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La teoría del Estado de Miguel Anxo Bastos (III)

En este tercer artículo de la serie dedicada a la teoría del Estado del profesor Miguel Anxo Bastos, examinaremos cuál es la dinámica de funcionamiento del Estado.

Hay una dinámica interna y otra externa. La externa es la que se refiere al engrandecimiento del territorio. Todo Estado tiene, en última instancia, una tentación imperial: expandir el poder de su clase dominante. Así lo explicó Bertrand de Jouvenel en sus obras Sobre el poder, La soberanía y La teoría pura de la política. Todo Estado alaba y canta a los reyes y gobernantes que expandieron territorialmente sus dominios y sometieron a otras poblaciones. La edad de oro de España, por ejemplo, es la España imperial. Hay una lógica de expansión del poder hacia fuera. Se reclama la grandeza del Imperio, su labor civilizadora. Pero se trata de una retórica falsa. Los imperios son piedras de molino en el cuello de una sociedad. ¿A quién beneficia el imperio? ¿Al pueblo o a sus gobernantes? El Imperio únicamente posibilita que la clase política detraiga rentas a otras poblaciones. El colonialismo no hace rico al país colonizador, solo a sus gobernantes. Y es que ningún país europeo se ha derrumbado por perder las colonias (Reino Unido con EEUU, España con Cuba, etc.). De hecho, los países más ricos de Europa carecieron de colonias (Luxemburgo, Suiza, Irlanda, Noruega, etc.). Sin embargo, el discurso de la expansión exterior, promovido por la clase política, ha calado en la sociedad. Es aquello de que cuanto más grande sea un país mejor le irá a sus gentes. Pero esto no tiene ningún tipo de lógica económica ni racional. No existe una escala correcta para el Estado. ¿En qué le va mejor a un chino que a un habitante de Luxemburgo? Ninguna prueba indica que los Estados grandes funcionan mejor que los pequeños. Lo que sí que se produce es una lógica política que incentiva la expansión. A los gobernantes les interesa que sus Estados sean poderosos. A Mariano Rajoy le conviene que España sea grande, que esté en el G-20, que pinte en el mundo. Pero, en definitiva, el que pinta en el mundo es el político de turno, no el ciudadano de a pie.

El Estado también se construye de forma interna a través de un proceso que los teóricos conocen como state-building. Este proceso consiste en ir eliminando uno por uno todos los poderes que hacen sombra al Estado, ir laminando todo contrapoder. En primer lugar, se produce el debilitamiento de las aristocracias, que eran un poder que hacía sombra al rey. Eran soberanos en sus pequeños territorios e impedían que el poder real se impusiese de manera absoluta. Por este motivo, el Estado fue arrebatando poco a poco el poder a las aristocracias. Charles Tilly cuenta que el primer cometido de los Estados modernos era quemar los castillos, porque éstos simbolizaban el poder local que podía plantarle cara. Tras este paso, las aristocracias son, en unos casos, trasladadas a las cortes y, en otros, directamente aniquiladas (el llamado aristocidio, término acuñado por Nathaniel Weyl), como ocurrió en la Revolución Francesa. En segundo lugar, el Estado acaba con los poderes de los territorios. En el antiguo régimen la gente no sentía el Estado como un ente abstracto, sino que era leal a los poderes locales (todos los territorios, además, disfrutaban de un parlamento, que ejercía de contrapeso al poder del gobernante). Así, el Estado trata de erradicar todos los poderes intermedios y de establecer la legitimidad única del poder central. El caso francés es el más paradigmático: el Estado fulminó todos los parlamentos y poderes locales y creó una nueva división departamental, que eliminaba cualquier lealtad previa. En España se llevó a cabo la misma juagada, promovida por los llamados liberales, que construyeron el Estado y crearon las provincias. Toda esta operación de aniquilamiento de los poderes locales tiene su razón de ser, puesto que las personas eran más leales a lo que tenían más próximo que a un Estado central y alejado. En tercer lugar, el Estado trata de suprimir el poder religioso (buena parte de las iglesias reformadas, cuyas cabezas pasaron a ser ocupadas por un soberano, se sometieron por completo al poder estatal; las iglesias ortodoxas se convirtieron en iglesias nacionales; y la iglesia católica, la institución que más se resistió a ese proceso de expansión interna estatal, fue debilitada hasta acabar transformada en una ONG, un ente que cobra del Estado, que cuenta con una serie de privilegios y que se limita a ver, oír y callar). Este sometimiento del poder religioso tampoco carece de lógica, puesto que históricamente las personas se han mostrado mucho más fieles a su religión que al Estado. Y el Estado no puede consentir la amenaza de que exista una moral distinta a la suya. Y, en cuarto lugar, el Estado lleva a cabo un proceso de descomposición de la familia. Aquí opera la misma lógica que la que venimos mostrando en las líneas precedentes. La familia es una fuente de lealtad contra la que el Estado no puede competir (resulta harto complicado que un hijo denuncie a sus padres por no pagar impuestos), de ahí que, desde la perversa lógica estatal, la única solución pase por debilitar los lazos familiares. El proceso de domesticación de las familias comienza con el sistema estatal de educación a edades muy tempranas (ya no son los padres los que educan, sino que lo hace el Estado a la fuerza), pasa por la regulación de las relaciones amorosas (el Estado sanciona los matrimonios y divorcios) y termina con el cuidado de los ancianos (con lo que se rompe el sistema de lealtad tradicional: ya no son los hijos los que cuidan a los padres).

