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La imposibilidad del 'fact-checking'

Una de las situaciones que me producen más ternura, y algo de vergüenza ajena, es cuando un periodista relata cómo la vocación nació en él al ver alguna de las famosas películas sobre el oficio, y se lamenta de que la vida real no esté a la altura de su noble profesión.

La verdad es que decir algo así solo está al alcance de un tipo de persona con una capacidad de autoengañarse muy por encima del promedio. Por ejemplo, cualquier informático que se haya acercado a esta profesión por ver a algún actor teclear como un loco con cinco monitores delante o saltando cortafuegos como el que esquiva charcos en un día lluvioso, una vez entra en contacto con la realidad jamás se le pasaría por la cabeza recordar esas películas, si no es, claro, para troncharse de risa con los compañeros de profesión.

Pero claro, el periodismo siempre compila, así que te puedes pasar 20 años viendo que te dedicas a consolidar tus sesgos, los de tu medio y los de tus clientes y seguir pensando que eres un tipo especial en busca de la verdad allí donde nadie más se atreve a adentrarse.

Es verdad que existió una época dorada del periodismo. Fue aquella de los periódicos de papel, donde la mayor parte de la población ilustrada consumía diariamente media docena de publicaciones. Muchos lectores con cierta cultura repartidos entre pocos medios lleva aparejado un alto nivel de exigencia a los periodistas que trabajan en ellos.

Pero ese nivel de exigencia nunca tuvo mucho que ver con la realidad de los hechos; eso nunca le ha importado a nadie. Ni a los periodistas, ni a su audiencia.

Un buen periódico era aquel que te hacía unas buenas criticas culturales, te ponía al día de los sucesos locales, te narraba de forma amena los conflictos internacionales y te daba algún tema de conversación a utilizar en el café, para después de todo esto, o antes, contarte lo malos que son los adversarios políticos a su línea editorial y lo buenos que son los propios.

Y un periódico excepcionalmente bueno era capaz de hacer lo primero metiendo pequeñas señales que reafirmaban al lector en los sesgos del diario, para así no tener que esforzarse mucho cuando se redacte la sección de política.

Con la popularización de internet, y la dispersión de los lectores, todo esto ha llegado a su fin. El periodista añora la época en la que 40 páginas de entretenimiento bien redactado le daban la posibilidad de meterle en vena a sus lectores sus sesgos ideológicos con un aura de credibilidad social absoluta.

Pero un acceso fácil a la información tiene su parte mala: los bulos. Antes la gente más crédula se veía obligada a informarse por medios de comunicación que consumía sus conciudadanos más escépticos. Por ello accedían a información menos disparatada que si la tuvieran que filtrar ellos. Una vez que eliminas al intermediario todos somos libres de consumir las fuentes que más se adapten a nuestros gustos. Y eso lleva a una parte de la población al consumo de verdadera porquería.

Y aquí aparece el tren donde todos los periodistas se quieren subir: los fact-checkers. Al fin y al cabo, si el problema lo ha creado la desaparición del intermediario, tiene sentido volver a ejercer de filtro de información y salvar a la sociedad de las fakes news.

Donde había un buen diario, ahora habrá un buen verificador de hechos. Un bulo de la homeopatía por aquí, una chorrada de los antivacunas por allá, alguna mentira de la alt-right y ya podremos pasar por la picota a esos tipos que hablan de las denuncias falsas con renovada aura protectora.

Y para conseguir un verificador excepcional podremos hacer lo mismo, pero más disimulado. Total, hay muchos hechos que verificar, solo los frikis van a llevar la cuenta de cuántos son del sesgo de la dirección del fack-checker y cuántos no.

La realidad es que este tipo de filtros sólo sustituyen a los periódicos en la sensación grata que produce al que los consume cuando le ven llevarlos debajo del brazo. La información, por ahora, sigue siendo accesible por una simple búsqueda. Eso provoca que las personas escépticas prefieran su propia verificación (búsquedas propias, cuentas y blogs especializados, etc.) y los crédulos pasan a leer en sus medios conspirativos favoritos que no crean nada de los que salga de un verificador, algo que dejará a sus cerebros más tranquilos.

Aunque siempre que una idea mediocre no tiene éxito no hay que descartar que la tropa que la ha abrazado nos la quiera imponer a todos. Por eso es bueno repetir una y otra vez un hecho que sí es verdadero: no existe tal cosa como el fack-checking. Existen algunas ideas tan disparatadas que pueden ser falsables para la mayor parte de la sociedad (debate aparte es si es verdaderamente necesario destinar tantos recursos a realizarlo salvo en casos muy concretos), pero la mayoría de lo que una parte de nosotros considera hechos probados son muy discutibles para la otra. Es un defecto con el que venimos de serie y del que solo se puede escapar en el cine.

Por la misma razón habrá mucha gente que no comparta lo que acabo de decir, así que voy a intentarlo con una verdad aún más evidente; si algún día el ser humano dispone de una herramienta que le permita escapar de sus sesgos y le muestre la realidad tal cual es, podemos tener algo por seguro: no la habrá desarrollado un periodista.