual las presiones migratorias empiezan a disminuir. Si entran suficientes inmigrantes y éstos comienzan a enviar ayuda directa a sus familiares que se quedaron en forma de remesas recurrentes de dinero, llega un momento en que la pobreza extrema es mitigada en el país de origen por lo que las necesidades de emigrar quedan atemperadas. La experiencia de Puerto Rico es reveladora en este sentido: en los años 50 parecía que EE UU iba ser inundado de puertorriqueños (especialmente Nueva York) al ser su entrada completamente libre. A principios de 1961, sin embargo, cuando la renta per cápita en Puerto Rico alcanzó sólo el 35% de la del resto de los EE UU, la migración neta desde allí se mantuvo a cero, nivel que ha permanecido así desde entonces.

También saben los demógrafos que los más pobres de los desheredados no migran hacia otros países sino que lo hacen internamente en su propio país -normalmente del campo a la ciudad- además de que no siempre pueden hacer frente a dicho traslado incluso dentro de sus fronteras. Los lazos familiares o vecinales, la barrera del idioma, la falta de ahorro, la preferencia ocupacional, las duras y desafiantes condiciones de vida a las que tiene que hacer frente el emigrado importan, y mucho, a la hora de dar el paso o no. Sólo los más audaces optan por emigrar. No todo el mundo tiene la fortaleza y los mínimos medios para hacerlo. No hay que olvidar que el volumen de los emigrantes no constituye usualmente más que un porcentaje pequeño del conjunto de su población.

Asimismo, si se permite migrar fácilmente de forma legal hacia los países desarrollados se produce en ellos el fenómeno denominado "el patrón de migración circular". Si los inmigrantes supieran que pueden abandonar el país rico con la seguridad de que pueden volver en cualquier momento si la necesidad se presentara de nuevo, lo más probable es que muchos optarían por regresar voluntariamente junto a sus familias y comunidades una vez cumplidos sus objetivos en el mercado laboral que los atrajo en un primer momento. De esta forma, estarían igualmente mucho menos inclinados a traerse a sus familiares al país de acogida pues podrían ir a visitarlos con bastante más frecuencia que ahora. Con ello, las residencias temporales serian realmente temporales, los flujos migratorios se normalizarían y no quedarían desvirtuados como sucede en la actualidad por una legislación inflexible en materia de inmigración. Las altas tasas de retorno de los mexicanos en los EE UU antes de la década de los setenta del siglo pasado, cuando el régimen migratorio era menos exigente que el actual, confirman este fenómeno social. Por su parte, hasta que en España se impuso la ley de extranjería, los trabajadores marroquíes que trabajaban de temporeros en el campo venían y se regresaban de forma regular. Más recientemente, la experiencia del Reino Unido, cuando abrió completamente en 2004 sus fronteras a los nacionales de los países del Este de reciente incorporación a la Unión Europea, también demostró que hubo una normalizada inmigración temporal de los mismos pues se les permitía transitar libremente en ambas direcciones, justo igual que lo sucedido en el resto de los países que forman el área Schengen.

Estamos acostumbrados hoy día a la inmigración asociada indefectiblemente a la reagrupación familiar cuando en el pasado fue precisamente la excepción.Los temerosos nativistas debieran comprender que la mayoría de los inmigrantes no desea abandonar para siempre su país natal; por lo general quieren trabajar fuera temporalmente para, después de un tiempo y si las cosas le han ido bien y ha logrado ahorrar, regresar a su país de origen y comprar una casa, montar un negocio o retirarse entre los suyos.

También es reseñable que las tasas de fertilidad de los países en vías de desarrollo pueden, y de hecho varían a lo largo de los años si se produce cierto desarrollo en origen. Por ejemplo en México ha descendido de 6,8 niños en 1970 a 3,4 en 1990 y a 2,2 en 2010. Como consecuencia de ello, se produce una menor presión migratoria hacia los EE UU (sin necesidad de "militarizar" las barreras fronterizas).

