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La tiranía de la dignidad

En 2008 y siendo alcalde Alberto Ruiz-Gallardón, el Ayuntamiento de Madrid quiso prohibir la actividad de los ‘hombres-anuncio’ en las calles de la ciudad. Promovió la medida Ana Botella, en aquel entonces delegada de Medio Ambiente. Su argumento era que su actividad “ataca la dignidad de las personas”. Afortunadamente, y gracias a medio millar de quejas, la proscripción no salió adelante. El consistorio de la capital de España trataba a personas que querían ganarse la vida de forma honesta como seres incapacitados para decidir qué era bueno para ellos y qué no.

Más atrás en el tiempo, hace ahora unos 15 años, una compañía de telefonía lanzó un anuncio en el que caían enanos del cielo y se ponían a bailar al ritmo de la famosa canción It’s raining men. Promocionaba “la tarifa más pequeña”. El spot tuvo que ser retirado por las innumerables quejas de asociaciones que consideraban que atentaba contra la dignidad de los discapacitados. Dos años después, TVE retiró del programa Un, dos, tres la actuación en forma de parodia que protagonizaban dos hombres con la misma característica física. El motivo, otra organización había protestado por la imagen “vejatoria” que se daba de este tipo de personas. En estos casos también se atacaba la libertad en nombre de la ‘dignidad’.

Lo que los vigilantes de la corrección política no se plantearon es que ellos sí atacaban la dignidad de todos esos actores de baja estatura. Como en el caso de los ‘hombres-anuncio’, se les estaba negando la capacidad racional de decidir por ellos mismos qué les convenía y qué no. En vez de reconocerles como adultos con capacidad de raciocinio, les consideraban niños o débiles mentales sin criterio propio. A eso hay que añadir, por supuesto, que les negaban el derecho a ganarse su sustento con un trabajo que ellos sí consideraban digno.

La paulatina desaparición de las azafatas en diversos eventos deportivos es algo similar. Ha pasado en algunas de las carreras ciclistas más importantes del mundo. Y ahora le toca el turno a los campeonatos de Fórmula 1. Ya ocurrió antes con las jóvenes que hacían de recogepelotas en algunas competiciones distintas. En todos estos casos se alude a que la presencia de estas señoritas “cosifica” al conjunto de las mujeres. Una vez más, la dignidad aparece como excusa para recortar la libertad. Los inquisidores de la corrección política también tratan como menores sin capacidad de raciocinio a las señoritas cuya presencia consideran intolerable en esos eventos. Sólo les falta proclamar en voz alta esa idea tan falsa como machista de que la guapa ha de ser necesariamente tonta.

En cierto sentido, utilizar la dignidad como excusa para recortar la libertad ajena no es algo nuevo. Los dictadores de todo signo han apelado a ese término, dándole un sentido colectivo, para justificar sus tiranías. Es un guion recurrente entre los defensores del castrismo y el chavismo, como lo fue en tiempos pasados entre los franquistas o los nazis. Pero, sin embargo, en los últimos años sí ha adquirido tintes novedosos. Estamos cayendo en la tiranía de la dignidad.

Antaño era el autócrata, o el aspirante a serlo, el que se arrogaba el papel de supuesto defensor del honor colectivo. Ahora es diferente. Los defensores de cierta corrección política (muchas veces apoyados por los políticos y subvencionados) pretenden que lo sea cada persona, y que esta tiene que actuar siempre según los criterios que ellos marcan. Si no, se convierte en un enemigo de la honra grupal que no merece el más mínimo respeto, puesto que sus preferencias y decisiones no son tenidas en cuenta. Ahí están todos los casos, y muchos otros, arriba reseñados.

Pero no. Un hombre-anuncio no atenta contra su dignidad ni la de nadie, se limita a ganarse la vida de una forma honesta. Ocurre lo mismo con el enano que acepta un papel cómico o la mujer que trabaja voluntariamente de azafata. Todos ellos toman sus decisiones de forma libre. Si esto afectara a la honra de alguien sería a la de ellos mismos, nunca a la de otros.

La dignidad es una característica individual. La posee (o no) cada persona, no el grupo. Para tenerla es esencial la capacidad de decidir, puesto que son nuestros actos los que nos hacen perderla o mantenerla. Quien de verdad quiera defenderla ha de respetar y fomentar la libertad, puesto que una y otra están intrínsecamente unidas.