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Liberalismo: del estado mínimo al estado máximo

Cada quien es muy libre de hacer lo que le plazca. El liberalismo, como filosofía política, recalca lo anterior como punto de partida, si bien pone énfasis (al menos algunas de sus ramas) en unas cuantas cuestiones adicionales.

1. Responsabilidad

Primero, la libertad no va disociada en ningún caso de la responsabilidad. Haga usted lo que considere y aténgase a las consecuencias. Olvídese de moral hazards.

2. Órdenes sociales e instituciones

Los órdenes sociales espontáneos, extensos y complejos son el resultado de entornos productivos en los que el consumidor guía la producción a través de sus decisiones de compra o su renuncia. Gracias a ello y a las instituciones sociales que surgen en estos órdenes, se acrecientan la división del trabajo y la especialización, se reducen el riesgo y la incertidumbre en las interacciones humanas (productivas o de otro orden), se simplifican los intercambios y se multiplican estos, así como las cantidades consumidas y producidas. Se genera un círculo virtuoso en el que los productores compiten por el favor de los consumidores y estos obtienen bienes variados y crecientes y muchas veces a precios menguantes. A partir de la generación de valor (juego de suma positiva), se genera más riqueza en la sociedad.

Para que una institución sea funcional, ha de tener otra característica asociada: debe adaptarse a las circunstancias cambiantes. O, dicho de otro modo, las instituciones “las hacen las personas”, lo que significa que también pueden modificarse conforme nuevas generaciones hacen uso de ellas. Siempre es un tema espinoso. El conflicto puede estar latente por la propia resistencia al cambio.

Asimismo, un error muy común en los economistas (austríacos incluidos) es el de no introducir en sus construcciones imaginarias (por ejemplo, la cataláctica) la influencia del poder político y mediático. Cuando se analizan las instituciones, se hace muchas veces al margen de la acción violenta sistemática: los gobiernos (o entidades públicas), por supuesto, pero también cualquier otro grupo violento organizado.

La violencia institucional (estatal) más descarada, aunque bien enmascarada, se plasma en actuaciones como los impuestos, la educación forzosa y reglada (en ideología estatal), las regulaciones de todo tipo, el servicio militar, la provisión en monopolio de los servicios públicos (con la menor competencia posible), entre otros.

Otra forma de ejercer la violencia, totalmente complementaria a la anterior -Gramsci bien entendió su valía-, es la manipulación ideológica por medio de propaganda embaucadora. Que exista un infierno fiscal es mucho más fácil si se hace por "el bien de la patria" o por "el bien de la igualdad". Esos principios elevados darán toda la munición al político y burócrata de turno para extender su diabólico plan de dominación. Así, aquellos pocos que acaparan el poder político y mediático pueden controlar y dirigir, en una democracia cada vez más endeble y demagógica, a la población electora sin apenas trabas. Si los ciudadanos son tus máximos voceros, tus más fieles defensores, qué mayor ejército necesitas para tener éxito.

Obvio es que todo esto tiene una influencia máxima en el devenir de unas instituciones en otro caso pacíficas. La evolución que habrían tenido, con todas las crisis internas que se hubieran padecido, nunca podrá ser la misma. Su camino necesariamente se desviará y distorsionará.

3. Autonomía individual y descentralización

Define al liberalismo otro hecho muy característico: la defensa de la autonomía de la acción, de la libre asociación y la conveniencia de que la toma de decisiones de carácter moral y político se tome en comunidades de miembros que desean congregarse. De estas unidades relativamente pequeñas (o no), el “prueba y error” y la descentralización resultan claves para la propia evolución de las instituciones. Las instituciones pueden adaptarse de forma más flexible y coherente si en diversos ámbitos geográficos competitivos se están probando estas instituciones con pequeñas variaciones o si han surgido instituciones completamente nuevas que sean significativamente más útiles. Una vez se transmita la información sobre esas instituciones a los otros enclaves, la interacción continua facilitará la propia evolución de las instituciones en esos lugares receptores de dicha influencia (o no, dependerá de lo cerrada o abierta que elija ser la comunidad, que también tiene derecho a ello).

