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Maquiavelo, de plena actualidad

Pablo Iglesias, en su discurso en la fallida sesión de investidura, recomendó a Albert Rivera la lectura de El Príncipe, de Nicolás Maquiavelo: “Le provocará regocijo reconocerse en algunas de las astucias que recomienda el gran secretario florentino”. Pero añadió que debe leerlo hasta el último capítulo. A juicio de Iglesias, Rivera no ha terminado de comprender del todo las tretas del juego político. Por ello, el de Podemos advirtió que aunque Rivera “no tiene más ideología que su cercanía con el poder, puede terminar por convertirse en marioneta de los poderosos”. Pablo Iglesias es doctor en ciencia política, así que sabe de estas cosas.

Maquiavelo es considerado el fundador de la ciencia política moderna. Hasta la publicación de El Príncipe, los libros con consejos para gobernantes solían hacer hincapié en que éste debía cultivar los preceptos morales tradicionales, como la honestidad, la honradez, la justicia o la benevolencia; tenía que ser un “buen cristiano”. Sin embargo, Maquiavelo rompe con esto y plantea por primera vez de forma clara la separación de la política y la moral. En palabras de Murray Rothbard, el teórico florentino es quien “rompe sin temor las cadenas éticas que aún ataban al gobernante a los principios morales”.

Para Maquiavelo, el gobernante ha de tener como único objetivo la conquista, conservación y extensión del poder político, y cualquier medio para lograr este fin está justificado. Uno de los métodos en los que más insiste es en el uso sistemático de la mentira y el engaño: “Hay que saber disfrazarse bien y ser hábil en fingir y en disimular. Aquél que engaña encontrará siempre quien se deje engañar”. Además, quien aspire a ser un gobernante de éxito no ha de dudar en realizar promesas para luego incumplirlas: “Un príncipe prudente no debe observar la fe jurada cuando semejante observancia vaya en contra de sus intereses”.

Han pasado más de cinco siglos desde que Maquiavelo escribió El Príncipe, pero sigue estando de plena actualidad. Nuestros políticos más destacados son fieles pupilos de las directrices del florentino. Los que siguen al pie de la letra sus enseñanzas tienden a tener éxito y prosperan; quienes no, cosechan más fracasos o son directamente eliminados. Los políticos que llegan a la cumbre, pues, suelen ser auténticos maestros del arte del engaño, la mentira y las apariencias. Tienden a ser personas sistemáticamente deshonestas con gran capacidad para no ser percibidas como tales. Buena parte de su trabajo consiste en competir por realizar promesas que no pretenden cumplir. No hay más que leerse el programa electoral de cualquiera de los partidos políticos que hoy pugnan por el poder para darse cuenta que no son otra cosa que artificios destinados a engañar al ciudadano con el único objetivo de hacerse con el poder político.

La del engaño, por supuesto, no es la única treta maquiavélica que nuestros políticos siguen a rajatabla. Maquiavelo aconsejaba al gobernante, cuando conviniera, promover el miedo entre la población, culpar a otros de las consecuencias de los actos propios, e incluso hacer uso de la fuerza bruta. También sugería el uso de una estrategia muy del gusto del populismo contemporáneo: “Un príncipe hábil debe hallar una manera por la cual sus ciudadanos siempre y en toda ocasión tengan necesidad del Estado y de él. Y así le serán siempre fieles”. El político sabe que cuando los ciudadanos han desarrollado una alta dependencia del Estado es muy difícil dar marcha atrás.

Decía Bertrand Russell que El Príncipe, el libro que recomendaba Pablo Iglesias, es “un manual para gangsters”. En la misma línea, Rothbard escribió que Maquiavelo no es sólo el fundador de la ciencia política moderna, sino que también es “un consciente predicador del mal”. De hecho, añadía Rothbard, una cosa lleva a la otra: recomendar qué debe hacerse para conquistar, mantener y ampliar el poder político dejando a un lado toda consideración moral es básicamente predicar el mal. El propio Maquiavelo aconsejaba al político que, ante una lucha descarnada por el poder como a la que hoy presenciamos, “en caso de necesidad, no titubee en entrar en el mal”.

Cuando se pregunte por qué ninguno de nuestros políticos es realmente íntegro y honesto, recuerde que para luchar por el poder se desaconsejan esas virtudes. Y si por algún motivo cree que aún queda algún político de cierto éxito que considera un ejemplo de decencia, honradez y honestidad, alguien incapaz de traicionar su confianza, es muy posible que le estén engañando.