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La política nos convierte en enemigos

Es común tener la sensación de que la política es un terreno especialmente conflictivo. Aquellas personas con las que compartimos ideas políticas tienden a caernos mejor y aquellas con las que no, tienden a caernos peor. Muchos creen honestamente que las personas con la ideología opuesta son ignorantes, estúpidas, egoístas e incluso malvadas. No es raro encontrarse con casos de odio entre personas y grupos a causa de diferencias políticas. Estos sentimientos de enemistad ideológica no se limitan al ámbito del debate político, sino que influyen más de lo que pensamos en nuestra vida diaria.

De acuerdo con un paper de Shanto Iyengar y Sean Westwood, dos investigadores de ciencia política, el prejuicio más potente a la hora de discriminar a personas no es ni la raza, ni el sexo, ni la religión, sino la inclinación política. En uno de los estudios hicieron a los sujetos escoger entre dos currículums, uno claramente mejor que el otro, a los que asignaron al azar un dato adicional: con qué partido político simpatizaba el candidato. El resultado es que con un 80% de probabilidad los sujetos escogían un candidato de su misma cuerda política. Y lo que es más preocupante: cuando el candidato del mismo partido político del sujeto tenía el currículum inferior, aun así era escogido en un 70% de las ocasiones. En otros estudios de estos mismos investigadores en los que analizaban el impacto de la inclinación política en juegos de confianza mutua, en el juego del dictador o en tests de asociación de palabras, los resultados eran claros: la tendencia política es uno de los factores más relevantes a la hora de establecer la simpatía o antipatía que tenemos hacia otra persona.

Por otro lado, como citaba recientemente Juan Ramón Rallo, en un estudio de Pew Research Center se hallaba que actualmente el 79% de los demócratas tienen una visión mala hacia los republicanos (de los cuales un 38% tienen una visión muy mala), mientras que un 82% de los republicanos tienen una visión mala hacia los demócratas (de los cuales un 43% tienen una visión muy mala). Además, el 27% de los demócratas consideran que los republicanos constituyen una amenaza hacia el bienestar de la nación, mientras que un 36% de los republicanos opinan lo mismo de los demócratas. Este sentimiento es superior cuanto mayor es el grado de participación política, llegando al entorno del 50% entre aquellas personas más involucradas en el debate político. El estudio también demuestra que las personas tienen una fuerte preferencia a vivir en entornos en los que los demás compartan sus inclinaciones políticas y sienten rechazo ante la posibilidad de que sus hijos se casen con personas de la ideología opuesta. Son innumerables los estudios que demuestran la profunda enemistad y tribalismo que genera la política.

¿Por qué la política provoca una rivalidad tan intensa entre las personas? ¿Por qué transforma lo que podrían ser relaciones pacíficas de cooperación en relaciones hostiles? De acuerdo con el filósofo Jason Brennan, la política convierte a los ciudadanos en lo que denomina “enemigos situacionales". Según el estadounidense, los enemigos situacionales son aquellos cuya relación de enemistad emerge porque son forzosamente introducidos en un sistema con incentivos perversos: en concreto, en juegos de suma cero sin opción de salida. Es decir, surgen en situaciones no voluntarias en las que unos solo ganan en la medida en la que otros pierden.

Pongamos un ejemplo extremo de enemigos situacionales: el caso de dos esclavos en la antigua Roma a los que se fuerza a pelear hasta la muerte en una lucha de gladiadores. Obviamente, fuera del anfiteatro los esclavos no tienen ningún motivo para enfrentarse entre sí. Pero una vez dentro del combate, se vuelven enemigos situacionales: la única manera que cada uno tiene de lograr sus objetivos (en este caso, sobrevivir) es impidiendo que su adversario logre los suyos.

La política, argumenta Brennan, también nos convierte en enemigos situacionales. Y lo hace por tres motivos. En primer lugar, porque las decisiones políticas se aplican de manera monopolística: una vez que una opción es escogida, se aplica a todos los ciudadanos por igual. En el mercado cada uno puede satisfacer sus preferencias por separado. Si una persona quiere un coche todoterreno, otra un deportivo y otra un turismo pequeño, no hace falta que se pongan de acuerdo, sino que cada uno puede adquirir el que prefiera asumiendo su coste. Sin embargo, si queremos que en las escuelas se enseñen muchas más ciencias y menos humanidades, que la metodología de enseñanza cambie o que se haga en una lengua distinta, la única manera de lograrlo en el actual sistema estatal es forzar a que se cambie el programa educativo que se aplica a todos los niños del país. Cuando imponemos que una sola de las opciones se aplique a todos, las diferencias entre preferencias de los ciudadanos se convierten en una gran fuente de conflictos.

