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La economía clásica: principios de finanzas públicas

La Escuela clásica de economía se puede decir que comienza con los escritos de la llamada Escuela escocesa: Adam Smith, Adam Ferguson y David Hume. En 1776 se publica La Riqueza de las Naciones, obra de Adam Smith que estaba dirigida fundamentalmente a refutar los principios que guiaban el Sistema mercantilista, para lo cual el autor expone las razones por las que algunas naciones alcanzan a progresar y otras no. Tras los escritos de Smith, el pensamiento clásico continúa con la obra de los economistas británicos Thomas Robert Malthus y David Ricardo, y culmina con la síntesis de John Stuart Mill, discípulo de Ricardo. Cabe destacar dos figuras imprescindibles fuera de las fronteras británicas: Jean-Baptiste Say y Frederic Bastiat.

Se puede dividir la Escuela clásica entre sus ideas filosóficas y las económicas. Las primeras tienen como base la “natural law” afirmando que la naturaleza no es arbitraria, tiene un orden y se puede descubrir mediante la razón humana. Se pueden formular leyes que si son respetadas, son buenas, pues se ajustan a lo que los seres humanos necesitan. Los clásicos se fundamentaban en una economía liberal pero con matices, y ésta debía ser defendida dentro de un marco de leyes. Estas ideas económicas se ven influidas por las del mercantilismo, sobre las que muchos clásicos se van a levantar, y por las de los fisiócratas, que fue una escuela que influyó especialmente a Smith.

¿Cuál es el pensamiento de Adam Smith respecto a las finanzas públicas? Para el autor escocés, las funciones que correspondían al estado eran básicamente tres: seguridad, justicia y algunas obras públicas. Como en otros asuntos, la poca unanimidad entre los clásicos es evidente como demuestra ya en 1848 John Stuart Mill reconociendo otras funciones al Estado.

En La Riqueza de las Naciones se expone claramente cuál era el comportamiento fiscal que el Estado debía mantener y cuáles eran los efectos sobre la economía que dicho comportamiento podía generar:

1) Gasto público: “Lo que es prudente en la conducta de una familia nunca será una locura en la de un gran reino”. El rechazo al despilfarro de recursos tenía que ser mantenido tanto por los particulares como por el Estado.

2) Presión tributaria: Adam Smith ya en 1776 había entendido los efectos que una elevada presión tributaria tendría sobre la economía siendo precursor de la idea que siglos más tarde haría famoso al economista americano Arthur Laffer.

3) Deuda pública: Adam Smith admite otras circunstancias fuera de tiempos de guerra por las cuales el Estado estaría obligado a endeudarse: desastres de la naturaleza, hambrunas, pestes, etc. Los efectos de una política de endeudamiento permanente también estaban presentes en la obra de Smith: “Cuando el gasto público es financiado mediante deuda perpetua, es sufragado mediante la destrucción anual de algún capital que existía antes en el país, por la desviación dañina de una fracción del producto anual que se destinaba con anterioridad a la manutención del trabajo productivo hacia la de trabajo improductivo”. A lo largo de La Riqueza de las Naciones, Smith deja muy en claro que lo ideal sería ir cancelando la deuda cuando el hecho extraordinario que llevó al estado a emitirla sea superado. Es decir, sería necesario mantener un superávit primario suficiente para que el Estado pueda generar un excedente para pagar paulatinamente la deuda.

4) Emisión monetaria: Queda bastante claro el posicionamiento del escocés respecto a la emisión pública de moneda en el siguiente extracto de su famosa obra: “Una vez que las deudas públicas han alcanzado un cierto nivel, creo que no hay ni un solo caso en que hayan sido pagadas de forma honesta y completa. La liberación de los ingresos públicos, si es que se ha producido, siempre ha ocurrido mediante una quiebra, a veces declarada y siempre efectiva, aunque frecuentemente mediante un pago simulado. La medida más habitual para disfrazar la quiebra de la hacienda pública a través de un pago simulado ha sido la elevación de la denominación de la moneda... Un pago simulado de esta clase (...) extiende la calamidad a un notable número de otras personas inocentes. Da lugar a una subversión generalizada y sumamente perniciosa de las fortunas privadas; y en la mayoría de los casos enriquece al deudor ocioso y despilfarrador a expensas del acreedor trabajador y frugal, y transfiere una gran parte del capital nacional desde las manos que probablemente lo acrecentarían y mejorarían hacia las que probablemente lo disiparán y destruirán”.

Resumiendo, para la economía clásica estaba claro que:

  • La responsabilidad que un individuo particular tiene sobre su política de gastos y comportamiento financiero tiene que ser replicado en el sector público.
  • La política de endeudamiento que un individuo tiene en su vida privada está orientada hacia un comportamiento responsable: cuando toma una deuda, la persona asume una responsabilidad personal frente al acreedor y se hace cargo de un pasivo personal. Si el deudor privado no paga la deuda, el acreedor puede ejecutarle las garantías (activos o patrimonio personales). Por lo tanto, una persona actuando en el ámbito privado solamente se endeudará de manera prudente.
  • La política de endeudamiento del sector público está orientada a un comportamiento irresponsable: cuando el estado se endeuda, no existe ningún pasivo de carácter personal, ni activos o patrimonios que liquidar parte del acreedor en caso de no pago. Por lo tanto, una persona actuando en el ámbito público tenderá a mantener una política de endeudamiento imprudente.
  • La elección entre financiar el gasto mediante impuestos o hacerlo a través de endeudamiento es una decisión sobre el momento de pago del gasto público: en el primer caso, son los beneficiarios del gasto público los que deben hacerse cargo del coste financiero mientras que en el segundo caso, son las generaciones futuras las que deben afrontar el costo de pagar los gastos que beneficiaron a las generaciones anteriores.
  • El endeudamiento del sector público era un signo de despilfarro de recursos en tiempos de paz o normales. Además se le generaba a las generaciones futuras de contribuyentes una carga fiscal elevada.

En función de lo anterior, Buchanan resume cuáles eran los principios de las finanzas públicas clásicas:

  • En situaciones normales, el presupuesto público debería estar equilibrado. Esto se debe a que el sector público tiene un sesgo a endeudarse más allá de lo razonable.
  • En situaciones extraordinarias, es atendible que el Estado se endeude para poder financiar el gasto extraordinario. Una vez que este gasto no tenga razón de existir, el Estado deberá lograr un excedente para cancelar la deuda.
  • El nivel de presión tributaria debía ser aquella que permitiera financiar las funciones propias del Estado y no otras. De lo contrario, los efectos de una elevada presión tributaria serían negativos sobre las actividades productivas: evasión, contrabando, destrucción de empleos y capital, reducción de ingresos, falta de incentivos a ahorrar e invertir.
  • También los límites a la emisión monetaria debían ser estrictos para el Estado, ya que la aplicación de una política de financiamiento de gasto público a través de esta vía también generaba efectos negativos sobre la economía, además de reflejar la quiebra del Estado. En gran parte del siglo XIX la política monetaria de aquellos países que, en mayor o menor medida, seguían las recomendaciones de la economía clásica, fueron aquellos donde existía un régimen monetario bastante rígido: el patrón oro. Esto generaba límites y restricciones precisas sobre la emisión monetaria de los Estados.

La mayor participación del Estado en la vida de las personas ha sido consecuencia (entre otros factores) de un cambio en el paradigma desde la economía clásica hacia lo que se conoció como “La nueva economía”, representada ésta última por las ideas de John Maynard Keynes. El cambio de las ideas económicas predominantes en el mundo, significó también un cambio en los principios de las finanzas públicas.