Las rígidas estructuras geográficas de tipo político, así como los monopolios estatales, culturales y mediáticos (convenientemente untados con prebendas y subvenciones estatales), rompen este proceso de prueba y error descentralizado. Pero además, por supuesto, las restricciones que imponen a sus ciudadanos atentan de manera directa contra la libertad personal y de asociación. Si no puedo estudiar lo que quiero, huelga decir que la clase política no sólo está beneficiando a los funcionarios docentes, sino que está imponiendo una ideología o programa que no deseo, pues, de hecho, no me dejan proveérmelo a mí mismo. Nunca pedí el concurso de una tercera persona para diseñarlo y proveerlo: el Estado.

4. Del estado mínimo al estado redistribuidor

No es peligroso únicamente que haya naciones, comunidades autónomas, provincias, ciudades, etc., que se legitimen mediante la propaganda para concentrar el poder político en nombre de la "nación" o el "pueblo". También lo es que cada vez la “política” centralizadamente se arrogue más parcelas del ámbito personal, familiar y de la comunidad. Recuérdese que el papel del Estado ha ido mutando también de forma significativa con el paso del tiempo: del Estado gendarme primero (defensa, policía, justicia, si acaso infraestructuras), a priori arropado por los defensores del Estado mínimo; al Estado asistencial (caridad en casos de extrema necesidad); al estado social (estado de bienestar: pensiones, desempleo, viudedad, invalidez, etc.); y finalmente al redistribuidor.

Quedémonos en los dos Estados extremos: gendarme y redistribuidor. Por supuesto hay liberales anarquistas que niegan la mayor: ningún Estado, cualquiera que sea su función o ámbito, es legítimo ni deseable. Otros liberales sin embargo se apuntan al Estado gendarme o, los más sensibles, al asistencial. Mucho más allá no se suele ir.

Parémonos en el Estado redistribuidor, el que más tentáculos ha extendido en ámbitos propios de la sociedad civil: si el Estado social (Bismarck) tuvo tintes más bien paternalistas (“si no tienes baja preferencia temporal, nosotros te hacemos ser previsor”), el estado redistribuidor tiene un marcado componente igualitarista en una primera fase (se redistribuye para mitigar desigualdades sociales) y de alimento a los rent-seekers en un segundo momento para, de paso, comprar votos en masa. Y es que, en esa segunda fase, todo el mundo empieza a exigir que se restañe algún tipo de injusticia histórica en nombre de una "desigualdad" entendida de forma muy amplia. De esta manera, siempre hay cuentas pendientes con el Estado: porque soy de un lugar más pobre, porque soy de un lugar más rico, porque en la guerra civil fuimos perdedores, porque soy mujer, porque soy homosexual, etc. Todo el mundo pide por esa boquita al más puro estilo victimista con la excusa de corregir alguna desigualdad (pero ¡es que todos somos desiguales, siempre hay algo que reclamar!) y nadie es responsable de nada de lo que le ocurre. De hecho, su única responsabilidad para buscarse un sustento pasa por infiltrarse de lleno en el contubernio político-redistributivo y vivir del presupuesto. Básicamente, y por resumir, se trata de fomentar la irresponsabilidad más absoluta en una población cada vez más infantilizada y, por supuesto y muy importante, acompañarlo del asalto más obsceno a los fondos públicos: de burócratas, políticos, minorías y mayorías (o sea, rent-seekers). Tranquilos, ¡a esta ronda invita la próxima generación! Y lo pagará con creces (y aquí no hablamos sólo de "dinero", sino de mucho capital social y humano dilapidados).

Así, la excusa, primero, es que las situaciones de desigualdad se corrigen redistribuyendo la renta o riqueza (de ahí los impuestos progresivos o las transferencias públicas a determinados sectores minoritarios). Después de políticas fiscales como éstas, se empieza a emplear masivamente la política monetaria (endeudamiento público) gracias al influjo de personajes como Keynes, de tal forma que las bolsas de transferencias y redistribución se hacen cada vez más gigantescas por la creciente deuda pública. Muchos se frotan las manos presos de una salivación incontrolada.

