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La no tan extraña alianza entre el ecologismo radical y la pandemia

La gran capacidad infecciosa de la covid-19 y la incapacidad de la mayoría de los sistemas sanitarios para contener esta pandemia en estado descontrolado, además de la falta de atención de ciertos gobernantes ante los primeros avisos, quizá más preocupados en asuntos domésticos y/o ideológicos, y así como su incapacidad para gestionar esta tremenda crisis, han provocado que media humanidad haya sido confinada, con mayor o menor contundencia, en sus casas para reducir las tasas de contagio, evitar un daño aún mayor y permitir a los sistemas sanitarios tratar lo mejor posible a los afectados[1]. En esta situación de crisis profunda, los movimientos más radicales usan el miedo, la incertidumbre y dolor de muchos para hacer más fuertes sus mensajes, achacando las desgracias que ahora vivimos a sus más íntimos enemigos. Si bien ahora mismo el cambio climático y el daño sobre el medioambiente es una de las preocupaciones menos relevantes de la humanidad, es cierto que los ecologistas más radicales usan la pandemia para anclar sus ideas en los afectados.

Todos hemos leído alguna vez ese eslogan ecologista de que el ser humano es un virus para la Tierra, que daña irremediablemente sus ecosistemas, que explota sus recursos sin medida, que está acabando con la capacidad de regeneración de la naturaleza y que contamina de mil maneras lo que tiene alrededor y que no se hace nada para evitarlo. Este mensaje se ha articulado a lo largo de las últimas décadas de manera más o menos exitosa. Si nos ponemos retrospectivos, pero con perspectiva de siglos, veremos que la filosofía subyacente en él no es nueva, pero lo que entonces estaba en juego era, entre otras cosas, el sistema político, el moral, las tradiciones o los excesivos lujos en contraste con la fuerte pobreza. En todos ellos, la humanidad estaba perdida, también irremediablemente, y como consecuencia de sus pecados, recibía un castigo en forma de pestes, hordas de salvajes que destrozan todo, catástrofes naturales y cualquier otra cosa que dañe de manera evidente todo lo dado por seguro.

La covid-19 es, por tanto, un “castigo de la Naturaleza”, así con mayúsculas, por los desmanes medioambientales que hemos perpetrado. Esta afirmación se deja leer en las redes sociales, en algunos artículos y blogs con cierta frecuencia. Semejante sentencia es fácilmente refutable. No es la primera ni será la última pandemia que afecte a los seres humanos; desde la peste, que a lo largo de la Antigüedad afectó a territorios y urbes. Destaca la famosa peste negra del siglo XIV, pero también en épocas más recientes la mal llamada gripe española (cuyo origen parece que también está en China, aunque otras teorías lo sitúan en EE. UU. o los campos de Francia) o, aún más recientemente, las habituales del ébola, que afectan a ciertas zonas de África, el SARS o la gripe aviar. Es decir, de manera recurrente, nos enfrentamos global o localmente a enfermedades infecciosas y no porque hayamos presionado demasiado a la Tierra, sus ecosistemas y recursos. La diferencia es que, mientras que, en épocas pretéritas, la ausencia de conocimientos y la necesidad de dar un sentido a este desastre se achacaba a castigos divinos o fuerzas diabólicas, en la actualidad se sabe con cierta profundidad cómo actúan los agentes infecciosos y cómo se pueden parar, o al menos, tenemos las herramientas para, con tiempo, pararla.

El segundo argumento es que si, de alguna manera que escapa a mi comprensión, el planeta se “vengase” del humano, semejante situación no explicaría que otras especies distintas a la nuestra también tengan con cierta frecuencia plagas que las dañan o, incluso, las extinguen. Tal es el caso de mixomatosis de los conejos y otros lagomorfos, la grafiosis de los olmos o la que, desde hace cierto tiempo, parecen soportar los anfibios. ¿Acaso los conejos, los olmos o las ranas han dañado irremediablemente los ecosistemas y deben ser castigados? Las epidemias y pandemias forman parte de los sistemas ecológicos y, desde un punto de vista evolutivo, atacan a los individuos que menos preparados están para la supervivencia y dejan poblaciones más fuertes, al menos ante esos agentes infecciosos.

Sin embargo, estos eslóganes siguen teniendo éxito porque no pretenden un debate racional y lógico, en este caso sobre la naturaleza de las pandemias, sino atraer a personas que buscan consuelo sobre un mal, real (como es el caso) o ficticio, que les afecta. Son mensajes fáciles de entender, que no suponen un esfuerzo intelectual, que generan conexiones rápidas con lo que les aqueja, el por qué y cómo evitarlo, incluso quiénes son los culpables y, desde luego, quién debe llevar el timón para solucionarlo. Esto último es la clave cuando lo que se pretende es la instauración de una ideología, un sistema social o económico y el control del poder. Los eslóganes son muy eficientes para los ingenieros sociales de todo tipo. La pandemia de la covid-19 se ha convertido en herramienta para intentar conseguir muchas revoluciones pendientes.