En segundo lugar, los sistemas electorales tienden a forzar que el espectro de alternativas posibles que podemos escoger se limite enormemente. De hecho, en las actuales democracias occidentales las opciones tienden a reducirse a dos: lo que propone el bloque de derechas y lo que propone el bloque izquierdas. En algunos casos en los que los grandes partidos políticos se ponen de acuerdo, como sucede en España con el sistema de pensiones, la oferta se reduce a una sola opción: votes a quien votes, siempre estarás escogiendo la opción del insostenible sistema de reparto actual. Sin embargo, en el mercado la oferta de opciones para preparar la jubilación es inmensa.

Y, en tercer lugar, las decisiones políticas se imponen involuntariamente mediante la amenaza del uso de la fuerza. Si una persona se niega a acatar cualquier decisión política, por ridícula que sea o injustificada que esté, las autoridades le impondrán multas, le detendrán si se niega a pagarlas y utilizarán la violencia física si se resiste a ser detenido o encarcelado. Como aclara Brennan, esto no quiere decir que no pueda haber situaciones en las que el uso de la fuerza esté justificado para hacer cumplir decisiones políticas. Lo que quiere decir es que, con independencia de si está justificado o no, es característico de dichas decisiones que se impongan mediante la fuerza. Por ello, cuando un ciudadano apoya una decisión política (ilegalizar las drogas, prohibir la quema de símbolos nacionales u obligar a que en las escuelas se utilice una determinada lengua), lo que realmente está haciendo es posicionarse a favor de que el Estado haga uso de la violencia contra aquellos que no acaten dichas decisiones.

Yo añadiría al menos una cuarta razón, que es consecuencia de las anteriores: las decisiones políticas imponen que los costes se socialicen, mientras los beneficios suelen interesar a unos más que a otros e incluso se pueden conceder sólo a un subconjunto de la población. Esto da lugar de manera inmediata a que la política se convierta en el ámbito de la redistribución forzosa de recursos: se utiliza para que grupos más organizados se aprovechen de ciudadanos desorganizados para extraerles rentas u obtener privilegios a su costa. Pocas cosas son tan conflictivas como sistemas en los que unos rapiñan forzosamente a otros.

En definitiva, la política es un mecanismo de toma de decisiones que impone la opción escogida a todos los ciudadanos de entre un muy limitado abanico de opciones, lo hace mediante el uso de la fuerza y obliga a socializar los costes de dicha decisión. Bajo un sistema de estas características es natural que el conflicto sea continuo: primero, porque para que unos puedan satisfacer sus fines tienen que impedir que otros satisfagan los suyos; y segundo, porque los incentivos perversos conducen de manera natural a que unos rapiñen o abusen de otros. Es posible que existan ámbitos en los que la decisión política sea la única opción funcional posible. Sin embargo, eso no cambia que el sistema político sea una forma enormemente defectuosa de toma de decisiones. La conclusión, por tanto, es clara: reduzcamos el ámbito de la política a lo mínimo que sea posible y ampliemos al máximo los ámbitos de toma de decisiones abiertos y voluntarios como el mercado y la sociedad civil.

Comentarios

Anónimo

Todo es una gran obra de teatro. Los actores nos hipnotizan, y creemos que el sueño que nos presentan es la realidad. Esa falsa realidad la incorporamos a nuestra vida, a nuestra opinión, a nuestra forma de ver el mundo. Y pasamos a ser personajes del sueño.

A mí este artículo me recuerda demasiado a los escritos de Albert Jay Nock y Franz Oppenheimer. Pero cuando todo parece claro tiene que aparecer algo que nos haga desconfiar un poco. Por ejemplo, hay que leer un poco a Leopold Kohr y a Schumacher, su discípulo. No podemos ignorar la vena anticivilizatoria del anarquismo.

Anónimo

Explica si puedes eso de la vena anticivilizatoria, anda

1er anónimo

Entiendo por civilización la colaboración (voluntaria o forzada) entre individuos y grupos, y la creación de todo tipo de máquinas para superar la escasez que impone la naturaleza. Los civilizados usamos el pensamiento para imaginar cosas que aún no existen pero son posibles y las hacemos realidad mediante el ensayo y el error, y algún que otro golpe de suerte. Por ejemplo: una máquina de aire acondicionado.

