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La apropiación

El pasado 8 de marzo, como viene ocurriendo en los últimos años, ciudades de casi todos los países occidentales y algunos que no lo son - pero lo permitieron o no lo impidieron - se llenaron de manifestaciones con motivo del Día Internacional de la Mujer (antaño, trabajadora). El evento viene a recordar dos hechos fundamentales que encauzaron el movimiento feminista: un 8 de marzo de 1857, un grupo de obreras textiles decidió salir a las calles de Nueva York a protestar por las condiciones en las que trabajaban, en lo que sería una de las primeras manifestaciones para luchar por la mejora de las condiciones laborales. Un segundo y trágico suceso ocurrió el 25 de marzo de 1911, cuando en la fábrica textil Triangle Shirtwaist de Nueva York, se produjo un incendio que se saldó con 146 trabajadoras muertas, en su mayoría inmigrantes, tragedia a la que siguió una serie manifestaciones y reivindicaciones. Ambos sucesos sirvieron para que la ONU proclamara oficialmente el día en 1975.

En España, este día[1] se celebró con una menor asistencia de partícipes en las concentraciones, pero de manera muy animosa por los que a ellas fueron. Como ya había ocurrido otros años, algunas participantes abroncaron[2] a otras por su presencia al grito de “facha” y otras lindezas, que ensombrecieron un día que debería haber sido únicamente de reivindicación y recuerdo de las mujeres de toda condición que lucharon por tener los mismos derechos legales que los hombres. De alguna manera, sobre todo en estos últimos años, el feminismo ha sido devorado por la izquierda, hasta el punto de que, actualmente, no pocas dirigentes del PSOE o de Unidas Podemos aseguran que es cosa de izquierdas y que la derecha siempre ha sido del lado siniestro del ámbito político. Lo que empezó siendo un movimiento de reivindicación de la igualdad ante la Ley para conseguir los mismos derechos políticos y sociales que los varones, un movimiento que invitaba a un cambio profundo en el modo de pensar de todos, un movimiento donde había mujeres de todo tipo (liberales, conservadoras y, desde luego, de izquierdas) se ha convertido en parte de una ideología revolucionaria, exclusivista, en un club en el que hay unas reglas que, si quieres, acatas, y si no, te enfrentas, que expulsa a los que no aceptan el ideario, que divide a la sociedad en buenos y malos, en apropiados e inapropiados, en víctimas y verdugos. Una división apta para la ingeniería social y el enfrentamiento entre partes. Y me voy a centrar en el concepto de la apropiación.

Desde la renuncia al marxismo por parte de la socialdemocracia y, sobre todo, desde la caída del Muro de Berlín y, poco después, la desaparición de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, la izquierda internacionalista ha estado buscando contenidos con los que rellenar los enormes huecos que han quedado en su apolillado manto ideológico. De esta manera, se ha abalanzado sobre algunos que, no pocas veces, ha perseguido en el pasado y ha potenciado otros que ha ayudado a crear y ha usado generalmente contra Occidente y su sistema de valores. A los más jóvenes, sobre todo a los que no han profundizado en la historia, les cuesta aceptar que tanto las feministas como los homosexuales han sido perseguidos o rechazados por la izquierda en el pasado. En el primer caso, en España, por ejemplo, la izquierda se negó a dar el voto a las mujeres por el temor a que, supuestamente guiadas por la Iglesia, se favoreciera el voto hacia la derecha. Fue el ala liberal el que defendió que la mujer pudiera ejercer el derecho político al sufragio. En cuanto a la homosexualidad, el comunismo consideró ésta como una perversión[3] que, desde luego, debía ser corregida. En este caso, se hermanaron con el movimiento más conservador y, de nuevo, fueron los liberales los que se volvieron más permisivos, si bien ha sido en tiempos mucho más recientes cuando la aceptación social se está consiguiendo[4]. En los años sesenta y setenta del siglo pasado, la URSS promovió y financió los movimientos ecologistas en el bloque capitalista, con ánimo de socavar el sistema y con la excusa de que el sistema capitalista destruía el medioambiente, desestabilizaba los equilibrios ecológicos y acababa con la biodiversidad. Resultaba paradójico que, mientras que estos movimientos protestaban (y sí, es posible que ayudaran a crear un conjunto de normas que mejoraron la relación de los humanos con el mundo que les rodea), los países que los financiaban destruían los ecosistemas a marchas aceleradas.

Sin embargo, es muy difícil en la actualidad desligar la izquierda del feminismo, del movimiento LGTBI o del movimiento ecologista. Hemos llegado a un punto en el que, si una persona tiene cierta simpatía por alguno de estos tres movimientos u otros como el de los inmigrantes, una especie de norma irracional no escrita asegura que sólo puede ser de izquierdas, pues resulta imposible que una de derechas, conservadora, liberal o incluso de centro quiera el bien para las mujeres, los homosexuales, los inmigrantes, los animales o el medioambiente. Además, la cosa no queda ahí, pues también hay una serie de actividades que se asignan a la derecha, incluso que la propia derecha se asigna sin parpadear. La tauromaquia es cosa de fachas, da lo mismo que haya insignes izquierdistas que han sido apasionados de este arte; la caza parece ser cosa exclusiva de señoritos adinerados; incluso en la actualidad, en lo agropecuario hay cada vez menos jornaleros, menos proletarios y se identifica con la derecha frente a la izquierda, más urbanita. La cultura es cosa de la izquierda, como si no hubiera personas cultas (e incultas) en todas partes, con o sin ideología.

La política está adueñándose, se está apropiando de movimientos que nacen en la sociedad civil y que no son bipolares, de izquierda o derecha, de buenos o malos, de los míos o los otros. Defender que una mujer tenga los mismos derechos que un hombre, un homosexual que un heterosexual, que un inmigrante sea igual ante la Ley que un nacional, que se trate correctamente el medioambiente, que se compense por las externalidades negativas, incluso que se prohíban actividades si estas producen daños irreparables, no es de izquierdas o de derechas, no es liberal, socialista o conservador, es algo que se puede defender desde cualquier posición, con mayor o menor acierto, sin necesidad de insultar o derribar a los que no piensan como uno mismo. Cuando la vicepresidente Carmen Calvo dijo que el feminismo era cosa de los socialistas, insultó a un montón de mujeres que, a lo largo de décadas, se han dejado incluso la vida desde diferentes posiciones políticas y sociales para corregir algo que consideraban errado.

Lo que más me preocupa de esta situación no es que la izquierda, e incluso la derecha, intente patrimonializar las causas de los movimientos sociales, sino que las personas lo compren a los Sánchez e Iglesias de turno. Que los rojos, los morados, los azules, los naranjas, los verdes o los amarillos, los ‘indepes’ y los que no lo son, digan “esto es mío y de nadie más” y que les demos la razón.

[1] Polémico por su celebración en plena pandemia de la COVID-19 (declarada oficialmente por la OMS tres días después, el 11 de marzo),

[2] Mujeres, líderes y figuras importantes del Partido Popular y Ciudadanos que quisieron unirse a las reivindicaciones terminaron por abandonar cuando, al ser reconocidas por manifestantes de izquierda y extrema izquierda, éstas las empezaron a abroncar.

[3] Es conocida la aversión de Ernesto ‘Che’ Guevara por los homosexuales, a los que recluía en campos de trabajo.

[4] Al menos en los países occidentales.