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Los otros

Nunca hemos podido sobrevivir sin ayuda -ni siquiera los míticos fundadores de Roma-, y, por ello, evolutivamente, compensaba ser gregario e influenciable. Pero ahora muchos -a izquierdas y derechas- parecen renegar de cómo somos y de lo que nos ha traído hasta aquí.

También hoy necesitamos de los otros, quizás -por la especialización derivada de la división del trabajo- más que nunca; y las decisiones que tomen los demás -sea cual fuere el régimen político- condicionan nuestras vidas, en casi todos los campos, de manera inevitable.

Aceptar lo anterior no significa no confiar en el ser humano que ha conseguido llegar hasta aquí, aunque casi nadie ya lo hace: no lo hacen, desde luego, los totalitarios que quieren protegernos de nosotros mismos, diciéndonos hasta lo que tenemos que comer, y menos, los que se quieren aprovechar del resto por simple ansia de dinero o de poder. Pero tampoco lo hacen muchos liberales que sólo se preocupan de limitar, con contrapesos, a los otros y al Estado, para evitar que se vuelva contra ellos si no son ellos quienes controlan. Ni siquiera confían de verdad quienes abrazan el liberalismo por motivos estrictos de eficiencia, ya que bastaría mostrarles otra forma, con mejores resultados económicos, para que cambiasen de bandera. También hay, sin embargo, a quienes no les gusta que les manden, pero tienen vértigo a imponer, conscientes de su falibilidad. Paradójicamente son quienes más confían en el hombre.

Si es verdad lo que dicen muchos y la situación con la covid-19 se recrudece, nadie nos obliga a confiar los unos en los otros; pero tampoco a dejar que nos pisoteen y dirijan. Muchos no van a aceptar que vuelvan a encerrarnos por la presunta irresponsabilidad tras el confinamiento que nos muestran en la tele, entre otras cosas porque mucha culpa de esa presunta “irresponsabilidad” la tienen quienes nos han tratado como a niños, manipulando y ocultando imágenes e información que hubiese ayudado a entender mejor la magnitud del problema. Tampoco van muchos a admitir apelaciones a motivos de eficiencia, porque los problemas de eficiencia no tienen una solución a priori indiscutible en un mundo en el que la información disponible es incompleta (y cuando una de las variables fundamentales es el comportamiento humano, esa falta de información es inevitable). Ni siquiera van a poder escudarse en el “riesgo para los otros”, porque ese riesgo siempre existe, como también la mutua dependencia.

Este virus es un enemigo puñetero, porque es invisible y nadie sabe tras qué esquina puede estar, ni sus intenciones ni su saña. Pero precisamente por eso lo único honesto es confiar en la libertad y la responsabilidad de cada uno, aunque lo que haga el otro pueda afectarme negativamente… como ha venido ocurriendo siempre. Y quien no confíe, que por lo menos nos deje en paz.