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La libertad como proceso discriminatorio

La acción humana es la categoría irreductible a partir de la que podemos derivar toda la ciencia económica. El hombre actúa para pasar de una situación menos satisfactoria a otra más satisfactoria (en caso contrario no actuaría). A la situación más satisfactoria apetecida la denominamos fin, y al conjunto de etapas que separan la situación actual del fin, medios.

No tiene sentido hablar de acción humana sin hacer referencia a fines y medios. Sin fines el hombre no actuaría (estaríamos hablando solamente de actos reflejos, sin importancia alguna para las relaciones económicas) y sin medios no habría diferencia entre la situación actual insatisfactoria y el fin (de manera que no sería necesario actuar, pues ya nos encontraríamos en la situación apetecida).

Este mismo análisis nos sirve para establecer las bases de nuestra libertad. Si no se nos permiten elegir entre nuestros fines, no somos libres, sino esclavos de quien nos los marque. Así pues, toda acción supone una elección entre los distintos fines humanos. Si no hubiera elección tampoco habría propiamente acción, sino reacción. Perseguiríamos el único fin existente, no tendríamos alternativa.

Toda acción implica elección y toda elección supone forzosamente una discriminación, un juicio valorativo entre los distintos fines. Si eligiéramos sin discriminar estaríamos ante una libertad pervertida; en realidad, el resultado de la elección estaría predeterminado.

De la misma manera, si no nos permiten elegir los medios que juzgamos (a través de la discriminación) más útiles para los fines que ya hemos elegido, no seríamos libres. Primero, porque al imponer los medios estaríamos marcando indirectamente los fines (si no tengo acceso a líquido alguno no puedo saciar la sed); segundo, porque si permitimos al ser humano una discriminación entre un rango de medios menos eficientes (por ejemplo, prohibirle viajar en coche, pero permitirle la bicicleta), provocamos una satisfacción de los fines menos satisfactoria y más costosa.

En otras palabras, no conseguiremos exactamente los fines que nos habíamos propuesto (sino una meta ligeramente similar) y, al ocuparnos un mayor tiempo, tendremos que renunciar a otros fines que hubiéramos satisfecho en ese período (si tardo una hora más en llegar a casa del trabajo, dispongo una hora menos de tiempo para satisfacer mis necesidades). En ambos casos, estamos indirectamente imponiendo o prohibiendo ciertos fines.

La capacidad para establecer nuestros fines sin interferencias ni coacciones se llama libertad de conciencia. La capacidad para controlar y elegir nuestros medios, propiedad privada. Cuando tenemos control sobre unos y otros el ser humano ejerce plenamente la llamada “función empresarial”: buscar los fines más satisfactorios y los medios más adecuados para ellos. Si esa función empresarial es restringida de alguna manera, nos encontramos con una coacción típicamente socialista que obstaculizan el progreso social. El individuo no alcanza los fines más apetecidos y su libertad se ve aplastada por mandatos coactivos que lo dirigen a objetivos no deseados o menos deseados.

De hecho, el comunismo pretendía construir un nuevo hombre. Los fines individuales debían estar sometidos a una supuesta finalidad histórica aprehendida científicamente. Hoy en día el democratismo sustituye este científico fin histórico por el fin del pueblo expresado en las urnas. En cualquier caso, la libertad de elegir los fines y la propiedad privada debe ser eliminada; todo queda subordinado al interés general, cuyo realizador último es el Estado.

Estos mecanismos de control, pues, no han desaparecido en absoluto. Los impuestos nos privan de los medios que necesitamos para alcanzar nuestros fines; la discriminación positiva restringe nuestra capacidad de decisión sobre nuestra propiedad; ciertos tipos de regulaciones nos obligan a perseguir ciertos fines (servicio militar obligatorio) o nos impiden alcanzar otros (prohibición del consumo de drogas).

En cualquier caso, se nos impide discriminar entre fines y medios. El Estado, basándolo en diferentes pretextos, nos impone su elección. Seguimos sin ser libres.