Lo contrario de la civilización sería huir de la interacción social o de la tecnología, o de ambas cosas. Pues bien, desde el primer momento que alguien tuvo la feliz ocurrencia de empezar a llamarse "anarquista", esa palabra ha estado unida a un patente rechazo de ciertas formas de interacción social voluntarias (el comercio y los rituales religiosos, por ejemplo), y a un estridente rechazo de la tecnología. Cito a algunos autores anarquistas o en las proximidades del anarquismo que han hablado en contra de lo que he definido como civilización: Thoreau, Tolstoy, Bakunin, Godwin, Tucker, Proudhon, Kohr, Illich, George, Bookchin, Zerzan.

Rothbard hizo un milagro. La verdadera razón por la cual los anarquistas españoles tradicionales consideran que el anarcocapitalismo es una contradicción en los términos y una broma pesada, es que el movimiento libertario que creó Rothbard abrazaba la tecnología y todo la riqueza que traía el capitalismo. Alejarse, gracias a la razón, de los severos límites que impone la realidad del mundo, mejorar las condiciones de vida de todos los humanos, dejó de ser visto como otra forma de esclavizar al hombre, y pasó a ser visto como una forma de liberarlo. Desde Rothbard, el anarquismo salió de la caverna.

El anarquismo es una ideología muy poliédrica. No es una ideología asesina, aunque hubo anarquistas asesinos. Tampocos es una ideología de santidad, aunque hubo anarquistas santos. No es contraria al progreso ni lo favorece: su actitude cambia según el progreso beneficie o perjudique a la libertad y a la justicia. Pero la tendencia a volver a los inicios, a la renuncia a la civilización y a la penosa y criminal historia de nuestros antepasados, está siempre en el pensamiento de todo anarquista, y aflora de vez en cuando, sobre todo en momentos de crisis.

Por ejemplo, cuando pretendemos que podemos aumentar gradualmente la libertad formando un partido político libertario, y al primer tortazo salimos corriendo a escondernos en el bosque. Sería mejor no cometer el error de formar un partido político de ideología liberal que intente competir en un sistema político exquisitamente antiliberal, y dedicarnos a fomentar las relaciones humanas voluntarias y a ensalzar el bienestar material (y espiritual) que trae el capitalismo, aunque no sea capitalismo de libre mercado.

¿Me explico o no?

Muy resumido: que todos llevamos dentro un ecologista misántropico, aunque no nos atrevamos a reconocerlo. Es debido a que el odio a la humanidad y el amor a la cruda naturaleza forma parte de la herencia anarquista. Superar ese odio y entender que no es malo dominar la naturaleza (y recordemos que nosotros somos parte de ella) es en lo que estamos ahora mismo. Muchas peleas políticas se fundamentan en que yo creo que tú no odias bastante lo mismo que yo odio, o en que tú opinas que yo amo algo que solo a ti te corresponde amar. Estudiar ética debería tener como fin último abandonar definitivamente la intolerancia a las ideas legítimas.

Cesar

1º Anónimo: Vaya confusión de ignotos, por esa tímida inseguridad que impide a veces, dar aunque mas no sea el primer nombre. Creéis que anarquismo es la misógina vivencia de un Crusoe. Thoureau era el ajetreado encargado del correo oficial y su "misoginia" solo afloraba los fines de semana en sus escapadas a la naturaleza de su countryside, a modo de desintoxicarse de la embrutecedora civilización y conservar la perspectiva de lo real.
Cuando Margaret Thatcher declaró que «no hay tal cosa como la sociedad», parecía un ejemplo de una filosofía política que elogiaba el egocéntrico individualismo por delante de la solidaridad colectiva. Si alguna vez una frase tropezó con una de las discusiones filosóficas más importantes del siglo XX. es la que afirma que solo los individuos eligen,
Entonces la manera de entender conceptos culturales como la «sociedad» pasa a través de un análisis de la acción individual no de vuestra sociabilización sui generis de lo civilizado que anteponéis al salvaje? anarquista
Puede parecer contradictorio, pero si perdemos de vista a los individuos la «sociedad» no tiene sentido. Lo que tu aqui afirmas del "cavernícola anarquista" prerobarthiano es lo que no tiene sentido, ni filosófico ni a modo de pre escolar simplificación taxonómica . Como tampoco lo tiene vuestra terrible confusión entre tecnología y civilización , como que no es esta el I Phone o la Play Station. "El odio a la humanidad y el amor a la cruda naturaleza forma parte de la herencia anarquista." ¡Vaya! Yo creia que el anarquismo era la defensa de la libertad frente a la arquia de quienes odian no ya vuestra " humanidad" (hablaríamos de simple tiranía) sino de este contemporáneo kratos legitimado por el contrato rousseauniano llamado democracia.
¿Confundís anarquía con "huida hacia el bosque" frente a lo social ?. Pues os diré , soy mas anarco capitalista que colectivista es decir más amante del individualismo weberiano que de la heurística masificadora de "lo social" pero jamás se me ha cruzado afirmar que " la penosa y criminal historia de nuestros antepasados es la renuncia a la civilización" Repetís la doctrina mayoritaria hobbesiana del primigenio estado naturaleza caótico y liberticida. La realidad es lo contrario, la historia siempre a caminado desde la esclavitud tribal a estratos de mayores cotas de libertad (Bobbio, Leblanc Hoppe .. y hasta el mismo Locke)

