Usted está aquí

La subida del SMI y cómo evaluar su impacto

Durante las últimas semanas ha estado en el centro del debate la subida del Salario Mínimo Interprofesional (SMI) aprobada por el Gobierno de coalición de Podemos y el PSOE. Por un lado, incluidos varios liberales, se han defendido argumentos basados en que una subida del SMI genera desempleo porque funciona como una barrera de entrada para los trabajadores menos cualificados. Por otro lado, la defensa del SMI se basa en que aquellos empresarios que no puedan pagar salarios dignos a los trabajadores deberían “cerrar la persiana” (aumento de la productividad por efecto composición), y que esta medida incentiva la demanda agregada, por lo que el efecto sobre la economía acaba siendo positivo.

Sin embargo, estos análisis no se han hecho con base en evidencia alguna, es decir, se ha producido una confrontación de dogmas sin nada más que la ideología que los sustente, es decir, sin datos que respalden una u otra visión. Aparentemente se han empleado datos de desempleo de 2019, cuando el SMI se incrementó en un 22,3%, del cual podemos encontrar titulares como el siguiente: Los “agoreros” tenían razón: la subida del salario mínimo se cobra al menos 50.000 empleos en 2019. Pero ¿qué hay de cierto en todo esto?

Pues de momento, del año 2019 no podemos sacar nada en claro. La evidencia de la que disponemos actualmente se basa en datos agregados, básicamente en un freno en la creación de empleo (164.000 nuevos trabajadores menos que en 2018 y una reducción en 350.000 personas inferior del paro).

Aunque la intuición nos puede hacer pensar que el incremento del SMI ha generado desempleo (es el escenario más probable), hay que tener en consideración que no toda subida conlleva una pérdida de empleo. Por ejemplo, en mercados monopsónicos en donde la demanda de empleo tiene un mayor poder de negociación que la oferta, existen salarios por debajo de la productividad marginal de trabajo, por lo que una subida del SMI no tiene por qué causar despidos, ya que los empresarios tienen margen para subir los salarios de los empleados; es una forma de corregir un fallo de mercado.

Asimismo, las expectativas de productividad futura también pueden mitigar el número de despidos, este parece ser el caso de los trabajadores más jóvenes, los cuales aún en formación pueden adquirir nuevas habilidades y experiencia con las que acabarán compensando los sueldos por encima de la productividad que perciben durante los momentos iniciales de su vida laboral.

Pero dentro de la ecuación entran otras variables además de la pericia de los trabajadores y empresarios y de su respectivo poder en la negociación salarial. Las instituciones laborales, el ciclo económico, la competencia externa... Precisamente por eso es tan difícil medir los efectos de una subida del SMI, ya que interactúan numerosos elementos, cada uno ejerciendo efectos de signo contrario, y sin análisis rigurosos parece difícil saber cuáles tendrán más fuerza, si lo positivos o los negativos.

Además, estas variables pueden interactuar a lo largo de varios años, por lo que los efectos no son visibles a corto plazo. Como indica Fernández-Villaverde (2018), la reorganización de los procesos productivos no sucede de la noche a la mañana, y la capacidad de hacer frente a costes salariales crecientes puede tomar tiempo hasta que las empresa consiguen compensarlos (o no), por ejemplo a través de procesos de innovación que ahorran mano de obra no cualificada.

Por lo tanto, con los datos disponibles no es posible evaluar los efectos de la subida del SMI de 2019, ya que solo disponemos de números agregados, que pasan por alto las cuestiones comentadas con anterioridad. Por eso quizás sea una temeridad el subir el SMI en 2020 sin conocer con exactitud qué ha ocurrido el año pasado. Tampoco es correcto posicionarse en contra del SMI por unos efectos que todavía no han sido evaluados, ya que es de poca honestidad intelectual.

Si hay efectos de signo opuesto lo lógico sería pensar en que siempre va a haber ganadores y perdedores, por lo que lo razonable sería defender una política económica como la que describe José Moisés Martín, “una política económica responsable sería aquella que hiciera una evaluación en detalle, identificara a ganadores y perdedores, y si, como es el caso, se considera que globalmente es una decisión acertada, se deberían destinar recursos para compensar a los que puedan salir perdiendo en términos de empleo”.

El efecto de subir el SMI en España

Pero, ahora bien, ¿qué sabemos de las subidas del SMI en España? En dos documentos del Banco de España se han estudiado los efectos del incremento del salario mínimo tanto entre los años 2004 y 2010 como el de 2017, con la metodología correcta para ello, es decir, con datos desagregados e incluyendo variables de control para aislar los efectos a estudiar.

El primero de ellos es obra de Galán y Puente (2012), en donde evalúa el incremento del salario mínimo ocurrido entre 2004 y 2005 en el 11,4% . Para ello usan microdatos de la Muestra Continua de Vidas Laborales (MCVL) empleando un método de diferencias en diferencias, de tal modo que comparan un grupo afectado, es decir, los trabajadores con un salario en el año t por debajo del salario mínimo en el año t+12 con respecto a dos grupos de control: por un lado, aquellos trabajadores que en t perciben un salario por encima del mínimo legal establecido y, por otro, aquellos trabajadores con características similares y salarios iguales al salario mínimo durante los últimos 12 meses en el período 2000-2004 (donde no se produjo un aumento del SMI). De esta manera, los autores estiman el efecto del incremento del salario mínimo sobre la probabilidad individual de perder el empleo.