Además de todo lo expuesto, está la auto-regulación del mercado laboral internacional. Los flujos migratorios fluctúan naturalmente según las condiciones económicas subyacentes: cuando existe fuerte demanda de trabajo, la oferta de trabajadores inmigrantes tiende a crecer para satisfacerla y, viceversa, en periodos de desaceleraciones o recesiones económicas, el flujo neto de inmigrantes baja en igual medida. La recesión de 2001 y de 2007 vio cómo descendía la llegada de inmigrantes a los EE UU. La recesión actual en España ha visto asimismo disminuir la llegada de inmigrantes que fue constante durante dos décadas (es más, la salida de emigrantes nacionales –muchos de ellos ya nacionalizados- hacia otros países con mayores oportunidades en los últimos años ha aumentado en mayor proporción que la llegada de nuevos inmigrantes). La "avalancha" es más un miedo irracional que una realidad.

2. Los trabajadores inmigrantes arrebatan nuestros puestos de trabajo: es otra de las inquietudes imaginarias de los nativistas. Antes de nada, se ha de aclarar que no existe un derecho al trabajo por parte de los nacionales; eso sería tanto como reconocer que es legítimo el uso de la violencia para defender dicho derecho si se ve conculcado. Pensar que existe un número limitado de puestos de trabajo para ser ocupados y que están, además, reservados exclusivamente para los nacionales es falso y revela una mentalidad colectivista y una formación anti-económica como una catedral.

Pero es que, además, es prácticamente unánime entre los economistas reconocer que la inmigración incrementa la riqueza del país de acogida. Contrariamente a lo que el vulgo piensa, y los populistas denuncian, la inmigración es buena para la economía. No reduce ni mucho menos el número de empleos porque los inmigrantes producen a la vez que consumen, adquieren bienes al mismo tiempo que los venden por lo que el número de empleos y de empresas se expande a medida que crece el número de trabajadores y empresarios. Incrementar la complejidad y el tamaño de la fuerza total del trabajo permite mayor especialización y eficiencia de la economía de un país en su conjunto. Más que robar puestos de trabajo, lo que los inmigrantes hacen es agrandar el tamaño del mercado laboral al rellenar huecos (puestos) de trabajo, antes inexistentes, cuando previamente era demasiado pequeña la oferta laboral.

No existe evidencia alguna, pues, para concluir que la inmigración se encuentra relacionada con las tasas de desocupación; más bien los datos de la realidad apuntan a todo lo contrario: allí donde las tasas de ocupación son mayores, se produce mayor presencia de inmigrantes (y viceversa). Desde los años 50, la fuerza laboral se ha más que doblado en occidente pero las tasas de paro a largo plazo han permanecido estables. De igual modo a cuando las mujeres se incorporaron al mercado laboral tras la Segunda Guerra Mundial no les quitaron los trabajos a los hombres, tampoco lo han hecho los inmigrantes.

Como muchos economistas dicen, los inmigrantes no es que no solo hagan el trabajo que los autóctonos no quieren hacer sino que hacen trabajos que no existirían caso de que no estuvieran allí para hacerlos. Digámoslo de una vez: el desempleo nada tienen que ver con la inmigración sino con la poca flexibilidad o las numerosas trabas o encorsetamientos legales en el mercado de trabajo del que se trate.

3. Los trabajadores inmigrantes reducen los salarios de los nacionales: Es un temor que viene de lejos. El economista Thomas Leonard documenta cómo en los EE UU los economistas de la Era Progresiva apoyaban las restricciones a la inmigración y el salario mínimo porque querían cerrar el acceso al mercado laboral a las llamadas "razas de bajos salarios". Es sabido que la llegada de trabajadores inmigrantes está formada por personas de todo tipo, cualificadas y no cualificadas. Este último grupo es el más numeroso pero cumple una función esencial: satisface adecuadamente necesidades existentes en la sociedad de acogida. Aceptan empleos que muchos nacionales no desean, permitiendo a los nativos que asciendan en la escala social y, por tanto, que ganen mayores salarios en su conjunto. Las capacidades de los inmigrantes a menudo complementan las de los nativos del país anfitrión; cuando trabajan juntos producen más y ganan salarios más elevados que si lo hiciesen en países distintos.

Por si esto fuera poco, la llegada de inmigrantes de menores salarios beneficia también a todos los consumidores en general (que pueden disponer de más bienes y servicios por menos dinero) y al empresariado en particular que puede obtener mayores ahorros en costes y extender su producción. Por otro lado, es importante recordar a los preocupados por el descenso de salarios que si el empleador nacional percibe que la oferta de empleo es insuficiente o que los salarios están por encima de mercado de forma artificial acabará por no contratar o por deslocalizar su producción a otro país. Hoy día, gracias a la globalización, los agentes económicos no son ya como el ganado dentro de una granja parcelada.

