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Los planes de pensiones como caballo de Troya

Cuando se habla de pensiones, ya sean públicas o privadas, el sentido común indica que se trata de apartar una parte de la riqueza que las personas producimos en nuestra vida laboral para emplearla una vez que la edad no nos permite seguir activos.

De hecho, casi todos los términos con los que se publicitan o adornan los planes de pensiones privados aluden al ahorro. E, incluso, la famosa hucha de las pensiones hizo pensar a mucha gente que las pensiones de reemplazo del sistema público provenían de algún tipo de capital ahorrado.

La realidad es que las pensiones públicas dependen de las cotizaciones de los actuales trabajadores asalariados, los cuales dan un tercio de su sueldo a los pensionistas. No se ahorra nada, y todo parece indicar que va a empezar a requerir más de nuestro dinero para mantener el sistema en pie.

Por el contrario, con los planes pensiones privados la cosa parece algo mejor. El dinero no se evapora, si no que se puede invertir por medio de una gestora en el plan que mejor nos parezca. ¿Cuál es el truco? Que en realidad no estamos ahorrando nada.

Como todo lo que promociona el Estado, y todos los personajes grises y siniestros a los que les gusta jugar al sudoku con nuestras vidas, el sistema tiene truco; el dinero que una persona introduce en un plan de pensiones no es ahorro, es renta pospuesta. Dicho de otra forma, estamos diciéndole al Estado que en el año fiscal en curso vamos a renunciar a una parte de nuestra renta, con lo que nos liberamos de pagar impuestos por ella. Pero el Estado ni perdona, ni olvida. Así que en cuanto queramos recuperar esa renta (en realidad cuando cumplamos los requisitos que el Estado ha establecido) pasará a gravarse en el IRPF. ¿Y qué ocurre con el impuesto de la renta? Pues que es progresivo, cuanto más dinero rescatemos de nuestro plan en un año más porcentaje se quedará el Estado.

El sistema puede ser útil para personas cuya renta de unos años concretos vaya a ser muy superior a la renta futura. Siempre y claro se tenga en cuenta que el IRPF futuro no lo conoce nadie, y que depende de la voluntad estatal. Pero para el común de los mortales los planes de pensiones son una forma de posponer parte de su renta durante años para rescatarla en un futuro, incierto fiscalmente, sin ninguna ventaja. Y todo eso siempre que se tenga la suerte de confiar en un gestor de planes que no te haga perder el dinero vía inflación o incapacidad inversora.

El español medio parece que está entendiendo el sistema. Especialmente después de ver como a familiares jubilados se les ha sableado al cometer la insensatez de rescatar sus planes de golpe, o lo que es más sangrante; se han muerto antes de poder disfrutar de sus rentas pospuesta y los familiares han descubierto cómo el impuesto de sucesiones no se aplica a ese ahorro, sino que los vampiros de Hacienda tienen bien marcado ese dinero como renta, y el hecho de que su beneficiario original ya no esté en este mundo no significa que vayan a renunciar a llevarse su parte en forma de la renta de los nuevos beneficiarios.

Pero al contrario que el sistema público de pensiones, aquí el ciudadano común no tiene que esperar a comisiones, ni a pactos de Toledo. Simplemente puede ignorar la publicidad de los bancos y soportar la mordida de Montoro años tras año a cambio de saber que el dinero que les queda después sí es ahorro, sí lo puede invertir a su gusto y sí puede disfrutar de él cuando quieran sin soportar que le vuelvan a clavar otra mordida (excluyendo el IVA).

Es una preocupación más para los personajes grises. La excel ya arroja cifras sobrecogedoras para las pensiones públicas, e intentar convencer voluntariamente a la gente para que mejoren sus cifras nunca ha sido su fuerte. Por supuesto recurrirán a lo de siempre: subidas de impuestos, nuevos impuestos, deuda…

Pero las viejas recetas tienen sus limitaciones y provocan ciertos efectos secundarios no deseados. Así que ya asoma la patita un nuevo caballo de Troya: los planes de pensiones de empresa obligatorios.

¿Al ciudadano común no le gustan los planes de pensiones actuales? No hay problema. Al igual que con el IRPF o las cotizaciones sociales, el truco es que no lleguen a ver el dinero. Que sea la empresa la que pague el plan de pensiones del trabajador. Por puesto el dinero saldrá de su salario (y algo de impuesto de sociedades ahorrado durante algunos años), pero como no llegará a verlo ¿quién se va a quejar?

Al final el currante medio cobrará menos, el dinero pasará a manos de gestoras de los grandes bancos y, a la hora de cobrar, será en la cuantía que diga el Estado, a partir de la edad qué diga el Estado. Vamos, igual que el sistema público actual (que seguirá existiendo), pero encima regalándole a la extrema izquierda el arma poderosa de que el dinero está siendo gestionado de forma privada.

Los personajes grises salivan imaginándolo. Sería bueno que los liberales prendamos fuego a ese caballo, aunque esté repintado de ahorro, sector privado y le quede muy bien la corbata, en vez de abrazarlo.