El modelo usado, por tanto, es un Logit, de tal modo que la variable dependiente toma valor 0 en caso de que el trabajador continúe trabajando en t+12, y 1 si el trabajador no ha estado trabajando en ese periodo. Como variables se incluye el gap salarial (es decir, la diferencia entre el salario mínimo en t+12 y el salario en t), y diferentes variables de control, como el género, el tiempo de años en la empresa, nacionalidad, tipo de contrato, edad o tamaño de la empresa, además de que la muestra se ha dividido en cuatro cohortes de edad para analizar qué grupo de población se ha visto más afectado: desde los 16 a los 24 años, de los 25 a los 32, de los 33 a los 45 y de los 45 en adelante.

En la estimación de referencia los resultados obtenidos señalan que a mayor salario y, por lo tanto, mayor productividad, la probabilidad de perder el empleo se reduce, por lo que el salario mínimo afecta sobre todo a trabajadores poco cualificados. En relación con la variable de interés (gap salarial entre salario mínimo en t+12 y el salario percibido en t), los autores encuentran un efecto positivo entre este y la probabilidad de pasar de trabajar a tiempo completo t a no trabajar en t+12, siendo significativo entre los más jóvenes y los más mayores, aunque el efecto en estos últimos es el doble que para el caso de los primeros (7,6% vs 14,2%). Por género, las mujeres tienen más probabilidades de perder el empleo por culpa del incremento del SMI en todos los tramos de edad.

Por otro lado, los autores también estiman la transición de empleado a autoempleado, lo que podría asimilarse a la figura de “falso autónomo”, modalidad a través de la cual la empresa podría evitar el coste de la subida del SMI. Los resultados solo son significativos para los trabajadores mayores de 45 años, en una proporción inferior que la probabilidad de hacer el recorrido hacia el desempleo (2,4% vs 10,5%).

En relación con los efectos de este incremento del salario mínimo en las categorías de mayor formación los efectos encontrados solo son significativos para el caso de los trabajadores jóvenes, a saber, la probabilidad de que se mantengan empleados en t+12 se reduce en un 23%, mientras que la probabilidad de ser despedido aumenta en un 16,47%, y de caer a una ocupación de menor categoría se incrementa en un 9,4%. La explicación es que, por un lado, los trabajadores más mayores en estos sectores aportan mucho más valor debido a su experiencia; por otro lado, la dualidad en un mercado laboral en la que los costes de despido son muy elevados a medida que se acumulan años de trabajo en una empresa genera aversión a los empresarios a despedirlos, por lo que los costes se concentran en los trabajadores más baratos de echar, es decir, los jóvenes.

El segundo trabajo es obra de Lacuesta et al. (2019). Siguen una metodología similar a la del anterior trabajo, evalúan los efectos de la subida del salario mínimo de 2017 del 8% en términos nominales (del 6% en términos reales) y, en base a dichos resultados, intentan extrapolar los posibles resultados de la subida ocurrida en 2019.

Los resultados señalan que el 2,4% de los trabajadores (384.000) se vio afectado por esta subida del salario mínimo, de los cuales, un 3,1% (12.000) perdió su empleo. El grupo de edad en el que se encontraban más trabajadores cobrando por debajo del salario mínimo era el de los más jóvenes (16-24 años), el 20,2% del total, sin embargo, de estos, tan solo el 0,8% perdieron su empleo, por lo que la masa salarial aumentó en 0,8% en este tramo de edad. Sin embargo, entre los más mayores, en donde el salario mínimo solo afectó al 0,9% de los trabajadores, el impacto en términos relativos fue mucho mayor, ya que de este 0,9%, el 10,7% perdió su empleo. La masa salarial total se mantuvo invariable.

En relación con la subida del salario mínimo del año 2019, el número de trabajadores afectados es mucho mayor (6,2% frente al 2,4% del 2017). Afecta especialmente a mujeres (8,5% frente al 4,9% de los hombres), a los más jóvenes (25,6%), a los que tienen un contrato temporal (14,4%), y a aquellos que trabajan en empresas que cuentan entre 1 y 5 empleados (13,8%).

La probabilidad de perder el empleo para los trabajadores afectados pasa a ser en las proyecciones para 2019 (usando los datos de los trabajadores de 2017) del 12,7%, es decir, se podrían haber perdido hasta 125.000 empleos derivados de la subida del salario mínimo, concentrándose dicha bajada en los trabajadores de mayor edad, en donde el porcentaje de pérdida de empleo asciende al 28% sobre el 3,9% de los empleados afectados. En relación con la masa salarial, de nuevo, se mantiene estable, por lo que no se estima que el incremento del SMI pueda producir aumentos de la demanda agregada.

En definitiva, las subidas de SMI no siempre causan efectos negativos en todas las cohortes, aunque en términos agregados en España los últimos incrementos sí parecen mostrar un aumento de las probabilidades de ser despedido, sobre todo entre los trabajadores de más edad. Lo relevante será conocer los datos para 2019, ya que, aunque las estimaciones apuntan a una pérdida del empleo para 125.000 trabajadores, estas no pueden tomarse como definitivas ya que aún no están disponibles los microdatos de la MCVL. Lo que sí parece conveniente es evaluar las políticas públicas desde la evidencia, no desde el dogmatismo que caracteriza a muchos individuos a uno y otro lado.