Usted está aquí

Los planes de un pícaro

Sorprende hasta cierto punto que los españoles actuales, herederos de una cultura que acuñó como género literario la picaresca, queden atrapados recurrentemente por las chuscas tretas urdidas por sus gobernantes, bien es verdad que cacareadas por una numerosa panoplia de edecanes y correveidiles mediáticos.

A pesar de que aquellos genios literarios del siglo XVI describieron con precisión los trucos y los perfiles de estafadores de toda laya, lo cual debería ayudar a desenmascarar a los presentes ante el gran público, la experiencia democrática de los últimos cuarenta años alerta sobre las tremendas dificultades para defenestrar al bellaco de turno en las urnas o los tribunales.

Otros factores institucionales influyen en este estado de cosas, obviamente, pero es una lástima que ese rico acervo cultural en asuntos humanos se olvide por tantas personas cuando irrumpen en escena protagonistas reales. Me atrevería a decir, incluso, que abunda la disociación entre los ávidos espectadores españoles de interminables series americanas de intriga política: La sagacidad de la que hacen gala con la ficción se torna en roma candidez cuando se enfrentan a la política doméstica.

A esa reflexión inicial me condujo la lectura de la “nota informativa” de RTVE, a propósito de la asistencia del presidente del Gobierno en funciones –exactamente desde el 29 de abril de este año (art. 101 CE)– al banquete de clausura de la cumbre de mandatarios del G7 en el lujoso Hôtel du Palais de Biarritz, invitado por el presidente francés, junto a otros ocho colegas de distintos países ajenos a la reunión. Si bien no esperaba encontrar una análisis muy profundo sobre la auténtica virtualidad de este tipo de recepciones, me asombró cómo esa remozada pieza del NODO -con las justas actualizaciones estéticas y técnicas que exige el paso del tiempo- mostraba las pruebas de la inanidad del prócer al que supuestamente pretendía adular. A ese fin no contribuye la incorporación del comentario en una red social del agasajado, acompañado de la foto correspondiente, pues, en efecto, parece que el autor del texto es él. Asimismo, se sabe que tiene grandes dificultades para delimitar la Amazonia y parece dispuesto a comprometer fondos públicos para “ayudar” a países como Argentina y Paraguay en la tareas de sofocar un incendio que no afecta a sus territorios.

Es posible, tal vez, que la nota no tuviera como objetivo que alguien la leyera. O que la redacción descuidada del periodista le impidiera reparar en las inconsistencias que iba plasmando mientras escribía. Se quiere apuntalar los mensajes de la propaganda gubernamental: una visita relámpago para cenar y hacerse una foto permitiría al presidente del Gobierno en funciones abordar con otros estadistas mundiales asuntos cuya simple enunciación equivale, poco menos, que a solucionarlos. Sin embargo, “la desigualdad social y de género, el cambio climático, la transformación digital, la cooperación con África y la defensa del sistema internacional de comercio basado en reglas”, solo mereció “un intercambio de impresiones” con el inquilino de La Moncloa. Aunque el presidente (sic) tenía previsto un encuentro bilateral con el primer ministro británico, Boris Johnson, finalmente todo quedó en una conversación durante la cena, en la que trasladó a su  homólogo británico “su voluntad de lograr un Brexit ordenado” y hablaron de la necesidad de garantizar de manera recíproca los derechos de británicos y españoles que residen como extranjeros en ambos países. Incluso, las palabras intercambiadas con los presidentes del Banco Mundial y de Senegal llevan el título de “charlas”.

En cualquier caso, esa pulsión entre los aires de grandeza y la realidad mucho más prosaica revela a un personaje que se pirra por el boato y la pompa hasta un punto enfermizo. Probablemente sus asesores le apuntan que esas apariciones rodeado de líderes mundiales impresionan a muchos votantes. No obstante, esa obsesión pone aun más de manifiesto su debilidad y la contradicción de su discurso político, basado en cuatro mantras repetitivos, con su afán de aparentar a toda costa y lo que sea. Su antecesor socialista en el cargo dio también patéticas muestras de arrastrarse para conseguir la célebre fotografía familiar con Barak Obama. Al menos parecía coherente con la idolatría que le profesaban los socialistas españoles. Pero ¿qué demostró Pedro Sánchez Pérez-Castejón al aprovechar unos minutos libres del histriónico inquilino de la Casa Blanca para implorar una foto con él, en compañía de sus respectivas esposas ? ¿No cabalga sobre demasiadas contradicciones, como diría su rival en la pugna por dominar a la llamada izquierda ?

Y, al fondo, una situación extraordinariamente delicada en muchos ámbitos para un país como España. Si bien la derrota del candidato del PSOE conjuró de momento un Gobierno de coalición con un partido comunista como Podemos, se atisba que los planes de este pícaro llamado Pedro Sánchez Pérez-Castejón pasan por sacar el máximo partido de los plazos para mantener un Gobierno en funciones reduciendo a la mínima expresión el control parlamentario de la oposición. Incluso con unas elecciones en noviembre si no se configura una mayoría parlamentaria alrededor de los magros 123 diputados del PSOE antes del 23 de septiembre, mantendría el poder hasta, como mínimo, la primavera de 2020. Mientras tanto contemplamos la ceremonia de la confusión con Podemos, a quien después de la moción de censura designó como socio preferente y de quien asumió partes significativas de su programa, pero que no puede compartir mantel en los ágapes internacionales a los que se muestra adicto el presidente del gobierno en funciones. La estrategia parece consistir en convencer a los dirigentes comunistas de que se resignen a obedecer al partido mayor desde fuera, recordándoles la tendencia decreciente de sus apoyos electorales, tocando a rebato frente a la ultraderecha, repicando con la tumba de Franco y recuperando un corporativismo que tanto entusiasmó a algunos ideólogos del régimen del denostado dictador.

Sin embargo, la cuadratura del círculo que pretenden estos trileros del PSOE no se detiene ahí. Son capaces de articular alianzas con partidos independentistas en comunidades autónomas y ayuntamientos, a pesar de que estos (algunos de ellos terroristas convictos) incumplen groseramente las leyes en no pocas cuestiones que afectan a los derechos fundamentales de los españoles y no ocultan que continuarán con su proyecto de secesión coordinada. Y, por si todo lo anterior fuera poco, declaran públicamente que los diputados del Partido Popular y Ciudadanos deben abstenerse, como mínimo, en un segundo intento de investidura del candidato rechazado para que no tenga que recabar los apoyos de esos mismos independentistas. Realmente no cabe mayor descaro.

En este reparto de responsabilidades no debería tampoco pasarse por alto el tacticismo con el que parecen moverse los partidos de la oposición. Reprochar a Pedro Sánchez que no sea capaz de ponerse de acuerdo con los comunistas de Podemos no deja de ser una manera de asumir las divisiones maniqueas que imparten personajes como la vicepresidenta en funciones. En un momento como el actual deberían ofrecer al PSOE una negociación para formar un Gobierno de concentración y, de no fructificar la misma, optar por las elecciones generales.