berdonio

1er anónimo:

Estoy de acuerdo en que el uso tradicional o más extendido del término “anarquía” es el que dices, pero los defensores del anarcocapitalismo de Rothbard, que también conoces, lo empleamos en el único sentido cabal y consistente posible, identificándola con el genuino rechazo a la política o la proscripción de todo inicio de violencia contra el individuo pacífico. Con Rothbard, como bien señalas, la anarquía salió de la caverna.

Lo que se entiende por anarquía de izquierdas sí que es una auténtica contradicción en los términos y una estúpida broma pesada, pues condena y persigue toda interacción social voluntaria que perturbe su modelo social preconcebido, para lo cual precisa constituir necesariamente un poder político que dice rechazar. ¿Cabe mayor absurdo y majadería que eso?

Por consiguiente, no se puede afirmar sin más –confundiendo funciones semánticas denotativas, derivadas de un simple análisis del concepto, y connotativas, asociadas al caos y al delirio- que la anarquía tenga una vena anticivilizatoria. Hubiera bastado una simple adjetivación del término para evitar el agravio, pero no.

Esa especie de psicoanálisis del espíritu anarquista que te lleva a relacionarlo con el ecologismo misantrópico tendrá mucho interés diletante –desde luego, no para mí-, pero en nada afecta ni matiza la clamorosa certeza racional de que toda política es nociva y criminal, un obstáculo a la convivencia humana que urge eliminar.

Anónimo

"toda política es nociva y criminal, un obstáculo a la convivencia humana que urge eliminar."

Estoy de acuerdo. Pero también los primitivistas están de acuerdo con esa frase. ¿Por qué?

Anónimo

Pues porque se habrán dado cuenta ellos también de que es lo mejor para seguir correteando desnudos por el monte. Qué sé yo, hijo, explícanoslo tú

berdonio

Pues sí. En todo “debate” socialista –político- la objetividad brilla por su ausencia y no puede ser de otro modo.

Por ejemplo, y al hilo del artículo anterior del que este es buen colofón, la psicología evolucionista –la sociobiología- es ciencia genuina mientras que la “teoría de género”, una patraña grotesca; pero eso prácticamente a nadie le importa; lo único que nos preocupa es en qué medida puedan favorecer o perjudicar nuestros intereses de grupo. Por eso no nos engañemos ni perdamos el tiempo: al rival político sólo se le puede vencer, pero jamás convencer de que deba someterse. Sin embargo, sí se le puede persuadir de que ni la lucha política es un mal necesario ni la libertad una amenaza. O nos centramos en esto último o nos armamos para la guerra; lo que carece de sentido es jugar al “debate” socialista y ofenderse por que te hagan trampas, te marginen o despidan ¿Qué esperabas, alma de cántaro?

Al igual que ningún ratón se pregunta estúpidamente qué ha pasado con su queso, en un mundo libre nadie perdería el tiempo en debates estériles como el ingeniero de Google sino que procuraría sacar partido antes que la competencia de su descubrimiento. En concreto, ningún defensor de la TG trataría de difundirla ni mucho menos imponerla, pero se haría de oro –en vez de robando y estafando mediante la política- contratando a mujeres supuestamente mucho más desaprovechadas, baratas y eficaces.

Gallego Rey

Excelente artículo. Y si donde dice política ponemos fútbol, o como añadidura a ésta, ya tenemos el combo total.

sergio77

Divide y vencerás, nos tienes separados y ahí es donde triunfan los que están arriba, también sirve el ejemplo para los trabajadores de cualquier empresa, si no están unidos, mejor.

José Hernández

Muy bueno. Felicitaciones

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