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La guerra y la salud del Estado

Randolph Bourne lo expresó como nadie, antes o después de él. “La guerra es la salud del Estado”, dijo en un ensayo escrito como respuesta de la entrada de los Estados Unidos en la Gran Guerra.Hay tres síntomas claros de todo ello: el primero es el aumento del poder estatal, el segundo la merma de libertades personales y el tercero la milagrosa conversión de las medidas urgentes en permanentes y las especiales en generales. Veamos cómo se operó ello en los Estados Unidos de las dos guerras mundiales poniendo unos pocos ejemplos:

I Guerra Mundial

1) Aumento del poder central. El Gobierno de los Estados Unidos creó más de 5.000 agencias gubernamentales y nacionalizó los mercados de la construcción naviera, el ferrocarril, el teléfono y el telégrafo. Comenzó a inmiscuirse en el mercado laboral, y en los mercados petrolero y energético, en las materias primas, en los productos manufacturados, en el comercio internacional. Hoy estamos acostumbrados a esto, pero entonces eran auténticas novedades.

2) Ataque a las libertades. La ley de espionaje de 15 de junio de 1917 penalizaba a quien obstruyera los servicios de reclutamiento con penas de hasta 20 años. La Ley de Sedición, de mayo de 1918, impuso penas criminales igual de duras a delitos como la expresión de opiniones críticas con el gobierno, contra sus símbolos, o la crítica a la movilización general de los recursos para la guerra. En concreto, se puede perseguir a quien haya impreso “un lenguaje desleal, profano o abusivo que muestre desprecio, escarnio o discrepancia sobre la forma de gobierno de los Estados Unidos, la Constitución, o las fuerzas armadas o navales, o la bandera de los Estados Unidos, o los uniformes de las fuerzas armadas o navales”. Se persiguió a 2.000 personas bajo esta ley. Una vergonzosa sentencia del Tribunal Supremo, con el Juez Holmes de presidente, aprobó la condena de un particular que había criticado la Ley.

Lo que consiguió el Gobierno fue la censura de todo material impreso, la deportación de centenares de extranjeros sin un juicio contradictorio. La cosa llegó tan lejos como para que en California se arrestara a un ciudadano por la lectura en público de la Carta de Derechos de los Estados Unidos. En New Jersey se detuvo a otro por la lectura en público de la Constitución. Hubo una propaganda pública brutal, y los ciudadanos alemanes, que fueron fundadores de esa nación, sufrieron indeciblemente. Tras la entrada americana en la guerra, varios periódicos progermánicos y anti-intervencionistas fueron vetados del sistema nacional de correos, entonces muy necesario para su distribución. Se prohibió la enseñanza del alemán en las escuelas y las estanterías de las librerías veían como los libros firmados por autores alemanes, como Goethe o Kant, desaparecían.

3) Las leyes excepcionales están para quedarse. Cuando la guerra terminó, parte de sus controles se abandonaron. Pero no todos. Muchos de los poderes ganados por el Estado bajo la excusa de la excepcionalidad se repartieron entre los ministerios. Se mantuvieron leyes como la Ley de Espionaje. Las nacionalizaciones del ferrocarril o de la construcción naviera, entre otras, se mantuvieron. Se mantuvo también la prohibición del consumo y tráfico de alcohol, por cierto. La “ley seca” que dejó las consecuencias que todos sabemos.

II Guerra Mundial

1) y 2) Aumento del poder estatal y declive de las libertades. En agosto de 1940, FDR aprobó la conscripción en tiempo de paz, lo que no tenía precedentes en la historia de los Estados Unidos y hubiera sido considerado inaceptable por sus Fundadores. Lo hizo en primer lugar en la población entre 21 y 35 años, en un comienzo, para extender más tarde la horquilla de edad hasta comprender de los 18 a los 45 años. Finalmente, de los 16 millones de personas que sirvieron en la guerra, 10 millones eran conscriptos.

Por supuesto, si el Estado puede disponer de la vida de sus ciudadanos, qué decir de su propiedad y del resto de derechos. En 1942 se aprobó la Segunda Ley de Poderes de Guerra, que autorizaba a las agencias gubernamentales a tomar posesión de cualquier propiedad que consideraran necesaria para la guerra, a cambio de una compensación. Pero esto no era nada en comparación con lo que la ley decía del Presidente de los Estados Unidos. “Cuando sea que el presidente considere que el cumplimiento de los requerimientos para la defensa de los Estados Unidos resultarán en una escasez en la oferta de cualquier material o de cualquier recurso para la defensa, el Presidente podrá distribuir este material en interés público y para promover la defensa nacional” y lo podía hacer “como considere necesario o apropiado”, es decir, con total arbitrariedad. Un poder que luego distribuiría por varias agencias gubernamentales. El gobierno, de hecho, nacionalizó varios recursos, e incluso industrias enteras, como las minas de carbón.

3) De lo excepcional a lo permanente. Era una situación excepcional, que merecía, se decía entonces, medidas excepcionales. Muchos de los controles que se permitieron durante la II Guerra Mundial se revocaron. Pero de nuevo no todos. Se cumple una vez más una ley inexorable de ciertas medidas excepcionales, y es que llegan para quedarse de por vida. Como ejemplo podré el sistema de mantenimiento de los precios agrícolas, que sigue funcionando hoy día. Se mantuvieron también los controles de rentas en Nueva York, con efectos desastrosos sobre la ciudad, así como los tipos impositivos, sin precedentes en la historia de ese país.

Hay elementos para pensar que está ocurriendo lo mismo en la actual “guerra contra el terrorismo”. Si, como dicen los neoconservadores, quienes nos atacan lo hacen por lo que somos y no por lo que hacemos, abandonar lo que nos caracteriza, nuestras libertades, supone caer en una política de “apaciguamiento” involuntaria pero muy perjudicial.