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La refutación económica y filosófica la renta básica

¿Por qué preocuparse por la renta básica universal cuando ésta no se aplica en ningún país del mundo? ¿Por qué, si sus partidarios son una absoluta minoría? El profesor Juan Ramón Rallo da dos razones de peso para colocar la renta básica sobre la mesa de operaciones y diseccionarla a fondo. La primera es que estima que el apoyo a la renta básica va a ir aumentando hasta convertirse en el principal programa redistributivo del siglo XXI. Conviene, por tanto, conocer las implicaciones económicas que tendría sobre cada uno de nosotros en caso de implantarse. Y segundo, que puesto que es el caso paradigmático de redistribución coactiva de la renta, supone la oportunidad perfecta para analizar desde un punto de vista filosófico si la redistribución coactiva es justa. El último libro de Juan Ramón Rallo, recién publicado por Deusto, es el fruto de esta profunda investigación económica y filosófica. Y la conclusión a la que llega queda clara desde el propio título: “Contra la renta básica: Por qué la redistribución de la renta restringe nuestras libertades y nos empobrece a todos”.

Antes de nada conviene aclarar: ¿qué es la renta básica? La renta básica consiste en un ingreso monetario periódico abonado por la comunidad política a todas las personas, de manera individual e incondicional. Tomando como ejemplo la propuesta para España de Arcarons, Raventós y cía., el Estado pagaría cada mes €625 a cada adulto y €150 a cada menor de edad, con independencia de que sea pobre o rico, de que trabaje o no, de que lo necesite o no. Uno de los más importantes impulsores de la renta básica, Philippe Van Parijs, ilustró este punto diciendo que incluso los surferos de Malibú, que no quieren trabajar y sólo piensan en divertirse, también tendrían derecho a cobrar la renta básica.

El primer problema de la renta básica es que es económicamente infinanciable. Para pagar un programa como el anterior, el gasto público adicional sería de €300.000 millones. Si asumimos, como hacen los autores de la propuesta, que se recortan las prestaciones que en la actualidad ya reciben muchas personas, como desempleo o pensiones, en una cuantía máxima igual a la renta básica (por ejemplo, alguien que hoy cobra una pensión de €1.000 pasaría a recibir una renta básica de €625 más sólo €375 de pensión), se lograría recortar el gasto en €93.000 millones, con lo que el coste neto de la renta básica se reduciría a unos €205.000 millones. Para costear el gasto público total incluyendo esta renta básica, “los españoles deberían pagar, como media, un 65% de impuestos directos e indirectos, incluyendo las cotizaciones a la Seguridad Social”, concluye Rallo.

El problema de estos cálculos es que asumen que la implantación de la renta básica no cambiaría nada. Todo el mundo seguiría trabajando igual y en las mismas actividades que ahora. Pero la realidad es que la renta básica introduce incentivos perversos que hay que tener en cuenta. Muchas personas, por ejemplo, pueden optar por trabajar menos horas o por cambiarse a trabajos que le gusten más, aunque sea cobrando menos. Otros, sobre todo entre profesionales más cualificados y rentas más altas, pueden optar por emigrar a otro país con una fiscalidad más respetuosa. En definitiva, el aumento impositivo provocaría una caída sustancial de la base imponible. Bajo supuestos realistas, de acuerdo con Rallo, la renta básica sería un programa infinanciable.

Éste, sin embargo, es el menor de los problemas de la renta básica. Pues si algún día pudiera financiarse, aún con impuestos desorbitados, habría que rechazarla por los devastadores efectos de desvincular el ingreso con la producción. En el mercado libre, cada uno tiende a ingresar en función de lo que contribuye a producir para los demás. Los incentivos, por tanto, nos conducen a especializarnos en aquello que más valor aporte a los demás, y de esa forma coordinan lo que tenemos que producir con lo queremos consumir. Sin embargo, la renta básica destruye este fundamental mecanismo de coordinación social. Si cada uno ingresa con independencia de si aporta valor a los demás o no, de si contribuye a producir lo que otras personas desean consumir, los incentivos serán justo los contrarios: cada uno tenderá a trabajar en aquello que le recree a uno mismo y no en lo que demande el resto de la sociedad. La renta básica, por tanto, es estructuralmente insolidaria y antisocial, pues promueve que cada uno mire por sí mismo y no por los demás, y disuelve la división del trabajo y la cooperación social.

