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La mayor de las fake news

Corren tiempos donde nos enfrentamos a la posverdad y en los que las fake news se han convertido en algo cotidiano y supuestamente determinante en la política. Sin duda alguna, se trata de un fenómeno preocupante. Y, de hacer caso a políticos y medios de comunicación, parece ser algo novedoso. Pero no lo es. En realidad, ante lo que nos encontramos no es otra cosa que la mentira y la propaganda basada en esta última, algo que siempre ha existido.

Una de las mayores fake news es que las fake news son algo nuevo.

Políticos y medios de comunicación alertan por igual sobre la gravedad de la amplia viralización de falsas noticias. Y en eso tienen razón. Es, además, la excusa perfecta para justificar cualquier fenómeno. ¿Donald Trump ganó las elecciones? La culpa es de las fake news reproducidas miles de veces en las redes sociales. ¿La mayor parte de los británicos votaron a favor del brexit? Lo mismo. Es indudable que la difusión de mentiras y rumores (con casi seguro origen en Moscú) destinados a influir en esas votaciones es algo real. Pero no sirve por sí sola para explicar esos resultados. La propaganda cala allí donde existe un caldo de cultivo para ello; donde hay bolsas de población descontentas dispuestas a tomar por real cualquier falsedad que justifique su malestar o frustración.

Los servicios secretos rusos son maestros en la difusión de propaganda tanto hacia el interior de su país como hacia el exterior. Ya lo eran durante los últimos decenios de la época zarista, pero alcanzaron niveles de maestría en tiempos de la URSS. Ahora, a las órdenes de Vladimir Putin, han logrado conjugar a la perfección todo lo aprendido durante más de un siglo con las oportunidades que ofrecen las redes sociales. Sin embargo, si se les combate de forma equivocada nos enfrentamos a un peligro que puede ser aún mayor.

Cada vez son más los políticos que propugnan medidas para combatir las fake news desde el poder estatal. Y no faltan periodistas que les dan la razón. Uno de los últimos en hacerlo ha sido el presidente francés, Emmanuel Macron. Antes lo han hecho otros, como la ministra española de Defensa, María Dolores de Cospedal. Con independencia de los detalles, lo que proponen estos gobernantes es el establecimientos de mecanismos destinados a castigar a empresas como Facebook por la difusión de esas noticias falsas (o premiarlas por la promoción de contenidos procedentes de medios de comunicación “fiables”). El peligro de esto es que, para que esto fuera posible, el Estado se tendría que arrogar la autoridad para definir de forma oficial qué es verdad y qué es mentira.

Por mucho que nos moleste, y aunque no se establezcan supuestas “verdades oficiales”, hasta la difusión de mentiras ha de ser libre. De hecho, tratar de prohibirla es hasta contraproducente. Imaginemos que se bloquea o dificulta la difusión de contenidos de la cadena rusa RT (una herramienta brutal de propaganda) o la iraní Hispan TV (no menos intoxicadora y propagandística). En ese momento, los vasallos ocultos de Moscú y Teherán en la política y los medios (que existen) resultarán más creíbles cuando digan que esos medios son víctimas de una persecución por parte de los poderes occidentales.

La censura (total o matizada) y el establecimiento de “verdades” y “mentiras” oficiales no son la mejor herramienta de combatir la propaganda ahora llamada fake news (provenga de Moscú o de la sede de un partido político cualquiera). De hecho, es la peor. Cuando se le permite al poder decidir qué es cierto y qué no lo es, siempre termina por difundir sus propias mentiras. Sólo la libertad de expresión, permitiendo que cada persona pueda valorar qué fuentes merecen su credibilidad y cuáles no, puede servir para enfrentar eso que ahora llaman post-verdad. Decíamos más arriba que una de las mayores fake news es que las fake news son algo nuevo. Existe otra incluso más importante:

La mayor de las fake news es que el Estado puede protegerte de las fake news

Comentarios

Anónimo

No nos puede proteger de las fake news ni de nada, porque el Estado representa la peor agresión, la legalizada y admitida