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La lógica económica de los préstamos

El título de este artículo parece invitar a una reflexión trivial. Y quizá lo sea. Pero nunca está de más revisar cosas que damos por supuestas a la luz de nuevas reflexiones, yo me he llevado más de una sorpresa agradable.

El arranque de mi reflexión sobre el tema está en los micro-créditos. La función social de esta figura es muy alabada. Como su prefijo indica, son créditos de bajo importe que se conceden a personas de rentas muy reducidas, típicamente en países en desarrollo. Para tener una idea de su dimensión, se utilizan para comprar una bicicleta o una máquina de coser, cuya posesión, sin embargo, puede cambiar radicalmente la vida del afectado. La cuestión es por qué estas personas no podían hacerse con tal bien en ausencia de tal microcrédito: si son capaces de devolver el dinero, ¿por qué no eran capaces de ahorrarlo?

La razón es fácil de encontrar a poco que se piense sobre ello, y tiene que ver con la productividad. Con la estructura de activos inicial, el individuo no es capaz de generar una renta que le permita el ahorro; tiene lo suficiente para vivir, pero ya está. Con el microcrédito, adquirirá un activo que le permitirá incrementar la productividad de la estructura de producción y, en consecuencia, su renta. Ahora sí está en condiciones de generar un exceso para devolver el dinero prestado. Por supuesto, esta decisión es empresarial y está sujeta a incertidumbre y error, por lo que tal vez no pueda devolverlo si ha errado sus anticipaciones, pero la explicación no cambia: el préstamo invertido de forma adecuada incrementa la productividad y la renta del individuo, y genera un círculo virtuoso que le puede sacar de la pobreza.

Esta es la lógica económica de todos los préstamos a la producción, al empresario sí se quiere. La clave es el incremento de productividad que consigue con el nuevo activo, y así el préstamo permite romper el régimen estacionario de insuficiencia de renta para ahorrar.

Junto a los préstamos a la producción, existen otros que quizá son los más familiares para la mayoría de nosotros. Son los que llamaré préstamos al consumo, y entre ellos me permito incluir la tradicional hipoteca que tantos sufrimos o hemos sufrido. Obsérvese que en este caso no se incrementa la productividad del individuo. En principio, la renta permanecerá invariable tras el préstamo recibido, y lo único que pasa es que el individuo será más feliz al haber accedido a un bien con anterioridad a lo que su ahorro le permitía.

En este caso, la renta del individuo sí le permite el ahorro para adquirir el bien de consumo. Lo que ocurre es que para llegar a disfrutar del bien necesitaría un periodo más o menos largo de ahorro, durante el cual no lo podría hacer. En estas condiciones, el préstamo al consumo anticipa ese disfrute, con lo asunción implícita de que renta del prestatario se mantendrá razonablemente constante en el tiempo.

Desde la perspectiva del prestamista, la gestión cambia completamente. En el primer caso, la devolución del préstamo está supeditada a que “cambien” las cosas para el individuo que recibe el dinero y éste pase a generar más riqueza que la actual; en el segundo, en cambio, ocurre lo contrario, la devolución dependerá básicamente de que no cambien mucho las cosas para el prestatario, ya que si su renta baja la devolución del préstamo podría entrar en riesgo.

Ello permite anticipar que los préstamos a la producción (a empresarios) tenderán a ser más caros, ceteris paribus, que los préstamos al consumo. Como se acaba de describir, el riesgo parece menor en el segundo caso que en el primero.

Así que, en términos económicos, podemos distinguir dos tipos de préstamo: el de producción y el de consumo. ¿En cuál de estas categorías cabe incluir los préstamos a los Estados? A priori, alguien diría que dependerá de la finalidad a la que se dedique el dinero. Pero también sabemos que el Gobierno no puede ser eficiente en el emprendimiento porque no internaliza ni costes ni beneficios. Ergo, por mucho que alguien tratara de calificar un préstamo al Gobierno como de producción, solo lo sería estrictamente si el dinero prestado lo fuera con el objetivo de subir impuestos o tasas, que son los ingresos del Estado.

No digo que no haya de estos últimos, pero sí me atrevería a decir que la gran mayoría de los préstamos que recibe el Estado son, en consecuencia, préstamos al consumo. En otras palabras, cada vez que crece la deuda pública, la asunción implícita es que el Estado (o el país) está anticipando el consumo de un bien, que eventualmente podría llegar a adquirir ahorrando parte de su renta presente.

Lógicamente, no son préstamos de los que quepa esperar un aumento de la productividad ni, por ende, de la riqueza. Si el Estado se endeuda para pagar a funcionarios o pensionistas, nadie puede esperar razonablemente que en algún momento crezca por ello la renta del Estado.

Y de aquí la triste conclusión a la que llego tras estas líneas: viendo el cambio radical que para las vidas de los individuos pueden suponer los microcréditos, constato con pesar que la vida de los mayores receptores de dinero prestado no cambia en absoluto, salvo a peor. Imaginen que ese dinero, en vez de recibirlo los Estados para su consumo, lo recibieran los pequeños empresarios de países en desarrollo. ¿No estaríamos más cerca del fin del hambre y de tantas calamidades que nos asolan?