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Liberalismo y coronavirus

Las medidas restrictivas de la libertad adoptadas por muchos Gobiernos como respuesta ante la crisis sanitaria provocada por el coronavirus han dado lugar, de parte de muchos liberales, a severos cuestionamientos. Los argumentos en los cuales tales críticas se fundamentan, son obvios: el Estado no tiene derecho a invadir la esfera de las decisiones personales, el individuo es soberano, y otros enfoques parecidos y conocidos. Nada nuevo respecto de la argumentación liberal habitual. Algún reputado liberal ha dicho, en tono levantado, que vivimos bajo un régimen “soviético”. ¡Cómo si en la Unión Soviética hubiera sido posible mostrarse ofendido porque a uno no le gustaban las medidas del Gobierno, sin sufrir ninguna consecuencia!

El caso es oportuno para reflexionar respecto del habitual problema de la adecuación de los principios filosóficos y teóricos a la realidad concreta. Desde ya que no es deseable que las libertades individuales sean restringidas. Por cierto que hay políticos que aprovechan la crisis sanitaria para aplicar controles y prohibiciones, amparados en la oportunidad que una población asustada les ofrece. Pero ninguna de estas circunstancias justifica que, en nombre de la libertad, se ignore la realidad y se reclame la aplicación plena de criterios liberales, como si no hubiera factores excepcionales que obligan a reconsiderar las posiciones de tiempos normales.

El reclamo airado de que no se apliquen medidas restrictivas de la libertad si estas disposiciones son necesarias para enfrentar la pandemia que jaquea a la humanidad, termina por convertir a las posiciones favorables a la libertad en un fetiche ridículo. La libertad es un reclamo legítimo en tiempos normales, cuando no hay razones para que los gobernantes la restrinjan. Pero si se produce una situación como la actual, donde todos los criterios habituales quedan desvirtuados porque hay una instancia crítica generalizada, la priorización de la libertad individual por sobre los esfuerzos para superar la coyuntura termina por resultar anacrónica e inoportuna.

Esto no significa dejar de considerar a la libertad individual como la base sobre la cual se fundamenta el orden social. Pero sí implica tener sentido de la realidad. A veces, lo ideal no es posible  y se impone sacrificar los valores esenciales en los que uno cree, para anteponer otras consideraciones motivadas por la circunstancia excepcional. Y hay que saber entenderlo. Hay liberales que se niegan a aceptar esta necesidad y, dogmáticamente, cuestionan que se adopten las medidas que -bien o mal, esa es otra discusión- están orientadas a enfrentar la crisis sanitaria. Esta posición supone no ponderar debidamente las circunstancias y ubicar a las consideraciones teóricas por delante de las exigencias de la realidad.

El resultado práctico de estas actitudes tan irreductibles es el desprestigio del liberalismo a los ojos del conjunto de la sociedad. Si los liberales son aquellos sujetos a quienes, con tal de defender un determinado cuerpo de ideas, se desentienden de las consecuencias de una pandemia que no para de sumar víctimas, lo que cualquier ciudadano con simple sentido común siente es rechazo hacia el liberalismo. De este modo, todo lo virtuoso que el liberalismo tiene para ofrecer, queda anulado por la pretensión de llevar sus principios hasta extremos tales que su aplicación concluye por tornarse socialmente perjudicial. Es poco probable que la gente esté dispuesta a dejarse seducir por una corriente ideológica que adopta posturas tan rígidas que le hacen perder la noción de lo que efectivamente está sucediendo.

Por supuesto, esto no justifica muchas de las medidas económicas intervencionistas que los Gobiernos adoptan en este tipo de circunstancias. La aparición del virus tuvo un efecto disruptivo sobre la estructura de precios relativos. Artículos como el alcohol en gel, los barbijos, los respiradores mecánicos, etc. de pronto experimentaron un pico de demanda, que se reflejó en aumentos de los precios. A su vez, las cuarentenas tuvieron un efecto muy depresivo sobre los niveles de actividad en muchísimos rubros. Frente a estas alteraciones, la reacción de muchos Gobiernos viene siendo la aplicación de precios máximos para los bienes que aumentan de precio y de medidas de estímulo para las actividades que se ven afectadas negativamente. Todo esto implica distorsionar el proceso de asignación de recursos, incrementar la inflación y agregar más incertidumbre al proceso de decisiones de los actores de la economía. Es preferible dejar que el mercado opere y ejerza su arbitraje, de modo que los factores de producción sean reorientados hacia la oferta de aquellos bienes que, como consecuencia de la crisis, son más demandados. Esto haría que los precios encuentren su punto de equilibrio en el nuevo escenario. Es inevitable que, en el balance general, la economía sufra perjuicios importantes y la forma de minimizar los inevitables perjuicios es permitir que el mercado depure espontáneamente el desequilibrio y adecue el proceso económico a la situación derivada de la aparición de la pandemia.

En síntesis, en una situación como la presentada en estos momentos, es inoportuno el reclamo de que no se limiten las libertades individuales, habida cuenta de que el uso de tales derechos de una forma que incentive el contagio de la enfermedad, tiene inevitablemente efectos devastadores sobre la salud de terceros. Pero sí tiene sentido el planteo de que se utilicen mecanismos de mercado para adecuar la economía a la instancia por la que atravesamos. Es el tipo de enfoque que convierten al liberalismo en una corriente realista, confiable y viable, adecuada a la realidad, sin caer en principismos inaplicables, pero sin renunciar a los aspectos de la doctrina que resultan eficientes para afrontar la coyuntura.