Es cierto que una pequeña porción de trabajadores nacionales -los menos formados- puede verse afectada por la competencia de los trabajadores inmigrantes, pero no es significativa ya que los inmigrantes suelen competir entre ellos por los mismos trabajos que, además, la gran mayoría de los nativos no demandan. Todo nativista no economista debiera entender que la inmigración no divide una cantidad fija de riqueza (como si ésta fuera estática y hubiera de ser repartida por algún sabio-arrogante planificador) sino que aumenta dinámicamente el bienestar y las oportunidades laborales para todos.

4. Los inmigrantes abusan de las prestaciones sociales y contribuyen poco a ellas: es una inquietud recurrente de los nativistas. Contrariamente a lo que popularmente se piensa, los inmigrantes son atraídos fundamentalmente por los mercados laborales, no por las prestaciones sociales. Solo tenemos que observar que la mayor migración de la historia, la que arribó a los EE UU de 1840 a 1920 y que, entre otros muchos factores, impulsó su transformación de una sociedad atrasada y provincial tras la Guerra Civil a una nación industrial moderna, tuvo lugar sin la existencia de imán alguno de ayudas o programas públicos. Los incentivos eran (y son) otros; esto es, las descomunales diferencias salariales de un país a otro. Cosa distinta es que, una vez emigrados, utilicen también los servicios sociales como cualquier otro trabajador. Pero es que, además, numerosos estudios indican que son contribuyentes netos a las arcas del Estado y, considerados en su conjunto, utilizan bastante menos las ayudas sociales que la media de los propios nacionales que, por el contrario, sí tienden al abuso en algunos casos. Uno de los trabajos más importantes al respecto fue el que publicó Julian Simon en 1989 con el título Consecuencias Económicas de la Inmigración en el que quedaba patente que los inmigrantes hacen a lo largo de su vida laboral contribuciones económicas netas substanciales a los EE UU.

Incluso economistas de libre mercado caen fatalmente en este temor nativista al enfrentarse a la existencia del Estado del bienestar. Cuando fue preguntado Milton Friedman por la inmigración declaró que "es algo bueno para EE UU... siempre y cuando sea ilegal"; es decir, mientras no tenga acceso a los programas de prestaciones sociales. Al final de su vida Rothbard también reconsideró su postura frente a las fronteras abiertas por temor a que se desbocara el gasto asistencial. Recientemente la propia Heritage Foundation se ha manifestado en contra de una amnistía migratoria y ha publicado que supondría un coste de 6.300 millones de USD a la Tesorería de los EE UU pero ignora los efectos del crecimiento económico y las nuevas recaudaciones tributarias que traería consigo dicha medida.

Los inmigrantes recién llegados por lo general son gente joven, saludable y en los inicios de su andadura laboral por lo que no suelen precisar de asistencia o cuidados médicos como le sucede a buena parte de la envejecida población de las sociedades desarrolladas. También los inmigrantes son absolutamente necesarios para sostener el sistema de reparto de las pensiones públicas pues las tasas de natalidad son muy bajas en las sociedades de acogida. En definitiva, un nativista que fuera también un defensor del actual Estado del Bienestar debería no solo guardar sus reproches hacia los inmigrantes sino más bien agradecerles el que acudan a su país para trabajar pues participan así en el mantenimiento del aparato público asistencial. Es cierto que el aumento del gasto del moderno Estado de Bienestar en las democracias industriales se ha disparado en las últimas décadas y que pone en serio peligro la sostenibilidad del mismo pero esto es un problema inherente a los perversos incentivos del propio sistema asistencial, nunca en cualquier caso debido a la inmigración.

5. Los inmigrantes no pueden asimilarse culturalmente a la sociedad de acogida: es una de las mayores preocupaciones de los nativistas pese a que los hechos históricos demuestran una y otra vez que semejante temor es infundado. Los inmigrantes no tienen por qué suponer un peligro cultural para la sociedad de acogida. Cuando se habla de ellos, muchos de nosotros damos por hecho de forma casi irracional que permanecerán siempre como tales, como si se congelara su status de recién llegados para siempre, sin cambiar, sin avanzar económica ni socialmente y sin asimilarse nunca jamás. Es lo que el demógrafo Dowell Myers en su libro Immigrants and Boomers califica agudamente de falacia de Peter Pan. La realidad, obviamente, no es así de inmutable.