Pero además, es paradigmático en el Estado redistribuidor que acapara nuevas funciones de cara a perseguir ese cacareado igualitarismo (reparto de dádivas y compra de adhesiones). Entran como grandes programas a desarrollar por el Estado las políticas sociales, la educación, la cultura, el arte, la moral, la familia, etc. La politización pasa a ser máxima. Todo lo que tenga que ver con “educación para la ciudadanía”, vaya: estética, moral, familia y política. Y bien que han educado… No he vivido época más asfixiante e intrusiva en el campo de la moral privada y pública que la de los últimos 10-15 años. "No trabajes, diviértete, manifiéstate, ten moral relajada, vive el día… que otros pagarán, tranquilo".

Pero, por supuesto, esta guerra ideológica que caracteriza al Estado redistribuidor se ve reforzada por otra clase de política de carácter esencialmente redistributiva: el BOE. Le damos una licencia de televisión a la Sexta. Imagínese cuán rico puede hacerse alguien tras esa firma, pero sobre todo cuán rico en términos de poder mediático: cuánto “bien” se puede hacer a la propaganda antimercado y antirresponsabilidad merced a una licencia otorgada, y a otras mil subvenciones y regulaciones estratégicamente concedidas.

Así, el Estado redistribuidor lo tiene todo: a lo que ya tenían los otros tipos de Estados, se suma la redistribución con el igualitarismo como excusa, pues al final gran parte de la redistribución es un obsceno desfile de fondos públicos a amigos y grupos de presión para seguir sentados en la poltrona del poder al menos los próximos cuatro años. Para ello, como hemos visto, se sofistican los mecanismos: políticas económicas como las fiscales, monetarias y regulatorias, y políticas sociales como la educación, cultura, la familia, la relación entre sexos y lo que caiga.

Todo esto nació –con el Estado asistencial- con la excusa de ayudar al desfavorecido, dejando “supuestamente” que cada uno guiara su vida en el ámbito más íntimo y productivo. Lo que tenemos ahora, bien se sabe por la teoría de la elección pública, es un poder político (conchabado con el mediático, económico y burocrático) con tentáculos en todas partes y que trata de amoldar la sociedad a los deseos de ingeniería social de los instigadores de este atropello. Estos tipos tienen derecho a cualquier clase de depravación en su ámbito personal y asociativo (vicios privados), pero no están legitimados en ningún caso desde el liberalismo a que sus complejos y experiencias (mejores o peores) los tenga que soportar la sociedad en su conjunto a través de propaganda mediática incesante y políticas sociales y económicas liberticidas.

5. La extraña alianza

Más valdría:

