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Lo que sobre la reserva fraccionaria puede decir un economista

El tema de la banca de reserva fraccionaria es uno de los más debatidos y apasionados en el Instituto Juan de Mariana, aunque desconozco si la misma pasión alcanza a ámbitos más amplios de la escuela austriaca, y no tengo duda alguna de que no interesa demasiado al común de los mortales, aunque tal vez debiera.

Como es bien sabido, la reserva fraccionaria es el modelo de negocio que preside la actividad de la banca en la actualidad. Consiste básicamente en que los bancos están autorizados a utilizar los recursos que sus clientes depositan en ellos para actividades distintas de su mera custodia y mantenimiento, y de los servicios de caja asociados. Su única obligación es mantener un cierto porcentaje de los recursos que se le depositan, el conocido como coeficiente de caja, que suele ser inferior al 5%.

Dicho de otra forma, con este modelo de negocio, cuando alguien deposita en el banco 100 Euros, implícitamente autoriza al banco a usar 95 de los mismos en cosas del banco.

El profesor Huerta de Soto demostró en su conocido libro “Dinero, crédito bancario y ciclos económicos” que la banca de reserva fraccionaria equivale a la creación de dinero sin soporte físico, y que por tanto contribuye a producir crisis económicas. A partir de esta conclusión, el profesor propone que se prohíba la reserva fraccionaria, por causar las crisis y por, de facto, suponer un robo al depositante.

Frente a esta posición, basada en el puro análisis teórico, se alzan otras voces que sostienen que la reserva fraccionaria no debería ser prohibida, puesto que lo relevante no es si se crea o no dinero de la nada, sino si se es capaz de encajar los plazos a que vencen los depósitos con los plazos a que vencen las inversiones que realiza el banco. Según estos analistas, la reserva fraccionaria sería así indistinguible de la reserva 100% exigida por Huerta de Soto, y no sería necesaria su prohibición, siendo pues compatible con el mercado libre.

En cuanto a la posición de Huerta de Soto, llama la atención que un economista austriaco proponga prohibiciones. ¿No somos los paladines del libre mercado? Demagogia aparte, creo que se puede (y quizá se deba) reinterpretar la prohibición propuesta por el profesor. En realidad, lo que debería prohibirse es engañar al cliente utilizando la denominación depósito[1] para un contrato que no lo es. Y prohibir el engaño, como cualquier acto contra la propiedad privada, sí es compatible con la economía austriaca. En suma, la posición de Huerta de Soto no consiste en prohibir el modelo de negocio de la reserva fraccionaria, sino en evitar que se disfrace bajo la denominación depósito algo que realmente no lo es.

Y es que el concepto de depósito, y ello a pesar de la supuesta evolución semántica que algunos miembros del IJM argumentan para aceptar la reserva fraccionaria, está bastante claro para todo el mundo: lo que tengo en depósito/en la cuenta, lo tengo y lo puedo usar cuando me dé la gana. Incluso los economistas mejor conocedores del sistema de reserva fraccionaria no aceptarían que su banco rechazara un recibo contra una cuenta suya con fondos suficientes, aunque sepa positivamente que el dinero puede no estar ahí. Así pues, no hay evolución semántica que valga para justificar la existencia de la banca fraccionaria.

Llegados a este punto, y aceptando que lo único que no vale es engañar al depositario en su contrato, ¿es viable la reserva fraccionaria? Y lo cierto es que, como economista, no hay respuesta posible para esta pregunta. Esta es una pregunta para los emprendedores y no para los teóricos. Quizá por ello el debate sea inagotable en el ámbito de los pensadores IJM: porque la teoría no puede resolver esta cuestión, como tampoco un teórico económico puede saber si triunfará el tablet o el teléfono móvil, o si las nuevas tiendas de Mercadona darán mejor resultado que las antiguas.

Así que este es el camino que les queda a los defensores de la banca fraccionaria en el IJM (y otros ámbitos): pongan ustedes un banco que se gestione mediante las técnicas de encaje de plazos que propugnan, y vean cuán rentable es. Pero, no lo olviden, al cliente no se le puede engañar, y si su dinero no está en un depósito, deberá saber positivamente que no lo está, que está firmando otro tipo de contrato. Por ejemplo, uno de gestión de fondos: nadie confunde sus depósitos con sus fondos de inversión, y todos tenemos claro que en estos últimos nuestro dinero puede NO estar disponible.

En estas condiciones, consigan dichos defensores clientes que, sabiendo que su dinero puede no estar ahí, se lo dejen a cambio de no pagar comisión de custodia o por otros servicios bancarios. Magra recompensa para tan alto riesgo, yo no se lo dejaría. Lo cual nos lleva de nuevo al punto de partida: si la banca de reserva fraccionaria concebida en la actualidad es tan rentable es, precisamente, porque el cliente asume que su dinero está en depósito y no por ahí. Y son de sobra conocidos los mecanismos que tienen implantados los Gobiernos para que la ilusión se mantenga en toda circunstancia, mecanismos que nada tienen que ver con el funcionamiento del libre mercado.

En resumen, creo que la reserva fraccionaria puede ser un modelo de negocio válido para la banca, pero su viabilidad dista de estar probada en el libre mercado. La teoría económica no puede probar ni refutar dicha viabilidad. En todo caso, al hipotético banco de reserva fraccionaria habrá que exigirle que llame a las cosas por su nombre, y no depósito a lo que no es un depósito ni nadie entiende que sea un depósito.

[1] Utilizo la denominación depósito también para las cuentas corrientes, que coinciden en términos fundamentales con el carácter de los depósitos, puesto que en dichas cuentas las personas pueden “ingresar en dicha entidad importes en efectivo que conforman un saldo a su favor, del que puede disponer de forma inmediata, parcial o totalmente”