Este proceso de expansión interna del Estado que hemos señalado se concreta a través de una serie de pasos. En primer lugar, mediante la apropiación de la ética. Baruch Spinoza señalaba que la ética la debía marcar el Estado (no la religión, la moral o la tradición). Y el Estado se ha acabado atribuyendo el papel de decidir lo que es bueno y lo que es malo (así, ha impuesto valores supremos como la corrección política, la ideología de género, unos modos determinados de vida saludable y de alimentación, las relaciones sexuales desacralizadas, etc.). Es un proceso que logra gracias a su control absoluto de la educación, que va permeando una serie de ideas en los alumnos (por ejemplo, el dogma de que la democracia es buena). En segundo lugar, por medio del proceso de creación de la ley. Antiguamente el Estado no hacía la ley, simplemente la ejecutaba. La ley venía dada por la tradición, la moral o el Derecho natural. El gran salto se produce cuando el Estado pasa a hacer la ley, determinar lo que es justo e injusto, asignar los recursos, castigar de manera monopolística, etc. El poder político, en los sistemas antiguos de corte religioso, estaba frenado, pues se encontraba con una ley divina, que no podía cambiar y que, además, era la que le legitimaba. Actualmente, en palabras de Carl Schmitt, la ley es la voluntad del führer, con lo que el Estado puede incrementar su poder sin límites. Es célebre la anécdota de un molinero que en el s. XVIII le ganó un pleito a un emperador de Prusia a propósito de unas tierras que éste pretendía expropiarle. Hoy en día resultaría impensable que sucediera algo semejante (cualquier concejal puede arrebatarle su vivienda a cualquier vecino, pues la ley la dicta el concejal). Es el gran triunfo de Hans Kelsen: el Estado es quien elabora la ley, el que puede decretar que algo es bueno o malo prácticamente en cualquier ámbito (con las perniciosas consecuencias de sobra conocidas, particularmente en el s. XX: leyes raciales, confiscatorias, etc.). En tercer lugar, expropiando los medios de pago a la sociedad. El dinero fue creado de manera privada gracias al orden espontáneo del mercado. El Estado podía usar la moneda, pero no podía crear o determinar qué era dinero. A día de hoy, en cambio, el dinero es lo que el Estado decide (tanto en lo que respecta a la propia definición del dinero, como a su cantidad y calidad). Este proceso ha derivado en la concesión de operar en régimen de monopolio a las bancas centrales y de todo tipo de privilegios al conjunto del sistema bancario. Otra consecuencia es que el dinero, frente a su carácter universal anterior (cuando el dinero era el oro), se fragmenta territorialmente (mediante un proceso de nacionalización y estatalización de la moneda, lo cual carece de lógica económica). Y, en cuarto lugar, el Estado lleva a cabo su expansión interna mediante el privilegio de decidir cuánta propiedad pueden disfrutar los individuos. Se parte del principio de que toda la propiedad es del Estado y, a partir de ahí, se concede, por meras razones de eficiencia, que una parte de la misma esté en manos privadas (aunque siempre sometida al interés público). Se trata de una carta blanca que permite al Estado confiscar, vía impuestos y sin límites de facto, las propiedades de sus súbditos.