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Libre Boadella

Antes de comenzar la función, un rápido vistazo al público que disfruta cualquier obra de Albert Boadella en Madrid permite contemplar entre la pluralidad de espectadores que abarrotan el Teatro Albéniz, como casi siempre, una tipología reveladora de damas de la derecha clásica española, animosamente dispuestas a compartir las últimas irreverencias de Els Joglars. Es curioso, pero alguien podría llegar a pensar que hace veinticinco años esas mismas señoras quizá hubieran solicitado cadena perpetua o similar para Boadella, por causa de su huida de la justicia durante el posfranquismo por el caso La Torna; no obstante, el éxito de España, el acuerdo entre contrarios, la cicatrización de heridas (que ahora se pretende reventar), además del delirio separatista, han hecho posible que muchos, ellas incluidas, acudamos a las eucaristías de libertad que el genial juglar dispone.

El triunfo permanente de Boadella, su valentía, su universo de palabras y gestos, han acabado por vincular a contrarios; ha creado una comunidad transversal de ciudadanos que no digiere ya el discurso dominante de la política y la cultura de nuestro país. Sin embargo, esta partida no está ganada. Las emboscadas de sus poderosos enemigos arrecian de nuevo. Como diría su admirado Josep Plá, es probable que aún no vivamos en una nación perfectamente consolidada, de manera que pudiera preverse según el ejemplo del auditorio madrileño.

Ahora, en su último ensayo, Boadella se despide de su tierra natal a efectos profesionales y la deja por imposible. El autor de Jafre (Gerona) narra la deriva independentista, el timo de los cantautores durante los 70, la mafia en los despachos barceloneses, la traición de los clérigos de izquierdas a sus bases, el fin de cualquier principio. Que un hombre como él –que tuvo los arrestos de aparecer camuflado de clown senil en la televisión de la época, imitando al mismísimo general Franco– sea hoy catalogado como facha por los que nunca dieron el callo a favor de las libertades, va más allá de cualquier envidia o amnesia histórica (ver Los años vividos, TVE, 1990).

En Adiós Cataluña, lejos de la fatiga de esta lucha, aparecen, por fortuna, remansos de armonía: el amor, la intimidad, los placeres. Boadella declara la pasión por su esposa, la pintora Dolors Caminal, en todas las horas de su existencia en común. El escritor, ejemplificándose, muestra las ridiculeces que en ocasiones cometemos los varones en nuestra relación con las mujeres. También puede descubrirse, aunque sorprenda, una conexión entre su pensamiento libre y lo que filosofaba Ayn Rand acerca de las ciudades y la naturaleza. Dice Boadella: "Las grandes montañas, las cataratas, selvas y desiertos no me inspiran ninguna imagen divina. En cambio, un camino de cipreses en las ondulaciones del Siena, que conduce hasta una capilla con frescos del Quattrocento, rodeada de olivos y viñas, es la representación más plausible del cielo cristiano. Un paisaje semejante... ha sido afectuosamente modificado para ser más grato al hombre". Apuntaba a su vez Rand en El Manantial: "Y después me hablan de peregrinaciones a algún santuario húmedo de la jungla, a un monstruo de piedra receloso, con una gran panza, creado por algún salvaje con lepra. ¿Quieren ver el genio y la belleza? ¿Buscan un sentido de lo sublime? Que vayan a Nueva York, a las costas del Hudson, Que contemplen y se arrodillen."

Sin estar completamente de acuerdo con tales afirmaciones, puede vislumbrase una similitud entre ambos creadores libertarios, tan lejanos y distintos entre sí. La serendipidad lo hizo posible. El hermetismo de Rand frente a la luminosidad de Albert Boadella; les une la incomprensión generalizada sobre lo que los dos representan: una firme voluntad de desabrochar cadenas, apartar espantajos y soltar lastre. En cualquier caso, para la próxima, el juglar nos debe una explicación sobre cualquier disciplina o arte humano que le apetezca, a ser posible sobre las tablas. Mucha mierda, maestro.