El grueso del libro, sin embargo, no va destinado tanto a criticar la renta básica desde un punto de vista económico, sino a analizar y refutar la renta básica, y en general la redistribución coactiva de la renta, desde una perspectiva filosófica. El autor va diseccionando las principales filosofías políticas desde las que se han justificado programas de redistribución como el de la renta básica. Por sus páginas van pasando la socialdemocracia, el republicanismo, el comunismo, el utilitarismo, el suficientarismo, el feminismo, el comunitarismo, el ecologismo, el georgismo, el tercermundismo, el subconsumismo, el fascismo, el obrerismo y el ludismo. Y, como bien dice Rodríguez Braun en el prólogo, “el lector queda asombrado ante la multiplicidad de iniciativas (y de burradas) que los hombres han elucubrado en vez de recomendar que se deje a la gente en paz”.

Rallo llega a la conclusión de que todas las razones esgrimidas desde tan variados puntos de vista para justificar la redistribución coactiva de la renta carecen por completo de una fundamentación filosófica sólida. En algunos casos por ser internamente contradictorias. En otros, por conducir a conclusiones absurdas. Pero en todos ellos por una característica común: que no consideran a todas las personas como sujetos éticos iguales, con el mismo derecho a emprender y desarrollar sus pacíficos planes vitales, sino que asumen que los planes de unos individuos deben prevalecer sobre los de otros mediante el uso de la coacción estatal. Consideran que los fines y las preferencias de unos determinados individuos o grupos pueden ser impuestos sobre los de otros en contra de su voluntad. Dicho de otro modo, consideran a algunas personas no como fines en sí mismas, sino como medios para que otros alcancen sus metas particulares.

En el libro, el autor defiende el liberalismo como la filosofía política más adecuada para la vida en sociedad, para la coexistencia armoniosa de individuos con diversidad de fines, modos de vida, creencias y concepciones de la buena vida. El liberalismo parte de que todas las personas son sujetos éticos iguales y de que las normas de convivencia deben ser universales, simétricas y funcionales. Ello resulta en los tres principios de justicia del liberalismo que en detalle se desarrollan en el libro: el principio de libertad, el de propiedad y el de voluntariedad contractual. Y bajo estos principios de justicia, demuestra Rallo, la renta básica no tiene justificación posible.

Llegado a este punto, el lector podría plantearse la muy pertinente pregunta: ¿qué pasa en el liberalismo con los más necesitados? Rallo dedica un capítulo a dar respuesta a cuál es la alternativa a la renta básica que proporciona el liberalismo. Y es una alternativa en tres niveles ordenados jerárquicamente, siendo cada uno subsidiario de los anteriores. El primero consistiría en la renta patrimonial derivada del ahorro propio y contratación de seguros en el marco de un mercado libre y sin trabas. En caso de fallar ese nivel, cada uno podría recurrir a la red de garantías sociales voluntarias: relaciones familiares, sociedades de ayuda mutua e instituciones filantrópicas. Y en última instancia, si pese a todo lo anterior uno queda desamparado, el liberalismo sería compatible con una renta mínima de inserción; esto es, una prestación subsidiaria, condicionada y que debe ser reintegrada tan pronto como sea posible. Sería, por así decirlo, la antítesis de la renta básica.

En definitiva, el nuevo libro de Juan Ramón Rallo tal vez nació como un estudio en torno a la renta básica, pero ha resultado ser un proyecto mucho más ambicioso. A lo largo de sus páginas, Rallo organiza ante el lector un multitudinario debate virtual en el que pensadores de la talla de Nozick y de Jasay, Rawls y van Parijs, Pettit y Sandel, Marx y Engels y, por supuesto el propio Rallo, exponen sus argumentos y sus críticas mutuas en torno a los distintos modelos de convivencia social que defienden. Y argumento a argumento, trazo a trazo, Rallo va construyendo todo un tratado de filosofía política desde una perspectiva liberal. Contra la renta básica es, sin duda, una lectura muy recomendable para todo aquel liberal interesado en reforzar los cimientos éticos y filosóficos sobre los que sustentar sus ideas y argumentos. Y también, por supuesto, es una gran lectura para no liberales que estén dispuestos a poner a prueba la fundamentación y consistencia de sus posturas. Ni a unos ni a otros dejará indiferente.