  • Que el ámbito de actuación del Estado y, sobre todo, de la política fuera el mínimo posible (entre ninguno y estado gendarme o asistencial a lo sumo, por cubrir el espectro típicamente liberal). Y por supuesto que lo cultural, moral, educativo quedara al margen del Estado y de la nación. Monsergas, las justas.
  • Que tengamos presente que algo puede emanar de la opinión pública y no del Estado, y ser también peligroso (aunque si es malo, casi seguro que van de la mano). ¿Nos pasaría a gustar la ingeniería social porque surja de sectores de la opinión pública y no directamente de la clase política? Bueno, a mí no, conmigo no cuenten. No necesito entrar en ese juego. Yo no me doy legitimidad para decidir en ámbitos privados ajenos, pero por supuesto tampoco se la doy a otros para que se inmiscuyan en los míos, llámese Estado o la tía Tula.
  • Que al hablar de “overlapping jurisdictions” se haga con la boca grande y no con la pequeña. ¿Cómo es que ahora se quieren pasar leyes nacionales sobre gestación subrogada, prohibiciones de toros y moderneces de este tipo? ¿No pueden los toros prohibirse en Cataluña, ignorarse en Galicia (pues nunca tuvieron ninguna tradición allí) y mantenerse en Sevilla? ¿Pretenden que en Ávila se aprueben los vientres de alquiler cuando es una de las ciudades más católicas de España? Quizás convenga pensar en otros lugares. Siempre quedará Cataluña. ¿No somos los liberales los que renegamos de las fronteras, los que apostamos por la secesión o el federalismo? ¿O por los cantones suizos, estandartes de la descentralización en decisiones de tipo comunal? ¿Cómo hemos llegado a un momento en que todos tenemos que discutir y decidir qué se impone de forma unánime y centralizada en España, perdón, no, en el universo mundo –¡viva el gobierno mundial!-, cuando es algo que debería circunscribirse a los interesados, como las cuestiones que tuvieran que ver con el matrimonio?
  • Que nos diéramos cuenta de que quien abrió el melón es el Estado inmiscuyéndose en cuestiones como la moral, la familia o la educación, y que ahora le servimos de correa de transmisión en lugar de dedicarnos a lo que nos compete: nuestra vida y bienestar, la de nuestros seres cercanos y nuestra comunidad. Vivir y dejar vivir: aunque el otro sea diferente y nos desagrade lo arcaico o moderno que sea. La educación a los hijos no es cosa que deba cederse en régimen de monopolio a ningún lobby en concreto, por muy divertido que sea. Quien quiera entregárselo que se lo entregue. Pero a qué viene este conflicto generado porque los padres más tradicionales (yo creo que simplemente no están a la última idiotez viralizada en las redes sociales o la televisión) no pueden llevar a sus hijos a los centros educativos que consideren, al tiempo que los más bohemios podrían llevar a los suyos a los centros correspondientes. Se podrían conseguir ambos fines perfectamente sin mayor conflicto. ¿Desde el liberalismo hay que seguirle el rollo a los que quieren imponer una visión, la que sea? Free to choose. Curioso. Ahora entramos de bruces en el Estado redistribuidor y nos quedamos tan anchos. Recordemos que los liberales ponen en cuestión, entre otros, dos cosas del Estado: a) cómo financia lo que hace (coerción), b) las funciones que sucesivamente, con cada vuelta de tuerca, se ha arrogado para integrarlas dentro de "lo político" (y no de decisiones libres, voluntarias y responsables), cercenándoselo a la sociedad civil. Cada vez más funciones e intromisiones, cada vez subvirtiendo más las libres relaciones entre personas con el consiguiente conflicto, polarización y odio, donde no debería haber más que elecciones libres y diversas. Y cada vez en materias más alejadas de lo que al principio podría considerarse legítimo: la defensa, y punto. Estamos en la politización máxima. En el Gran Hermano más asfixiante. Y parece que una gran mayoría está muy cómoda con el papel de "Gran Censor" o "Padre monsergas". No se puede ni respirar ya...
  • Que fuésemos pensando en quién va a pagar la fiesta. ¿Creemos que fomentando la irresponsabilidad más absoluta, primero, vamos a tener gente ordenada y pacífica en las calles, y, segundo, que se van a contentar con morirse en los arroyos, cuando existe un estado redistribuidor como salvador de última instancia y se puede apelar siempre a la "desigualdad" -a poco que busquemos, siempre hallaremos agravios-, y no a nuestras propias decisiones, para exigir ser rescatados? ¿Creemos que el círculo virtuoso descrito al comienzo de este artículo se va a mantener, o que entraremos en una escalada de decadencia (círculo vicioso) con gente desatendiendo a su prole, con violencia doméstica contra hijos, ancianos y parejas, marginalidad, huida del sistema productivo, informalidad, desconfianza entre la gente, etc.?

¿Hay que forzarlo todo? ¿No se puede dejar que las cosas fluyan de forma más natural y evolutiva con la observación y aprendizaje sobre qué funciona mejor gracias al "prueba y error"? ¿Tenemos que convertir, en ese camino, nuestras preferencias en universales y limitar las opciones de los demás de forma intolerante?