Desde el punto de vista del ecologismo radical, lo que primero se ha reforzado es la idea de que el hombre es la entidad dañina y que la respuesta del planeta ha sido la covid-19, al menos esa es la argumentación del grupo radical ecologista Extinction Rebellion. Desde esta posición, es relativamente fácil llegar a que la solución puede pasar por el genocidio o, al menos, por la toma de medidas políticas y sociales dirigidas a la reducción de la población. No es la búsqueda de la pureza de raza que pretendían los nazis, la creación de unos individuos genéticamente mejorados a través de la eliminación de enfermos o poco dotados como hace la eugenesia, sino que lo que se pretende es la supervivencia del ecosistema global dañado por la actividad de los humanos a través de la eliminación de estos o la reducción de su número. Es posible que el hombre como especie tenga su sitio en la nueva situación, pero esto sería en unas condiciones concretas y limitado a ellos mismos, de alguna manera aislado del resto. La sostenibilidad vendría a través del control de la población, con lo que volveríamos a proponer el maltusianismo como guía política.

Quizá nos sorprendan los movimientos antivacunas, pero entrarían de pleno en esta perspectiva genocida, si se me permite. Incluso los antivacunas no pueden rebatir racionalmente que su forma de enfrentarse a ciertas enfermedades está condenada al fracaso, pero siguen insistiendo en lo artificiales y dañinas que son sus némesis, los medicamentos en general y, ya puestos, la industria farmacéutica. Muchos de estos movimientos de lo que yo llamo la “new new age” con su vuelta a lo “tradicional”, con la sustitución de la ciencia en lo sanitario por “energías”, “meditaciones” y otros sistemas alternativos, su rechazo a los avances en la agricultura (transgénicos básicamente) y la vuelta a sistemas menos eficientes de explotación agropecuaria pero más “naturales”, conllevarían, de tener éxito, una mortalidad excesiva, ya sea por enfermedad o por hambruna. Distopías como la que se plantea en la novela de William F. Nolan y George Clayton Johnson, La Fuga de Logan, publicada en 1967 y que luego fue llevada al cine en 1976, en la que las personas viven en una especie de mundo feliz, bajo cúpulas, hasta la edad de los 21 años cuando son sedados (que es lo mismo que asesinados), serían creíbles en estas situaciones.

Es muy difícil, aunque no imposible, que el ecologismo radical tenga éxito político. Sin embargo, sí que es exitoso a la hora de plantear estas impactantes ideas, siempre simples, siempre falsas, pero razonablemente efectivas para hacernos “pensar”, y que sobre ellas cabalguen otras formas de totalitarismo que se postulen como alternativas menos radicales, más centradas, más intermedias, más aceptables. Por ejemplo, la pandemia de la covid-19 nos ha llevado a cerrar fronteras e impedir el tránsito de la gente. Es evidente que este cierre total no se va a mantener, pero está claro que los que se postulan contra el libre intercambio de mercancías y el libre tránsito de personas, amparándose en cuestiones sanitarias, tienen poderosos argumentos para que, al menos, algunos políticos tomen medidas en esta dirección, incluso en la UE, o que se replanteen las zonas de libre comercio y el hasta ahora sacrosanto espacio Schengen.

A la pandemia de la covid-19 le han salido muchas parejas, no solo el ecologismo radical. A los movimientos anticapitalistas y, en general, a todos los contrarios al libre mercado les ha dado por lanzar el mensaje de que esta situación plantea el fin del capitalismo, o del neoliberalismo, como les gusta ahora denominarlo, a la vez que apuntan a los agentes de éste como responsables y culpables. Obvian el hecho de que quien no lo supo contener al principio fue el comunista régimen chino, si bien hay que decir que los regímenes más capitalistas, que no necesariamente aliados del libre mercado, tampoco han tenido mucho éxito, pese a estar mejor dotados[2]. No menos oportuno ha sido para el feminismo radical, que se ha lanzado a decir que es mucho más peligroso para las mujeres que para los hombres, obviando datos como que hay más muertos masculinos que femeninos, o que afecta más a pobres que a ricos, si lo que queremos es hacer distinciones de clases. Este tipo de diferencias debería ser obviado, pues una persona que sufre no debería ser considerada en función de su género, su riqueza o su origen, es una persona que como otras muchas se enfrentan a una enfermedad, pero al hacer estas diferencias, al ponerlas en evidencia, aunque sea innecesaria o artificialmente, se generan las condiciones para hacer posible la revolución, que es lo que le importa a esta panda, no si el que sufre se muere o sobrevive.

[1] Con más de 17.000 muertos cuando estoy escribiendo estas palabras, España y el Gobierno de Pedro Sánchez se nos muestra como un ejemplo de lo que no se debe hacer para atajar esta pandemia. Al Gobierno de Sánchez e Iglesias hay a adjudicarle fallos en la detección de los primeros casos ya en enero, pese a los avisos de la OMS y otras organizaciones, más preocupado en promover su radicalismo feminista, también una gestión nefasta, tardando en promover medidas de confinamiento y distanciamiento social, permitiendo manifestaciones, eventos deportivos y otros tipos de reuniones multitudinarias, llegando tarde a la hora de contratar los servicios y materiales necesarios para los sanitarios, y promoviendo medidas que atentan contra las libertades fundamentales en materia económica y social, entre otras cosas.

[2] Mi opinión es que nadie está preparado para nada así, de la misma manera que ningún país está preparado para un conflicto bélico, aunque sea él mismo el que lo inicie. La pandemia ha llegado y, dado su elevada capacidad de contagio, que no de mortalidad, ha saturado los sistemas sanitarios, obligando a dirigir recursos hacia estos, ampliarlos y confinar, a la vez, a la población en sus casas. En otros tiempos, la mortalidad habría sido excesiva y las enfermedades oportunistas habrían dado la puntilla, produciéndose muchos más muertos.