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Liberalismo y conservadurismo: qué tienen en común y qué los diferencia

Liberalismo y conservadurismo son dos palabras que suelen generar grandes controversias. El punto en debate es que algunos liberales se asumen a sí mismos como también conservadores, en tanto que hay otros que rechazan esa denominación y cuestionan severamente a quienes sí la reconocen como propia. En buena medida, hay aquí un problema semántico, pero esta confusión se deriva a su vez de que en cierto modo ambas corrientes están superpuestas y en otros aspectos pueden diferenciarse. Como estos límites no están explicitados con nitidez, puede resultar útil dedicarle algunas líneas a tratar de aclarar la cuestión.

El liberalismo no es conservador, en el sentido de que, al reconocer a la libertad individual como principio rector y fuerza propulsora del proceso social, se abre a la innovación y al cambio que se derive de las iniciativas de cada sujeto que opere en el marco de la vida en comunidad. Por lo tanto, es entendible que haya liberales que cuestionen a quien pretenda que se conserven intactas determinadas estructuras institucionales simplemente porque han estado vigentes en el pasado y se niegue a admitir que aparezcan innovaciones que las reemplacen.

Pero esa disposición al reconocimiento del derecho a la innovación, que se deriva de la consagración de la libertad individual como piedra angular del proceso social, tiene lugar dentro de un marco operativo donde hay determinados principios a los cuales no se admite someter a discusión: los derechos a la vida y a la propiedad (incluyendo en este el usufructo del producto del propio trabajo). Estos derechos a los cuales el liberalismo sostiene férreamente son los que usualmente quedan cuestionados por todas las corrientes del socialismo. Y aquí es donde sobreviene la confusión entre liberalismo y conservadurismo.

Sucede que los socialistas, haciendo un uso abusivo del idioma, han elegido llamarse a sí mismos “progresistas”. No se sabe muy bien en qué consiste ese progresismo que, en realidad, es más bien un regresionismo. Pero ocurre que el uso ha consagrado la utilización del término “progresismo” para designar al socialismo. Y entonces, por contraste, los liberales, que nos oponemos a que los derechos a la vida y a la propiedad sean puestos en cuestión, quedamos calificados como “conservadores”. Y, en este específico sentido, por cierto, sí lo somos.

Los liberales entendemos que es necesario conservar los derechos individuales básicos porque de la vigencia de esos derechos depende la posibilidad de ejercer la libertad y, por lo tanto, de dar espacio para la innovación que eventualmente pueda dejar obsoletas formas tradicionales de organización y gestión institucional. Pero cuando se producen polémicas entre quienes se dicen liberales y quienes además de liberales se autodenominan conservadores, este punto no suele quedar suficientemente aclarado. Y de ahí devienen intrincadísimas confusiones.

Por supuesto que, cuando alguien dice ser liberal y conservador a la vez, no tiene derecho a reclamar que determinadas instituciones -como, por ejemplo, la familia o la Iglesia- sean impuestas autoritariamente a todos, en virtud de que, según su particular punto de vista, es bueno que permanezcan vigentes. Quien así argumente, sencillamente, estará dejando de ser liberal porque estará vulnerando el derecho a la innovación que se deriva del ejercicio de la libertad individual.

Como se ve, el problema que la palabra conservador plantea tiene que ver con cuál es el principio al que está referida, lo cual a su vez depende de quién la emplee y con qué fines. Los socialistas utilizan peyorativamente la palabra conservador porque se han concedido a sí mismos -de manera completamente arbitraria, por cierto- la titularidad del progresismo. Para ellos, ser progresista consiste, paradójicamente, en obstaculizar la innovación en el campo de la producción económica por medio de regulaciones estatales que condicionan el ejercicio de la libre creatividad. Pero esto implica, precisamente, vulnerar los derechos individuales básicos que el liberalismo procura conservar para que sirvan de sustento al ejercicio del derecho a la innovación. Nos encontramos entonces con la incongruencia de que al liberal lo acusan de conservador porque quiere garantizar la posibilidad de la innovación, mientras que quien se dice progresista procura impedirla…

Es bastante importante, entonces, poner en limpio la cuestión del conservadurismo, saber diferenciar cuál es el buen y cuál el mal conservadurismo. Los liberales no debemos temer -más bien, debemos reivindicar con sano orgullo- que se nos llame conservadores si eso implica defender los derechos individuales que, por medio del ejercicio de la libertad, posibilitan la innovación. Y está entre nuestras tareas la de denunciar el perverso conservadurismo de los falsos progresistas, que impiden la libre innovación en el campo de la producción económica.

Cuestión aparte es la de quienes se dicen liberales pero reivindican determinadas instituciones simplemente porque existen desde tiempos inmemoriales. Si esa defensa de instituciones tradicionales queda en el campo personal, están en todo su derecho a hacerlo porque estarán ejerciendo su libertad. Lo que no resultaría admisible es que pretendan imponer de manera autoritaria esos valores a la sociedad en su conjunto. Resulta importante tener claras estas puntualizaciones acerca de la siempre controversial cuestión del conservadurismo, para percibir los matices que nos permitan diferenciar las distintas posiciones que se esconden detrás del uso de una misma palabra para designar posturas que encierran grandes diferencias.

Comentarios

Maria Ana Piperno

Muy claro Alejandro!! y muy esclarecedor!!!!

Alejandro Sala

Muchas gracias!!!

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