Como regla general, se aprecia un patrón muy extendido en todos los inmigrantes: la aculturación o asimilación puede ser escasa o nula en la primera generación, es bastante acusada en la segunda y se completa casi por entero en la tercera.

Alemania, Austria, Francia, Bélgica, Italia o la misma España son ejemplos de países que deben su actual población a gigantescos movimientos migratorios a lo largo de su milenaria historia. Cualquier pueblo europeo que se reclame a sí mismo como población compacta es mera ensoñación.

Los EE UU ha sido el país que más oleadas de inmigrantes ha recibido a lo largo de la historia reciente. En puridad está poblado enteramente de ellos. En el siglo XIX, nos recuerda Jason Riley atinadamente, los inmigrantes irlandeses doblaban en los EE UU las tasas actuales de inmigración. Eran gente harapienta que tuvo que huir de las espantosas hambrunas que asolaron su país a mediados de siglo. Se amontonaban en sus propios guetos donde el crimen, la violencia y las enfermedades eran moneda corriente. La mayoría era analfabeta y no hablaba inglés. Trabajaban en los oficios más humildes y que no se requirieracualificación. Se les tenía estereotipados como gente holgazana, bebedora y camorrista. Parecía en verdad imposible su asimilación. Muchos nativistas de entonces proponían llevarlos de vuelta en barco a sus lugares de origen porque iban a destruir la cultura y las costumbres americanas. Todas esas jeremiadas fueron más que erróneas. En unas pocas generaciones se integraron perfectamente en la sociedad americana. Con el paso del tiempo salieron de entre ellos, además, renombrados abogados, médicos, ingenieros,pintores, escritores y cineastas. También produjeron líderes políticos, civiles y empresariales, incluyendo a Henry Ford.

Otro tanto sucedió entre fines del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX con la llegada de alemanes, húngaros, rusos, italianos, griegos o asiáticos a tierras americanas. El transcurso del tiempo demostró su más que aceptable integración a la cultura americana. Un caso reciente es la asombrosa integración de los vietnamitas en la sociedad americana en un lapso de tiempo relativamente corto. Según los nativistas actuales de los EE UU, los inasimilables ahora son los latinos, especialmente los mexicanos, como nos recuerdan académicos célebres como Samuel Huntington o Víctor Davis Hanson. Es increíble que se tomen en serio dichas cuitas y temores nativistas por personas medianamente informadas y con cierta perspectiva histórica. Parece como si fueran víctimas de un ataque de amnesia colectiva.

6. Los inmigrantes suponen una amenaza para la seguridad de la sociedad de acogida: Esta repetida inquietud de los incansables nativistas demuestra, una vez más, una mentalidad colectivista al tratar a los inmigrantes como un colectivo, no como individuos con libre voluntad autónoma. Además, es falsa porque los datos arrojan otra realidad: las tasas de criminalidad de los inmigrantes no son mayores que la de los nativos. De hecho, legalizar todo lo posible y flexibilizar mucho más el movimiento de entrada a los inmigrantes acabaría con la inmigración ilegal y las mafias que se benefician de ella. Mejoraría nuestra seguridad al hacer aflorar el mercado laboral subterráneo, motivando a los trabajadores legales a, entre otras cosas, invertir en su formación, pagar impuestos, acatar la ley, colaborar más de cerca con la policía y alistarse, incluso, en el ejército del país de acogida como sucede ya con no pocos inmigrantes legales en la actualidad. De esta forma, permitiría liberar cuantiosos recursos de control anti-inmigratorio para dedicarlos de verdad a la necesaria seguridad fronteriza y a las labores de contraterrorismo en el interior para evitar, en lo posible, atentados terroristas o actuaciones de organizaciones criminales.

La inmigración, pese a las erróneas creencias populares que tanto mediatizan las políticas de nuestros gobiernos, no es una seria amenaza para la cultura, la economía o la seguridad del país de acogida.

­Este comentario es parte de una serie acerca de los beneficios de la libertad de inmigración. Para una lectura completa de la serie, ver también I,  II y III.